Hoy es Pentecostés. Celebramos el cumpleaños de la Iglesia, una, Santa, católica y apostólica, fundada por Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo hasta la consumación de los siglos.
Jesús confirió al apóstol Pedro a ser su Vicario y después de San Pedro, en línea ininterrumpida, continuó San Lino, San Cleto, San Clemente hasta llegar en las últimas décadas al beato Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, el siervo de Dios Juan Pablo II y nuestro romano pontífice Benedicto XVI, quienes han sabido mantenerla incólume en la verdad del evangelio, sin distorsiones, en medio de las debilidades humanas y de las asechanzas, pero con la certeza que la cabeza es Cristo y por eso es Santa.
Meditemos cómo sería ese extraordinario acontecimiento narrado en Hechos de los Apóstoles en el capítulo primero y segundo. En aquel aposento alto, reunidos los discípulos del Señor, cumpliendo lo que les había dicho cuando subió a los Cielos, que estuvieran juntos en la oración, sintieron cómo se estremecía el lugar, percibieron un viento fuerte y lenguas como de fuego se posaron sobre ellos y hablando en diversos idiomas, se entendían.
Allí estaba María, siempre presente en toda la vida del Señor: su encarnación, nacimiento, infancia, vida oculta y pública, en su cruz, muerte y resurrección.
La Virgen Purísima es, maestra de oración, alabanza, fe, fidelidad, obediencia, paz, intercesión, escucha y práctica de lo que Jesús dice. Ella, la primera Evangelizadora, perfecta discípula, llena de gracia, primera carismática, custodia preciosa en cuyo vientre purísimo se encarnó el Verbo Eterno, nos ayuda a amar más a Jesús, la Iglesia católica, los Sacramentos, la Tradición y el Magisterio.
En Pentecostés se cumplen las cinco promesas que Jesús hace a sus discípulos sobre el Espíritu Santo, cuando se despedía de ellos en la última cena. El Espíritu Santo nos defiende de las fuerzas del mal que intentan seducirnos o afligirnos; nos enseña y recuerda las palabras de Jesús; da testimonio a favor de Jesús y nos hace también testigos del Resucitado; señala dónde se encuentra el pecado del mundo; nos conduce a la Verdad Plena.
Pentecostés es fiesta, regocijo, perseverancia, libertad, comunidad, compromiso, solidaridad, oración y acción, valentía para no acobardarse contra quienes atacan a la Iglesia, porque primero ya han atacado a Cristo y resistir con el coraje de la fe, la ofensiva de la malignidad.
Pentecostés es la respuesta de Dios frente al grave problema humano, planteado en el relato de la torre de Babel en el libro del Génesis: los proyectos de los hombres comienzan bien y terminan mal por las divisiones generadas a causa del orgullo y la codicia, cuando no se tiene a Dios. Así como en Babel se confundieron las lenguas de los pueblos y se truncó el intento de alcanzar a Dios mediante una construcción colosal, sin contar con Él, en Pentecostés la multitud de lenguas y la incomprensión humana vuelven a encontrar un camino para el diálogo y la unidad, porque se cuenta con Dios. La solución la otorga el Señor enviando al Espíritu Santo.
En nuestra sociedad se repite reiteradamente el drama de Babel. Vemos cómo, los líderes de las naciones realizan megaproyectos para disminuir el hambre, la pobreza, las desigualdades, la injusticia y la indiferencia, pero constatamos, en su gran mayoría, que todos estos planes no son más que demagogia, porque en la práctica estos dirigentes terminan haciendo lo contrario de lo que predican, en beneficio de su voracidad desmedida. Uno se puede burlar de la gente pero no de Dios.
