- Columna del miércoles 9 de octubre de 2002
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El 12 de octubre se celebra el Día de la Hispanidad. Independientemente de los diversos criterios que existen al respecto, hay un elemento de esta celebración que no deja espacio a ninguna duda. El idioma español que heredamos de la Conquista, se aclimató y arrellanó tan bien en nuestras tierras que ha llegado a ser un árbol frondoso y arrogante cargado de frutos de exquisito sabor.
Hoy queremos hablar un poco sobre aspectos significativos en el desarrollo y evolución de nuestra lengua. Podemos comenzar diciendo que a partir de “El Lazarillo de Tormes” se comienza a vislumbrar con claridad la matriz de la novela moderna. Aquel chavalito listo, lleno de argucias representó un sesgo valioso a las letras universales porque el idioma aparece en una perspectiva diferente y novedosa con una ruptura clara con respecto al relato antiguo y medieval, a través de un idioma que cuenta la historia de sucesos cotidianos, con una lengua conversacional, diferente a la falsa que se usaban para el habla popular, lacual bebió el autor libre de oropelesen las sendas oscuras y los vericuetos llenos de maleantes y pícaros. De ahí en adelante la literatura se siguió nutriendo del idioma y en una simbiosis extremadamente fecunda llegaron a maridarse para dar gloria y lustre a la lengua española.
Acá en América la lengua robustecida con las voces aborígenes y las de los africanos se ensanchó para explotar en las letras de los hitos más valiosos que parten de Rubén Darío y José Martí hasta el Gabo, Borges, Vargas Llosa, Cabrera Infante etc. Sin embargo, a veces surgen pequeñas plagas que quieren dañar el frondoso árbol de nuestro idioma, la cosecha más preciada de la hispanidad. Ahí están como depredadora plaga de langostas los extranjerismos que al igual que estos chapulines, si son pocos no hacen mucho daño, pero si son plaga destruyen todo a su alrededor.
Sobre los extranjerismos dice Fernando L. Carreter “La aparición de cientos de voces extranjeras en la vigésima segunda edición del Diccionario académico, aún impresas con la cursiva que las señala como forasteras, ha producido reacciones poco complacidas, incluso entre quienes cada día se ponen un slip, y no unos calzoncillos, o se introducen en unos pantys y no en unas medias, sin sentir que, llamándolos así, están ofendiendo el meollo de nuestras respectivas esencias encarnado en la lengua. Y lo hacen, haciendo gestos de escándalo porque la Academia ha incrustado en su diccionario esos huéspedes inhóspitos, aunque los resalte con la señal de alarma que son los caracteres itálicos. No se trata de una hipocresía, ni de una contradicción, sino de una manifestación de cómo vive el idioma en la cabeza de los hablantes, en nuestra alma. Vive, en efecto, entre el rechazo de lo alienígena, porque nos desvirtúa, y la aceptación resignada o entusiasta de cuanto lo renueva y lo hace más útil”.
La Real Academia ha incorporado muchos neologismos, los cuales no son un mal de nuestros días, sino que desde la Edad Media pululaban miles de extranjerismos —germánicos, franceses y, sobre todo, árabes— los cuales se hacían necesarios para vivir.
Y danzando entre el casticismo y el purismo se llega a nuestros días donde la explosión tecnológica proveniente de los países desarrollados que generalmente emplean el inglés ha proliferado en el mundo cibernético para hacer comunes a todos vocablos técnicos como e-mail, save, file, reply, insert, etc.
Así como los árboles para verse hermosos necesitan una buena poda, su abono y control de plagas, de ese mismo modo nuestro idioma necesita buenos jardineros que sepan dónde y cómo podar, cómo injertar y sobre todo destruir las plagas. Sólo de esa manera podremos seguir disfrutando de ese hermoso tronco donde nos cobijamos todos los hispanos: la lengua española.