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Te escribo hoy, cuando posiblemente
estés subiendo las persianas para ver a plenitud
el campo lindante con la casa vecina en Austin
que te aproxima a la visión
de la hacienda El Castillo de tu infancia.
Yo te recuerdo cuando la tenue luz de la tarde
apaga también mi corazón y te imagino alerta y vigilante
merodeando mi cabeza triste
inclinada sobre los límites del día,
recordándome el deber de ser felices
en la pequeña patria de los hijos multiplicados en nietos.
Aunque el país donde nacimos
sea una frágil balsa a punto de naufragar.
Te veo menguada en tus fuerzas físicas
pero siempre airosa, revelándote contra el tiempo
que fatalmente devasta antiguas primaveras.
Perdona estas lágrimas, madre, que me arrugan el rostro
y enrojecen mi piel que debe lucir esplendorosa
como la tuya, invicta belleza de la que tus hijas
somos acaso, un pálido reflejo.
Noviembre 2007
