LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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Dora María y el Saturno revolucionario

Desde los tiempos de la Gran Revolución Francesa de 1789 a 1799, se dice que la revolución, como Saturno, siempre devora a sus hijos. Esta sentencia se refiere al mito de Saturno, el dios de la mitología grecorromana que mataba a sus hijos, comiéndoselos, porque temía que si éstos vivían y llegaban a adultos podrían arrebatarle el poder. Y del mismo modo que Saturno, todas las revoluciones del mundo se caracterizan por las feroces luchas de sus líderes y facciones por el control del poder, quienes se expulsan unos a otros de las filas revolucionarias y en muchos casos terminan exterminándose físicamente entre ellos mismos.

La sentencia histórica de que las revoluciones, como Saturno también devoran a sus propios hijos, se originó en una etapa de la Revolución Francesa cuando ésta se encontraba más acosada por sus contradicciones, purgas y crímenes internos, que por las asechanzas y ataques de sus enemigos exteriores. Corría el año de 1792, los revolucionarios jacobinos habían tomado control del poder y mataban en la guillotina a sus principales adversarios internos, los también revolucionarios pero moderados que eran conocidos como girondinos. Uno de éstos, de nombre Pierre Victurnien Vergniaud, antes de que la guillotina le cortara la cabeza alzó la voz para dirigirse a la muchedumbre que presenciaba las ejecuciones y pronunció las siguientes últimas palabras: “La revolución, como Saturno, acabará devorando a sus propios hijos”. Aquellas palabras de Pierre Victurnien resultaron proféticas y se convirtieron en una especie de ley maldita, que desde entonces han padecido, de una u otra manera, todas las revoluciones del mundo.

Al respecto cabe destacar, además del caso de la Revolución Francesa –en la que los asesinos de los girondinos fueron después asesinados por los thermidorianos—, el de la revolución comunista rusa de 1917, que purgó y ejecutó a revolucionarios tan eminentes como Lev Kamenev, Nicolás Bujarin, Sergio Kirov y León Trotzki, para sólo mencionar a algunos. Y la revolución cubana, que devoró a innumerables revolucionarios, algunos tan reconocidos como Camilo Cienfuegos, Osvaldo Dorticós Torrado y Arnaldo Ochoa.

En Nicaragua, aunque la revolución sandinista no practicó purgas tan sangrientas como las de Rusia y Cuba, sin embargo también devoró a muchos de sus hijos arrojándolos de sus filas y convirtiéndolos en contrarrevolucionarios y disidentes. Y los sigue devorando, ahora que el FSLN ha recuperado el poder y trata de imponer una dictadura que llama revolucionaria, pero que es más bien un poder bicéfalo de corte fascistoide y neosomocista, basado en un pacto autoritario y corrupto de Daniel Ortega con Arnoldo Alemán.

El asesinato, en febrero de 2004, del periodista sandinista Carlos José Guadamuz, quien no sólo fue un antiguo compañero de lucha de Daniel Ortega, sino también su amigo íntimo, ha sido sin duda el caso más sangriento de un nicaragüense devorado por el monstruo revolucionario que él mismo ayudó a crear. Y el de la ex comandante guerrillera sandinista, Dora María Téllez, quien durante dos semanas se mantuvo en huelga de hambre en protesta contra los abusos dictatoriales del gobierno de su antiguo partido, el FSLN, es también una confirmación de la vieja regla de la historia, de que las revoluciones igual que Saturno devoran a sus hijos.

Los dirigentes del MRS, el partido de Dora María Téllez, expresaron públicamente que con el dramático gesto personal de la antigua heroína sandinista no pretendían conmover al presidente sandinista Daniel Ortega, ni a los magistrados del Consejo Supremo Electoral y de la Corte Suprema de Justicia, porque según ellos tales personas difícilmente pueden tener sentimientos humanos. Los dirigentes del MRS conocen muy bien a Ortega y compañía y saben lo que dicen.

En realidad, si Dora María Téllez hubiera muerto a consecuencia de la huelga de hambre que mantuvo heroicamente a lo largo de dos semanas, seguramente a Daniel Ortega, a sus camaradas de la cúpula del FSLN y a los magistrados de los poderes Electoral y Judicial, no los hubiera perturbado ningún sentimiento de piedad y mucho menos algún complejo de culpa. Lo más probable es que más bien se habrían alegrado, si la antigua heroína sandinista hubiera muerto por su extrema protesta personal. De manera que Dora María Téllez hizo bien en suspender su huelga de hambre y no darles semejante gusto .

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