Siento un gran respeto por José Alfaro. Y su principal virtud me parece que no es necesariamente su pegada. Creo más en su carácter, y he aprendido a apreciar su sencillez y don de gentes.
A este muchacho lo vimos levantarse de la nada. Cuando sus acciones cayeron y se le dio la espalda luego de tres reveses en su carrera, él creyó en sí mismo y recapturó la atención de todos con una hilera de seis éxitos, entre ellos uno ante DeMarcus Corley y otro ante Prawet Singwancha, cuando se coronó.
Ahora ha tropezado de nuevo y de una forma dolorosa. Ha perdido el título del mundo, que es un símbolo de poder y prestigio, la llave para muchas puertas y el punto luminoso con el que recapturó la atención del público y la crítica.
¿Qué provocó la derrota? Sólo Alfaro lo sabe y este es el momento para una reflexión que lleve al replanteo de lo que se ha hecho hasta ahora. Tras esta derrota, han emergido las teorías: que es muy limitado, que su entrenador no es bueno, que su equipo de trabajo es infuncional y su defensa muy vulnerable.
Algunas de esas valoraciones son ciertas, pero corresponde a él y a sus manejadores ventilar las dificultades y aplicar las correcciones. Quizá lo más importante es que la vida continúa, Alfaro es joven, tiene carácter y puede volver a levantarse.
Sus limitaciones técnicas son visibles. Lo fueron ahora y también cuando se coronó. Incluso, en aquel momento, se dijo que necesitaba ajustar su defensa, combinar más y no concentrar su ataque en la cabeza, sino en los bajos, pero no hubo progresos.
Algo no está encajando bien, pero sus manejadores son lo suficientemente inteligentes como para hacer los ajustes que se necesitan.
La carrera de Alfaro no se ha terminado. Sólo tiene una pausa que, tras una revisión exhaustiva, debe ponerlo de regreso en un ring, en busca de otra corona.
