El reportaje titulado “Los Chávez son los nuevos ricos”, publicado en este Diario en su edición del recién pasado domingo 4 de mayo, el cual fue realizado por el periodista español Jaime López, del periódico El Mundo, de España, ha dejado absolutamente en claro el gran aprovechamiento del poder político, en su beneficio particular, que ha hecho la familia de Hugo Chávez en Venezuela. Y además, pone al desnudo la hipocresía de los supuestos redentores de los pobres que se aprovechan del poder público y la riqueza nacional para enriquecerse, incluso de manera desmedida.
Tanto pretende Hugo Chávez parecerse a Simón Bolívar —o más bien que Bolívar se parezca a él—, que ha utilizado al máximo los recursos del Estado para que su parentela sea tan opulenta como fue la familia del Libertador. En efecto, Bolívar “descendía de un vizcaíno que llegó a Caracas en 1589 para velar por la Real Hacienda de Felipe II, y cuya descendencia veló por sus haciendas propias, hasta ser parte de los amos del valle”, según anota el escritor e historiador argentino Rodolfo Terragno. Y documenta que: “El padre de Simón Bolívar tenía plantaciones de cacao, café y añil, incontables cabezas de ganado, un ingenio azucarero con mil esclavos; minas de cobre y una docena de casas. Simón recibió, además, el legado de un primo cura, que le dejó —bajo condición de no atentar jamás contra Dios o el Rey— más casas en Caracas y en el litoral, tres haciendas de cacao y esclavos en cantidad”.
Pero el reportaje sobre el obsceno enriquecimiento de la familia del presidente venezolano Hugo Chávez aprovechándose del poder estatal, también demuestra su semejanza con los “profetas revolucionarios de los pobres” de Nicaragua, que han devenido en unos nuevos ricos más codiciosos y egoístas que los ricos tradicionales y los antiguos oligarcas. Tratando de justificar lo injustificable pero reconociendo su nuevo estatus de potentados sandinistas, ellos alegan que no son oligarcas porque provienen de familias humildes o de clases medias y sus apellidos no son de rancio abolengo. Sin embargo, la condición de oligarca no tiene nada que ver con linajes ni abolengos familiares. Oligarca es quien forma parte de un pequeño grupo privilegiado que controla el poder político y económico, ya sea en su totalidad o de manera determinante. ¿Y quiénes son los que controlan casi omnímodamente el poder en Nicaragua, sino los miembros de la reducida capa familiar y partidista que gobierna el país en nombre del Frente Sandinista de Liberación Nacional?
Apropósito de esto y con relación al editorial de LA PRENSA del viernes 25 de abril recién pasado, “Sepulcros blanqueados”, en el que nos referimos a los miembros de la cúpula sandinista que se han hecho ricos al amparo del poder político que conquistaron supuestamente para hacer una revolución igualitaria, sin ricos ni pobres, algunas personas nos advirtieron que hizo falta mencionar que los nuevos oligarcas sandinistas hicieron sus fortunas a expensas de los miles de héroes y mártires que dieron su vida por el triunfo y la defensa de una revolución en la que creyeron con fe casi religiosa. Lo cual es cierto y es lo mismo que ha ocurrido en todas partes donde han triunfado las revoluciones y se han establecido regímenes socialistas o comunistas.
El periodista cubano, ex comunista y ahora demócrata exiliado en Estados Unidos, Adolfo Rivero Caro, cuyas columnas se publican habitualmente en el diario El Nuevo Herald, de Miami, dice en un artículo titulado “El botín de los revolucionarios”, que el comunismo y la revolución socialista “ofrecen una insuperable coartada ideológica para el robo. Un robo en escala masiva y colosal. No hay quien pueda con eso. Es una tentación irresistible”. Teniendo el poder en sus manos, dice Rivero Caro, “¿por qué arriesgarse para robar un banco? ¿Por qué no un país entero, con el pretexto de que el imperialismo nos explota o que el capitalismo se basa en el lucro?”
Tiene razón el periodista Rivero Caro. Pero lo sorprendente no es que los supuestos revolucionarios, igual que lo han hecho todos los aventureros políticos a lo largo de la historia, tomen el poder para enriquecerse y convertirse en los nuevos ricos y la nueva oligarquía. Lo absurdo es que todavía haya mucha gente que siga creyendo en su discurso hipócrita a favor de los pobres, estando tan a la vista la vida lujosa y lujuriosa que se dan sin recato ni vergüenza, en medio de la gran pobreza del pueblo.