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con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Roberto Clemente defendió el uniforme de los Piratas durante 18 temporadas, destacando por su gran calidad y profesionalismo. (LA PRENSA/ARCHIVO/AP)

Clemente, a 36 años

El 31 de diciembre de 1972 Clemente perdió su vida por damnificados nicas [doap_box title=»Un gran Pirata» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Roberto Clemente Walker nació el 18 de agosto de 1934 en Carolina, Puerto Rico. Fue firmado por los Dodgers de Brookyn en 1952, pero los Piratas lo “capturan” en 1954, aprovechando las reglas de ese entonces, […]

  • El 31 de diciembre de 1972 Clemente perdió su vida por damnificados nicas
[doap_box title=»Un gran Pirata» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Roberto Clemente Walker nació el 18 de agosto de 1934 en Carolina, Puerto Rico. Fue firmado por los Dodgers de Brookyn en 1952, pero los Piratas lo “capturan” en 1954, aprovechando las reglas de ese entonces, para debutar en las Mayores al año siguiente.

Clemente jugó 18 temporadas con los Piratas, hasta su deceso el 31 de diciembre de 1972. Jugó 2,433 partidos, sumando 9,454 turnos, 3,000 hits, 1,416 carreras anotadas, 440 dobles, 166 triples, 240 jonrones y 1,305 empujadas.

Clemente ganó 4 títulos de bateo en la Liga Nacional (61-64-65-67), 12 veces fue convocado al Juego de Estrellas, ganando dos títulos de Serie Mundial en el 60 y 71. Su esposa Vera Clemente aún vive, al igual que sus hijos Roberto Jr., Luis Roberto y Roberto Enrique.

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Esta noche las familias se reunirán para celebrar la despedida y llegada de un nuevo año, iniciando el largo camino de 12 largos meses y en especial un 2009 que luce poco prometedor por la actual crisis económica mundial, que indudablemente afectará aún más a Nicaragua.

Pero hace 36 años aquí no se hablaba de crisis económica, sino de una situación caótica por el terremoto que el 23 de diciembre de 1972 azotó a Managua, dejando en ruinas una próspera capital, que emergía como una de las más importantes de Centroamérica.

Ese terremoto, la crisis de alimentos, las penurias de mucha familias, las noticias que informaban la fuga de la ayuda internacional por parte de los militares somocistas, impulsó al astro puertorriqueño Roberto Clemente a abandonar a su familia en la propia celebración de fin de año y tomar el riesgo de alquilar un viejo avión para traer alimentos a los nicaragüenses arrasados por el terremoto.

El resultado de ese loable gesto ya todos lo conocemos.

El avión (un DC-7) en el que viajaba Clemente y los tripulantes se precipitó al mar apenas segundos después de despegar del aeropuerto de San Juan, producto de la sobrecarga de víveres.

Hoy, hace 36 años, el mejor pelotero boricua de todos los tiempos, un ícono de los Piratas de Pittsburgh, un “Ángel Pirata” como lo llaman ahora, dejó de existir con apenas 38 años de edad.

Sin duda alguna, recordar a Clemente en esta fecha debe ser un tema obligatorio para todo nicaragüense, especialmente aquel vinculado con la actividad deportiva.

Es una fecha lamentable, pero en la que debemos recordar a ese gran pelotero de los Piratas que en esa misma temporada del 72 llegó a 3,000 mil hits, ganó dos series mundiales y poco después de su muerte, rompiendo la regla de tener obligatoriamente cinco años de retiro, fue exaltado al Salón de la Fama de Cooperstown.

Clemente tenía material para jugar algunos años más en las Grandes Ligas, pero esa decisión de venir a socorrer a los damnificados acabó con sus planes, partió los corazones de su familia, sus tres pequeños hijos y todos los aficionados de los Piratas que vieron partir al sólido patrullero puertorriqueño, que durante 18 años defendió con calidad el jardín derecho.

A diferencia de muchos peloteros hoy en día, Clemente nunca jugó para otro equipo en las Mayores.

Aunque había sido firmado inicialmente por los Dodgers de Brooklyn, toda su vida jugó en las Grandes Ligas con los Piratas y pensaba seguir, hasta esa fatal noche del 31 de diciembre de 1972, cuando su vida se apagó empujado por un sentimiento de solidaridad hacia un pueblo nicaragüense que conocía por una anterior visita.

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