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Roger Federer, desbordado de emoción, conquistó el único Grand Slam que se le resistía. (LA PRENSA/ AFP / PATRICK KOVARIK)

Es el mejor de todos

Federer conquista Roland Garros y su 14 Grand Slam [doap_box title=»Federer impresiona» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Las cifras exorbitantes continúan hasta el infinito, pero sin duda este triunfo era especial para él por ser en polvo de ladrillo, superficie en la que le cerraba el paso Rafael Nadal. Ganador de tres Open de Australia, cinco Wimbledon y […]

  • Federer conquista Roland Garros y su 14 Grand Slam
[doap_box title=»Federer impresiona» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Las cifras exorbitantes continúan hasta el infinito, pero sin duda este triunfo era especial para él por ser en polvo de ladrillo, superficie en la que le cerraba el paso Rafael Nadal.

Ganador de tres Open de Australia, cinco Wimbledon y cinco US Open, Federer fue durante más de 200 semanas número uno mundial.

Es un ídolo en el mundo entero y, por su compenetración y deportivismo, cuenta con la simpatía de sus rivales, del público y de la prensa deportiva.

Pronto será padre, después de casarse con la ex tenista Mirka Vavrinec (“¡Mirka Federer!”, corrige), su mano derecha desde que se retiró por lesión en 2002. “Puede que ser padre sea mi mayor victoria. Pero ya no volveré a oír que nunca he ganado Roland Garros”, decía tras coronarse. El tenis le debe mucho a él.

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Roger Federer, siempre haciendo gala de su estilo elegante y de su fair-play dentro y fuera de la pista, escribió su nombre en la historia del tenis al coronarse por fin en Roland Garros, el único de los cuatro torneos de Grand Slam que se le resistía.

El suizo igualó el récord de 14 torneos grandes del estadounidense Pete Sampras y respondió a quienes hablaban del comienzo de su declive ganando en la final al sueco Robin Soderling en tres sets 6-1, 7-6 (7/1) y 6-4, después de un último año y medio difícil, con una victoria en tierra batida.

A sus 27 años, después de haber dominado el circuito durante cuatro años y medio, Federer entraba en la leyenda como uno de los mejores tenistas de la historia al alzar la Copa de los Mosqueteros, de la que le había privado el español Rafael Nadal los últimos años.

El mismo Nadal que, después de la mononucleosis que arruinó su comienzo del 2008, le barrió de la pista en la final de Roland Garros, le destronó en su jardín de Wimbledon y le arrebató el número uno mundial después de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Unos momentos amargos que no habían terminado de hundirle porque luego se inclinó ante el mallorquín en la final del Open de Australia, sin poder contener las lágrimas de frustración. Algunos vieron en ese llanto desesperado la señal de alerta de que había terminado la época dorada del suizo.

Pero el de Basilea, como el gran campeón que es, no se rindió nunca ante su particular bestia negra y justo antes de su cita en la tierra batida parisina, le ganó la final del Masters 1,000 de Madrid, antes de imponerse en París ante el verdugo de Nadal en octavos de final, el sueco Robin Soderling.

Sin duda habría preferido cumplir su sueño de ganar la final a Nadal pero, sea como fuere, el eterno favorito del público de Roland Garros sumó su 14 grande y emuló a Andre Agassi, Fred Perry, Don Budge, Rod Laver y Roy Emerson al completar el Grand Slam jugando casi en casa.

Se lo merecía, decían muchos. Era el 59 trofeo que levantaba Federer en su carrera, tras haber disputado su 20 semifinal consecutiva y su 19 final de Grand Slam, igualando el récord de Ivan Lendl.

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