El caudillo político se diferencia claramente del líder, porque es autoritario, aunque a veces simula ser democrático para alcanzar sus fines. En tanto que el líder es claramente democrático, no sólo por lo que dice sino también por lo que hace.
Tanto el caudillo como el líder reflejan en su talante político el modo de ser de las personas que los siguen, a las que representan y dirigen. En efecto, quienes apoyan al líder son personas que quieren la democracia, necesitan la libertad y practican la tolerancia, porque los consideran valores indispensables para la convivencia civilizada. Por su parte los seguidores del caudillo son iguales a él, o sea que por lo general son también personas autoritarias, agresivas, prepotentes e intolerantes en todos los ámbitos sociales donde se desenvuelven y habitan.
De manera que los ciudadanos que quieren elegir a un gobernante tolerante e inclusivo, ya sea para todo el país o a escala municipal, buscan a un líder, alguien que sea realmente democrático tanto de palabra como de obra. Y al contrario, quienes quieren un gobierno autoritario siguen las huellas y directrices del caudillo que representa esas bajas aspiraciones políticas.
Nos parece que es muy importante, necesario y oportuno compartir estas reflexiones, ahora que el país está entrando a un proceso electoral que, no obstante ser de rango municipal, debido a las circunstancias actuales que sufre el país sus resultados serán como los de un plebiscito y referendo sobre el régimen político autoritario que está construyendo paso a paso el presidente sandinista Daniel Ortega.
Por la propia experiencia histórica de Nicaragua, no debería haber ahora y nunca más un gobierno dictatorial. El país debería estar gobernado por otro presidente democrático, como venía ocurriendo desde el año 1990. Pero está visto que no sólo el hombre sino también la nación, o sea el hombre colectivo, tropieza dos y más veces con la misma piedra. Ciertamente, la causa inmediata de que haya de nuevo un gobierno autoritario en Nicaragua, es el pacto que le facilitó a Daniel Ortega regresar al poder con sólo el 38 por ciento de los votos; pero también es verdad que la mayoría de los ciudadanos pudo haber escogido la opción apropiada, es decir, la democrática, en las elecciones de noviembre del 2006. Pero no lo hizo y ahora hay que lamentar y pagar las consecuencias.
Ahora bien, el hecho de que para las elecciones municipales de este año los partidos liberales se hayan unido a fin de votar y llamar al voto en una misma casilla electoral, no garantiza automáticamente el triunfo de la democracia sobre el autoritarismo sandinista. Primero, porque no toda la oposición democrática se ha unido contra la dictadura, como se unió para las elecciones del 25 de febrero de 1990. Es cierto que los partidos liberales representan la mayor parte del voto democrático depositado en los comicios anteriores, pero también habrá otros partidos u opciones democráticas en la papeleta electoral, lo cual de una u otra manera podría confundir a muchos electores y dispersar el voto contra la dictadura. Además, el poderío económico del FSLN y el aprovechamiento de los recursos del Estado para la campaña electoral de sus candidatos, así como la posibilidad de que el Consejo Supremo Electoral haga maniobras fraudulentas, hace del partido oficialista un adversario difícil de vencer. De allí que sea necesario, y sumamente importante, que la alternativa democrática ofrezca un liderazgo claro y convincente.
Manuel Vincent, un ilustrado analista político español, dice acerca del líder que éste debe transmitir la sensación de fortaleza, confianza y seguridad en sí mismo. El líder debe ser una persona profundamente honrada, advierte Vincent, pero eso no le servirá de nada “si el ciudadano no percibe que ese señor al que va a votar le salvaría en una tempestad si fuera capitán de barco o encontraría una salida con el ánimo levantado en medio de una catástrofe”. Por otra parte, Vincent señala que “el líder político debe usar casi todo su talento en escoger a sus colaboradores y expertos en cada materia y el resto en escuchar al más inteligente y hacer cumplir lo que éste le aconseje sin dar señales de duda o vacilación”. Y al ciudadano elector le aconseja que se pregunte cuál de los candidatos sería capaz de salvarlo si se estuviera ahogando. “Desconfía del que grite o bracee más”, recomienda el politólogo español, y concluye: “La victoria no estará de parte del gallo que mejor maneje los espolones, sino del que más serenidad imparta”.
Pues bien, el que tenga oídos que oiga.