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El fantasma de la hambruna

Si de la guerra se dice que es el fracaso de la humanidad, del hambre de los pueblos —o sea las hambrunas— hay que decir lo mismo con igual o mayor razón. Además, lo mismo que las guerras, las hambrunas pueden ser evitadas, pero siempre ocurren y se repiten porque hay quienes se benefician con las penurias de los demás, o causándolas se sienten muy dichosos .

A mediados de este mes de abril, el problema de la hambruna y la crisis alimentaria que amenaza a toda la humanidad, sobre todo a sus partes más pobres que son la inmensa mayoría, fue relanzado al debate público internacional por el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, y el director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Straus. Ambos funcionarios de los principales organismos financieros internacionales advirtieron que de no tomarse medidas urgentes para “hacer frente a la crisis alimentaria global”, dentro de muy poco tiempo centenares de millones de personas podrían morir por el hambre, más de 30 países se verían afectados por graves conflictos sociales (como los que ya han ocurrido recientemente en Haití, Camerún, Indonesia y Egipto) y muchos otros serían perjudicados por la inestabilidad política y social que socavaría las mismas bases del sistema democrático.

El eco internacional que ha tenido el pronunciamiento de los líderes del FMI y del Banco Mundial, lo está aprovechando el presidente Daniel Ortega, en Nicaragua, para tratar de erigirse en líder regional de un esfuerzo de emergencia por resolver la crisis alimentaria. A ese efecto convocó en Managua, el sábado recién pasado, a una Reunión de Emergencia y Soberanía Alimentaria en la que participaron 11 ministros y altos funcionarios de Agricultura de la región, y a mediados del próximo mayo habrá también en la capital nicaragüense una cumbre presidencial.

Como siempre, el objetivo principal de estas reuniones es pedir más ayuda económica internacional. Pero, además, el presidente Ortega está aprovechando la oportunidad para reiterar su discurso populista contra el libre mercado y relanzar su proyecto de control gubernamental de la producción, comercialización y distribución de los granos básicos y demás productos alimenticios. Insiste Daniel Ortega en su estrategia económica estatista a pesar de que ésta ya fracasó rotundamente en los años de la revolución sandinista —1979 a 1990—, cuando en vez de aliviar y mucho menos de resolver el problema alimentario de la población nicaragüense, causó el mayor desabastecimiento, escasez y racionamiento de alimentos de toda la historia nacional.

Al menos el Ministro de Agricultura de El Salvador, Mario Salaverría, le salió al paso al discurso estatista de Ortega, al advertirle que “el mayor incentivo que puede tener un agricultor es que venga un comerciante y le ofrezca un buen precio por su producto”. Y señaló el funcionario salvadoreño algo que Ortega debería ser el primero en saber: que la actual situación de crisis alimentaria “es la oportunidad de Nicaragua, (ustedes, dijo Salaverría) tienen un potencial enorme de tierras y recursos hídricos, tienen un potencial que lo pueden aprovechar”.

En efecto, se conoce que Nicaragua dedica actualmente alrededor de un millón de manzanas a la producción de granos básicos, pero podría explotar el doble. Si los precios de los productos agrícolas están altos, lo que procede es aumentar la producción, satisfacer la demanda interna y exportar los excedentes, convertir la crisis alimentaria en oportunidad de crecimiento económico y desarrollo social.

El problema es que Ortega está aferrado a su reaccionario proyecto de control estatal de la producción agrícola y comercialización de los productos alimenticios, lo que de manera inevitable causa escasez y racionamiento. Al respecto, en un reciente artículo sobre este mismo tema el escritor Álvaro Vargas Llosa ha señalado que “según la revista The Economist, de los 58 países cuya reacción a la crisis (alimentaria) ha sido investigada por el Banco Mundial, 48 han impuesto controles de precios, subsidios al consumo y restricciones a las importaciones”.

En realidad, sólo la economía de libre mercado puede garantizar el incremento de la producción de alimentos. Pero es obvio que Daniel Ortega quiere que únicamente las empresas y los empresarios sandinistas participen en la comercialización de los productos agrícolas. O sea, lo mismo que ha hecho con el petróleo procedente de Venezuela que sólo ha beneficiado a la burguesía sandinista.

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