Con gobernantes en América Latina como Hugo Chávez, de Venezuela; Evo Morales, de Bolivia; los hermanos Castro, de Cuba, y Daniel Ortega, de Nicaragua; así como en África Joseph Mugabe de Zimbabwe; y en Asia el norcoreano Kim Zong Il, pareciera que el mundo está pasando actualmente por la época más miserable y degradada de la política gubernamental. Sin embargo, si bien es cierto que en el mundo hay ahora una grave devaluación de la política y del tradicional arte de gobernar, la verdad es que en todas las épocas de la historia ha habido situaciones semejantes. Lo cual se debe a que el proceso histórico no avanza en línea recta y siempre hacia delante, sino en curvas y muchas veces con desvíos y retrocesos de diverso tipo.
Quizás peor que la plaga de malos gobernantes que hay ahora, fue la de los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando imperaron gobernantes grotescos y criminales de la peor especie. Tales fueron los casos de Stalin en la Unión Soviética, Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Franco en España, Oliveira Salazar en Portugal, Miklos Horthy en Hungría, Mao Tse Tung en China, Trujillo en República Dominicana, Francois Duvalier en Haití, Alfredo Stroessner en Paraguay, López Pinilla en Colombia, Perón en Argentina, Jorge Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, Tiburcio Carías en Honduras y los Somoza en Nicaragua. Peor que esos déspotas sólo los sanguinarios emperadores romanos Nerón y Calígula, el asirio Nabucodonosor, o los kanes mongoles. Y del mismo modo se puede decir que peores que los gobernantes autocráticos de ahora Chávez, Castro y Ortega, sólo los Hitler, Mussolini, Stalin y los mismos Castro del siglo pasado.
Pero es una tragedia que a estas alturas del tiempo se tenga que soportar a esta clase de gobernantes. Nicaragua acaba de cumplir 187 años de ser Estado independiente y 152 de la Guerra Nacional que la liberó del filibusterismo. 75 años han pasado desde el fin de la guerra de Sandino que expulsó del territorio nacional a las tropas de ocupación de Estados Unidos. La dictadura somocista cayó en 1979 y en 1990 fue derrotada electoralmente la dictadura sandinista. Pero seguimos en la misma.
El pueblo nicaragüense no debería estar otra vez abocado a la amenaza de una dictadura, peleando palmo a palmo en defensa de espacios de libertad y democracia que están consagrados en las declaraciones internacionales de Derechos Humanos y en la ley constitucional de Nicaragua. Al cabo de tantas luchas y victorias contra dictaduras y opresores, después de tanta sangre derramada por patriotas y héroes revolucionarios que lucharon y dieron su vida por la conquista de la libertad y la democracia, y después de tanta gente reprimida por las dictaduras, Nicaragua no debería estar en una situación tan lastimosa como en la que está ahora.
Un gobernante como Daniel Ortega debería ser sólo un mal recuerdo en el museo de la historia del error y del horror político de Nicaragua, junto con los Somoza. Pero la desgraciada realidad es que Ortega está aquí, en el poder, obligando a militares y policías a que se le cuadren, amenazando negocios y haciendas de los empresarios, manipulando la ley y las instituciones para menoscabar la libertad de expresión, atropellando el principio de la separación de poderes, prostituyendo la justicia, enriqueciendo a una nueva oligarquía de izquierda que es más codiciosa que la anterior, manipulando a la gente más pobre de la población, haciendo pactos y artimañas para quedarse y perpetuarse en el poder.
Nicaragua no merece tener a gobernantes como éstos, pero los tiene. El escritor liberal democrático Mario Vargas Llosa dijo a mediados de agosto pasado, en Caracas, a donde fue para asistir al estreno de una obra de teatro de su autoría, que “los pueblos a veces se equivocan y a menudo la pagan caro. Por regla general, los pueblos tienen los gobiernos que merecen tener, aunque luego se arrepientan”.
Pareciera una maldición. Pero es inobjetable que el pueblo de Nicaragua ha pagado y sigue pagando caro su reiterada equivocación. Y ojalá llegue pronto el momento no sólo de arrepentirse, sino también de no volver jamás a cometer el mismo error, para poder vivir siempre en libertad y con tranquilidad.