- Marlon Pastora se desarrolla en EE.UU. sin complicaciones, a nueve meses del trasplante de hígado
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CORRESPONSAL/MIAMI
Para Marlon Pastora Paiz la enfermedad, el dolor y el llanto son cosas del pasado. Hoy corre, ríe y grita como cualquier niño sano a sus 16 meses de edad. El trasplante de hígado, al que fue sometido nueve meses atrás, le devolvió la vida y su cuerpo ha aceptado satisfactoriamente el nuevo órgano.
Antes del trasplante, el pequeño Marlon protagonizaba una historia de sufrimiento, su abdomen lucía extremadamente hinchado, su color de piel era verduzco, sus ojos amarillentos y cada vez que se movía en su rostro denotaba un gesto de dolor.
La cirugía también le devolvió la vida a sus padres que vendieron sus bienes, dejaron sus carreras y trabajos estables en Nicaragua para buscar una cura para su hijo.
Marlon padecía de atresia biliar, una grave condición que le hubiese causado la muerte de no haber recibido el trasplante de hígado.
La enfermedad impide que el cuerpo elimine la bilis, provocando que esa sustancia actúe como un veneno y le ocasione cirrosis.
SIN COMPLICACIONES
Magaly Paiz, madre del pequeño, cuenta que el éste no ha tenido complicaciones serias con el nuevo hígado. “Un mes después del trasplante tuvo un rechazo del órgano pero no fue nada grave, los médicos le suministraron un medicamento intravenoso y desde entonces la evolución del caso ha sido satisfactoria”, explicó.
“Poco a poco los médicos han ido reduciendo la prescripción de fármacos. Sólo quedará con un medicamento de por vida”, agregó la madre.
La única reacción adversa que ha presentado es un leve atraso en el crecimiento, a causa de uno de los medicamentos que le afecta el desarrollo de los huesos.
Para Marlon Pastora, padre del niño, todo el esfuerzo y el sacrificio que tuvieron que enfrentar valió la pena, pues ahora el niño goza de salud.
“Cierro los ojos por un segundo y se me pasa todo el disco de lo que vivimos… veo al niño en la situación que estuvo que ni siquiera se podía mover, hoy abro los ojos y veo la felicidad inmensa de verlo correr, reír y hasta sus malacrianzas”, dice el padre.
“No le puedo pedir más a Dios, sobre todo a este país porque al cabo de un año estamos bien, viviendo independientes, tenemos un carro para movilizarnos, nos estamos manteniendo solos, mi hija está en clases y ya sabe inglés; pero lo más importante es que tengo al niño vivo y sano”, expresó orgulloso.
Magaly dedica todo su tiempo al cuidado de su familia. “Ha sido un año maravilloso porque gracias a Dios hemos recibido buenas noticias, cada vez que le hacen los chequeos médicos el resultado es bueno y va marchando bien”, concluye.
