Mosaico para un recuerdo

Una vida de entrega total a la literatura y al arte, como fue la de Álvaro Urtecho, se truncó a los 56 años de edad, hace un año, el 21 de diciembre del año 2007, en la ciudad de Managua, Nicaragua. Idea aproximada sobre el aporte de este escritor nicaragüense reconocido como una de las […]

20/12/2008

El poeta Álvaro Urtecho en la última presentación de su poemario. LA PRENSA/Cortesía.

Una vida de entrega total a la literatura y al arte, como fue la de Álvaro Urtecho, se truncó a los 56 años de edad, hace un año, el 21 de diciembre del año 2007, en la ciudad de Managua, Nicaragua.

Idea aproximada sobre el aporte de este escritor nicaragüense reconocido como una de las voces más notables de la literatura contemporánea, la puede dar una síntesis valorativa de diversos colegas nacionales, que en su memoria quiero citar hoy: Iván Uriarte, amigo cercano de Álvaro y a quien se le reconoce su especial dedicación a la obra total de Urtecho, diseminada en suplementos culturales, periódicos y revistas hasta que se publiquen sus ensayos reunidos en libro, sostiene que “en la obra de Álvaro se percibe una constante voluntad de autobiografía interior, donde el encuentro con la muerte y el viaje como búsqueda de la totalidad cósmica son las constantes que ontológicamente sitúan al poeta frente a su alteralidad, y lo confirman como una de las expresiones líricas más puras de la moderna poesía nicaragüense y centroamericana”.

En 1968, el 11 de noviembre, Álvaro fue presentado como poeta, junto con Xavier Argüello y Franklin Caldera, en La Prensa Literaria, este último dice de él: “Como poeta él siempre recorrió sus propios caminos, alejado del tono panfletario y exteriorista imperante en la época”. Lo describe como incansable “cronista del quehacer de sus contemporáneos cuyos prólogos solían tener mayor calidad que las obras comentadas” ya que según Caldera, “Álvaro sabía encontrar pepitas de oro don de los demás sólo vemos arenas movedizas”.

Julio Valle Castillo, autor de la obra monumental, El siglo de la poesía en Nicaragua, estilísticamente lo define como “un poeta de estirpe romántica, subjetivo, un lírico” y destaca como “lo mejor suyo” el poemario Cantata estupefacta, agregando que “no deja de ser un momento cimero de su poesía y a su vez contradictorio en la tradición local”… “distanciado del exteriorismo y más próximo a la especulación, a la indagación, que a la canción, más cerca de la ceniza que del cuerpo, más hecho de sombra, de fantasma, que de materia”.

Jorge Eduardo Arellano en esa otra obra de gran importancia para nuestra región, Diccionario de autores centroamericanos, rescata como ejemplo de “una revelación entusiasmada ante el mundo, Cuaderno de provincia, donde (Álvaro Urtecho) percibe el asombro, creyendo el milagro diario de la existencia” igualmente propone no sólo la lectura de El esplendor de Caín, sino la meditación a partir de esta obra, de un “creador pleno, consciente de su poder evocador y admirable”.

De Juan Velásquez Molieri es la evocación: “Nacido solamente para el arte, nadie debió nunca valerse de su nombre para aprovecharse de él y siempre antepuso la poesía por encima de los beneficios que por su nombre o su origen pudo tener”.

Pedro Carvajal expresa sentidamente: “Conservamos el aprecio por su autorizada voz pronunciada o escrita. El respeto por su criterio fundamentado deseoso de acertar siempre con un exacto fiel del equilibrio y siempre capaz de renovaciones, de incorporaciones, de rectificaciones, y de nuevos desarrollos”.

A las apreciaciones, sobre su autonomía política, sobre su particular decisión de abstraerse del recurso formal generalizado y pertinente como ha sido la escuela exteriorista y optar por una poética interior admirada en el maestro Carlos Martínez Rivas, quizás pueda responderse con el planteamiento de Erick Aguirre: “Y en efecto, Urtecho se aleja deliberadamente de la Historia (con mayúscula, agrega Aguirre) y se dedica a aprehender los instrumentos que en medio del caos histórico encuentra para identificar la procedencia del dolor, la inexplicable sensación de soledad a que la madurez y la conciencia conducen… Pero no se trata de la experiencia solitaria de una simple vida aislada de la historia sino la de múltiples generaciones…” Ya antes, Aguirre invita a considerar que “si como dice Octavio Paz, la estética del cambio acentuó el carácter histórico del poema, es justo preguntarnos ahora, también, si una poesía como la de Álvaro Urtecho no estará mostrándonos los signos característicos (confluencia de tiempos, cambio y permanencia, centralidad y misterio de la propia individualidad) de lo que hoy se intenta clasificar como “era postmoderna”.

De mi parte quiero decir que también perdí un gran y gentil amigo con quien compartí espacio laboral en el Ministerio de Cultura, bajo el Gobierno de Reconstrucción Nacional en la década de los ochenta. Múltiples son las anécdotas a recordar. Cada año éramos Jurado de los concursos de aficionados que se realizaban en el Sistema Penitenciario, de donde no pocos presidiarios de guerra obtuvieron como premio su libertad o una salida en Navidad, donde sus familiares, al ganar el concurso.

Me honra contar con un prólogo de él a mi antología personal Llama en el aire, sin desconfiar de la posible concesión que me haya hecho, a pesar de la observación que hace su amigo de juventud, el reconocido crítico de cine Franklin Caldera.

En los últimos años compartí con Álvaro el pan y el vino, además de nuestro ron nacional en deliciosas tertulias que me nutrieron, ya que este formidable lector siempre estaba en la disposición de informar, formar y/o intercambiar lecturas, ideas, proyectos. Lo invitábamos a nuestra casa, mi pareja y yo, amigos cada uno por su lado e intereses, pasaba el fin de semana con nosotros y era un hermano más que oxigenaba nuestro hogar con su palabra. En los últimos años, le presté un libro de espiritualidad que a él le encantó, creo que desde su título filosófico, En busca de la verdad y poco tiempo después, en una Semana Santa, leí bellos poemas místicos escritos por él, que incluyó luego en su último libro publicado, Tierra sin tiempo, en la sección Corona de espinas.

Conmovido, Pablo Centeno siempre lo recordará “por su estupor ante el ser, ante el tiempo, la soledad, el misterio y la muerte. Su apasionado desequilibrio vital, su yo irreductible, captando el absoluto al instante, en su sorprendente poesía”.

Porque tal como expresara Margarita López Miranda, nos deja el “vacío de su fraterna y vital presencia y el término de una obra poética y crítica de gran honra y humanismo creador”.

Seguramente en estos días estaríamos llamándolo, a su casa en Las Brisas, para acordar el encuentro navideño, pero él estará ante la presentida Presencia diciéndole a viva voz su poema: “Eres, en nuestra tarde que declina /en nuestra noche poblada de/ fantasmas y temores, el hombre/que somos, el rostro que nos / duplica en el espejo, el encarnado / en las vértebras y en los corazones / que resucitarán algún día cuando / sean dados todos los abrazos / y los besos que no pudimos dar”.

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