La periodista Sofía Montenegro, quien fuera una de las figuras emblemáticas del periodismo oficial durante la revolución sandinista de los años ochenta, pero ahora es una de las principales víctimas de la represión orteguista, en una entrevista publicada en la sección Domingo de LA PRENSA, del 19 de octubre corriente, hizo una especie de presagio para sus acosadores. “Yo sí les puedo garantizar una cosa a don Daniel Ortega y doña Rosario Murillo: que todo lo malo que nos han hecho y que le están haciendo a esta sociedad, les va a regresar triplicado. Eso es lo que va a suceder. No sé cuánto tiempo va a tomar, pero todo el daño, el dolor que han infligido, la persecución, los ataques, todo lo que hacen, les regresará triplicado”, sentenció Sofía Montenegro.
La infame persecución que están sufriendo Sofía Montenegro y otras renombradas personas de izquierda, quienes en los años ochenta apoyaron de manera apasionada e incondicional al régimen sandinista, es la misma que soportaron y están volviendo a soportar muchas otras personas que fueron calificadas por el sandinismo como derechistas, contrarrevolucionarias y pro-imperialistas. Los mismos calificativos y difamaciones que usan ahora. En realidad, el Daniel Ortega de hoy es básicamente igual que el de los años ochenta. Como dice el escritor cubano-español Carlos Alberto Montaner en un artículo titulado La fábrica de monstruos, que fue publicado en la misma sección Domingo de LA PRENSA en la que se publicó la entrevista con Sofía Montenegro, los fanáticos comunistas son iguales y tan peligrosos como sus primos fascistas, porque: “Creen que la revolución justifica cualquier cosa y en nombre de la causa gloriosa matan, delatan, golpean, mienten, escupen a sus adversarios, los difaman. No tienen límite”, señala Montaner. Y hay que agregar que para justificar sus acciones perversas, a todos sus enemigos, adversarios, disidentes o simples críticos estos fanáticos los califican como derechistas, contrarrevolucionarios, vendidos al imperialismo, etc., inclusive a personas de izquierda que disienten de la conducción de su antiguo partido y de su vieja causa revolucionaria.
En relación con el presagio de Sofía Montenegro, de que sus perseguidores y verdugos del pueblo pagarán en triplicado sus acciones perversas, en realidad es una creencia extendida no sólo en los medios populares sino también en círculos intelectuales, que los gobernantes malvados siempre pagan de una u otra manera por sus culpas. Pero esto sólo es cierto en algunos casos, al menos aparentemente. Por ejemplo, los genocidas Adolfo Hitler, nazi; Benito Mussolini, fascista; y Nicolás Ceacescu, comunista, pagaron con sus vidas por los innumerables crímenes que cometieron: Hitler fue obligado a suicidarse junto con su mujer, Eva Braun, y sus cadáveres fueron quemados en la calle como los de cualesquiera perros callejeros; Mussolini fue ejecutado en la plaza pública también junto a su mujer, Clara Petazzi; y Ceacescu fue igualmente ajusticiado por el pueblo al lado de su mujer y cómplice Elena Balotesti. El general Augusto Pinochet también pagó por sus crímenes al sufrir durante los últimos años de su vida el acoso de la justicia y el escarnio de la vindicta popular. Sin embargo, otros feroces tiranos como Stalin, Mao Zedong y Franco, han muerto tranquilamente en sus camas, sin responder ante la justicia humana.
En la historia de Nicaragua, los dictadores Somoza, padre e hijo, pagaron sus culpas al haber sido asesinados, el primero en la ciudad de León, en 1956, y el segundo en 1980, en el Paraguay, hasta donde huyó de la revolución sandinista pero lo alcanzó el largo brazo criminal de la “justicia revolucionaria”. No obstante Daniel Ortega, el otro gran dictador de la historia de Nicaragua, apenas si pagó con la humillación de una derrota electoral las muchas culpas que acumuló durante la dictadura sandinista de los años ochenta. Y más bien fue premiado posteriormente, mediante el pacto que le permitió recuperar el poder para tratar ahora de restaurar su dictadura.
En realidad, el Daniel Ortega de hoy no es distinto del Ortega de los años ochenta. Si acaso, es peor, por ser más rencoroso y vengativo. Y el mejor castigo que se le podría propinar es derrotarlo en las elecciones, sólo que ahora tiene que ser con mucha más contundencia que en 1990, 1996 y 2001, para que la víbora de la parábola del cardenal Obando no vuelva a renacer amparada por el calor del regazo del pactismo y de la deslealtad a la libertad y la democracia.