- Columna del sábado 27 de abril de 2002
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Cuando pienso en nuestra lengua materna me la represento como una augusta dama que flamea aún con dignidad su estandarte, pese a los destrozos que tenga. Esta representación tiene que ver con el deterioro que a diario se comete con el idioma español en múltiples ámbitos que abarcan no sólo la cotidianidad en el hogar, la parada de buses o el mercado sino las aulas de clases, las instituciones del Estado y los medios de comunicación.
Ante tantos daños no podría quedar espacio para el optimismo, sin embargo en este maremagnum de dificultades hay un peñón que se yergue tratando de soportar las embestidas de los periodistas, publicistas, comediantes, animadores de programas, profesores, cantantes, actores y actrices. Ese filón incorrupto lo constituyen no sólo los académicos, y los lingüistas, sino ese sector de la sociedad que aún defiende encarecidamente su idioma. Y es ese sector el que con más pasión y justeza hace sus reclamos.
A tenor con los avances tecnológicos y los nuevos descubrimientos científicos nuestra lengua no puede quedar estática, sino responder a las necesidades idiomáticas del nuevo mercado transnacional de información y comunicación, el cual se caracteriza por ser muy heterogéneo dada la cantidad de medios que crecen en incidencia social, la importancia de la radio, la gran difusión de la prensa escrita diaria y el número cada vez más creciente de receptores de televisión.
Dada la importancia de los medios en la sociedad moderna, el perfil de los nuevos periodistas debe estar signado por la transformación tecnológica, es un imperativo tener conocimientos amplios en informática, diseño, infografía y cámaras digitales; para el uso de servicios de documentación informatizados y poder crear mensajes multimedia en el periodismo electrónico y añadido a ello una sólida preparación lingüística que le permita expresarse con fluidez y corrección en cualquiera de los medios en que se desempeñe.
Claro que ninguna de estas metas serán posibles mientras no desaparezca el aislamiento y la incomunicación entre lingüistas y periodistas, y sabemos que es una senda ardua de colaboración intergeneracional para aunar las convicciones periodísticas, académicas y docentes al servicio de la unidad idiomática. El periodista debe interiorizar que tiene una responsabilidad lingüística de carácter ético, que lo obliga a tener sentido de responsabilidad individual ante la pureza idiomática. En esencia, pudiéramos decir que es vital hacer brotar la pasión por la propia lengua.
También la transformación tecnológica que caracteriza a nuestro siglo obliga a una adaptación del idioma para la difusión masiva de mensajes a través de las infinitas posibilidades comunicativas existentes. La lengua oral y escrita es hasta ahora el medio de comunicación que empleamos los seres humanos, de ahí que la tarea es ensanchar el idioma, pero con un criterio selectivo, basta recordar lo que establece la Resolución 2º de la constitución de la comisión permanente de la Asociación de Academias de la Lengua Española que en su apartado i) establece: “Estudiar lo más rápidamente posible, los neologismos que aparezcan o se prevean como necesarios en lo sucesivo, especialmente científicos, técnicos y deportivos; informar sobre ellos a las Academias y, en su caso, proponerles los que se consideren adecuados antes de que arraiguen en el uso popular los que no lo sean”.
Ya es tiempo de deshacer entuertos y darle a nuestro idioma el justo y merecido reconocimiento. Conformarse con la mediocridad no es la ruta a seguir. Hay que seguir insistiendo en el papel que desempeña el idioma en el diseño gráfico industrial de la comunicación a la hora de captar receptores, para así mejorar la percepción del mensaje, su intención comunicativa y aumentar la información, buscando un equilibrio en la relación imagen-texto, porque sabemos la fuerza de las imágenes, pero conocemos la potencia de las palabras.
Si las expectativas futuras se hicieran realidad, la augusta dama que simboliza a nuestra lengua materna pronto podría tener un estandarte más sólido y hermoso.