Hoy, 14 de mayo se celebra el sesenta aniversario de la constitución del Estado de Israel. Por su parte, el pueblo palestino conmemora en esta misma fecha la Nakba, o sea el desastre que según su criterio ocurrió con la partición del territorio de Palestina y la proclamación del Estado de Israel.
El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas, que estaba presidida en ese año por el diplomático brasileño Oswaldo Aranha, decidió por votación mayoritaria de dos tercios de sus miembros que en el territorio palestino, el cual hasta entonces era un protectorado inglés, debían crearse dos Estados independientes, iguales en dignidad, derechos y reconocimiento de la comunidad internacional: Israel y Palestina. En el acta de esa histórica votación quedó anotado el voto a favor emitido por el representante de Nicaragua, uno de los países fundadores de la ONU en el año de 1945.
De acuerdo con la mencionada resolución de las Naciones Unidas, los Estados independientes de Israel y Palestina debían constituirse el 14 de mayo del año siguiente, en 1948, al expirar el mandato proteccionista de Inglaterra. Pero ese día el acuerdo de la ONU sólo lo cumplió la parte israelí, porque los líderes palestinos se negaron a aceptar la resolución del organismo internacional y a reconocer al Estado de Israel, por lo tanto tampoco crearon el Estado palestino. Por el contrario, de manera simultánea los ejércitos de seis países árabes atacaron militarmente al naciente Estado de Israel y se inició una larga guerra que, con intervalos de una paz precaria y violenta, aún no termina a pesar de que han pasado sesenta años.
El fundador del Estado de Israel y su Primer Ministro, el judío de origen polaco, periodista, sindicalista y político, David Ben Gurión, al dar lectura a la Declaración de Independencia del naciente Estado israelí expresó que: “La tierra de Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales”. Como era un Estado laico aquél que se estaba creando, sus fundadores convinieron no poner el nombre de Dios en el acta de fundación. En cambio consignaron que: “Depositando la confianza en la Roca de Israel, suscribimos esta declaración en la sesión del Consejo Provincial del Pueblo, sobre el suelo de la patria, en la ciudad de Tel Aviv, la víspera del shabat , 5 del mes iyar de 5,708”, fecha del calendario judío que correspondía al 14 de mayo de 1948. Cabe aclarar al respecto que en la tradición religiosa judía la roca (súr en idioma hebreo) es símbolo de firmeza, de inconmovilidad y de seguridad, y precisamente por eso a Dios o Yahvev se le llama también Roca de Israel.
En realidad, en los sesenta años que han transcurrido desde la creación del actual Estado de Israel, es su firmeza de roca la que le ha permitido soportar y vencer todas las adversidades. Gracias a esa firmeza de roca Israel se ha constituido en la única democracia de todo el Medio Oriente; ha alcanzado un nivel económico y de vida de primer mundo; ostenta el mayor índice por cabeza de títulos universitarios, de computadoras personales y patentes; ha acumulado ocho premios Nobel en literatura, economía, química y paz; inventó el sistema de riego por goteo que ha hecho florecer y producir al desierto; su población está protegida ciento por ciento por el seguro médico y tiene una expectativa de vida de casi 80 años, mayor que la de Estados Unidos e Inglaterra. En fin, Israel es hoy un Estado y una sociedad ejemplar, la cual no sólo tiene derecho de existir sino que es ejemplo para todos los países pequeños, carentes de recursos y pobres.
Pero también el pueblo palestino tiene derecho de existir, no sólo como nación sino también como Estado independiente y libre. Realmente es lamentable que el curso que tomaron los acontecimientos a partir de mayo de 1948 impidiera la constitución del Estado de Palestina, igual que se formó el de Israel. Pero ojalá que pronto se constituya también el Estado de Palestina; y que no esté lejano el día en que ambos pueblos y sobre todo sus líderes, se comprendan y respeten mutuamente, que entiendan de una vez y para siempre que las dos naciones tienen derecho de existir y vivir en la tierra de sus ancestros, con su propio Estado independiente; y que entiendan, además, que deben convivir pacíficamente, para lo cual ambas partes tienen que hacer todas las concesiones que sean necesarias y posibles.