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Ahora que ya toda palabra
es remota posibilidad
del fiel especulante,
el peso de tu cuerpo huele a sangre,
a miedo tus ojos vivarachos,
acorralados ellos
ante la fragilidad de las cosas,
ante el transparente nombre
que un día pronunciamos.
No quiero intuir acierto o desazón.
Tan sólo imaginar
aquellas horas
en que tu espacio
guardaba el aire por más tiempo
lánguido aire-frío
que subía y bajaba
enmudeciendo al animal nocturno
que siempre rondó tu mente.
Y escudriñar el acento,
la mano temblorosa
que palpó la harina,
compacto polvo que
ardía entonces
en tu aliento amargo.
Te has ido, Anna,
palíndromo infinito
que juega a poseernos,
mientras adentro se escuchan gritos
y la escofina sigue limando
la capa moribunda de tu hastío.
