Camilo Zapata El padre del son nica

¿Cómo nació el caballito chontaleño? Al descubrir el son que siempre quiso Camilo Zapata, perseveró en la búsqueda de todo lo que expresase el quehacer, el sentimiento, las peripecias, los amores, la carcajada y la bohemia de los campesinos. Rememoró entonces los cuentos, anécdotas, ficciones y narraciones reales que olía del grupo Alma Lírica, dirigió […]

27/06/2009

¿Cómo nació el caballito chontaleño? Al descubrir el son que siempre quiso Camilo Zapata, perseveró en la búsqueda de todo lo que expresase el quehacer, el sentimiento, las peripecias, los amores, la carcajada y la bohemia de los campesinos. Rememoró entonces los cuentos, anécdotas, ficciones y narraciones reales que olía del grupo Alma Lírica, dirigió la mirada a Chontales convertida por la inspiración en el universo de sus ilusiones. Y volvieron las imágenes de mil novecientos treinta. Y cómo no tener como centro de atracción a “Chontales si era bello”. Una de tantas tardes afiló la reiteración y tampoco. Le costaba el hallazgo.

El demonio de la frustración rondaba en el camino. Sus tentáculos lo invitaban a desistir del empeño. Revoloteaban sobre su cabeza deseos de dejar la gorra en la copa del árbol. Y qué carajos estoy haciendo aquí bajo este palo de malinche si no me sale lo que yo quiero. Pero la sublime neurosis no lo hizo desistir. Está tocando la guitarra resignado a ver qué sale de nuevo y de pronto, de sopetón como dirían los españoles, de golpe pues oyó un ritmo. Madre mía, Dios mío, gritó Camilo, “¿qué es esto?” “¿Qué es?”, repetía. Este ritmo no lo estoy haciendo yo, sale como si fuese un milagro, y pulsó y pulsó.

Las manos bailaban sobre la madera hasta que dominó el ritmo, hasta que entró en los umbrales de la purificación. “Dios mío, éste es el son que yo quiero para Nicaragua”. Y volvieron las imágenes. Chontales era bello para otro paisajista: Carlos A. Bravo y para el resto de nicaragüenses amantes de un recurso tan natural y alabastrino aunque para ese tiempo se le declaraba por decreto de la vanidad y del capricho: República libre de Chontales. Los sobrevivientes de aquella proyectada escisión aún le dan esa dimensión. Sin embargo en honor a la verdad, por indefensa, por frágil la tesis sin hondura motívica, existe en la remembranza, un punto de referencia del pasado superado. Criatura tierna y angular en la vida artística de Camilo es sin duda alguna la silueta que corre y corre, del caballito chontaleño. Camilo no bautizó como son el descubrimiento auspiciado por la sombra del malinche. Originalmente lo llamó “aire nicaraguano” y en una opción secundaria “métrica nicaraguana” bases sobre las cuales definitiva e irreversiblemente se construyó el son nicaragüense.

Retrocedamos: antes de nacer Camilo, principalmente en 1915 había entusiasmo por tocar instrumentos con profesores especializados. No pocos eran amantes de la flauta, el niño nunca vaciló en enamorarse de ésta hasta casarse con ella y tenerla como compañera inseparable de su existencia. Pero en la Navidad de 1924 la guitarra le cayó del cielo. Se la regaló el “Niño Dios”. Era pequeña pero completa. Acostumbrado a tocar en soledad y uno de los primeros lugares elegidos para puntearla era “El patio del Bóer”, situado a dos cuadras de su casa. El costado oeste de su patio estaba poblado de estancos donde se expendía, si era posible para el maestro en la resistencia de consumirlo, alcohol puro. La guitarra no dejaba de ser nunca madrina llorona y riente de la bohemia cruda, no de la que con ripios de hipocresía se alza en las cúpulas mojadas sino de la que tiene olor a tierra desnuda y a mohín frágil. Después de sumar tantos esfuerzos aprendió a dominar tan sólo un signo que, según logró saber posteriormente, correspondía al “do mayor”.

Así continuó estudiando y manejando toda la escala musical de su pequeña guitarra. No escaló la cima del virtuosismo académico, meta no presupuestada en su sencillez quizás porque no contó con un maestro estable y reiterativo en el empeño de perfeccionarlo, de pulir la joya vocativa que él llevaba adentro aún cuando los músicos se ganaban el sustento diario no sólo tocando sino que enseñando. La excepción fue la profesora Isabel Montealegre, quien cantaba y tocaba admirablemente bien. Verla ejecutando y cantando a la vez, motivaba emanaciones de la crónica artística y sensitiva de la época. La señora incluso protagonizaba conciertos selectos que nutrían de admiración salas modestas. El alma se implicaba en la escena donde la voz y las manos en franca y liberal unidad ejercían una función acordada impecablemente para sacar esencias del lustroso y curveado instrumento. Tenía varios años la letra del Caballito chontaleño.

Camilo la modificaba con tanta regularidad que la conocida oficialmente, dista mucho de ser la letra que originalmente comenzó a trazar desde niño, componía, recomponía, hacía y deshacía sus estrofas muchas de las cuales Camilo consideró en su plena madurez como un disparate seguido de otro disparate.

Fue posiblemente el son nica que más modificaciones tuvo en una época de niñez. Las enmiendas ocurrían cuando ya estaba metido de lleno en la composición de valses, corridos y canciones. Se iba al lago de Managua en compañía de amigos de la infancia. El lago tenía destellos generosos, honda y larga extensión tutelada por el agua que daba de comer a todos.

Esa es la razón por la cual diría en el instante de hilvanar los recuerdos y comparar su tiempo con las vicisitudes de hoy: “Antes en Managua nadie padecía de hambre, el lago daba de comer, a mí me gustaban unas mojarras de copete rojo, mi madre me las hacía fritas, ahora el lago sólo nos da dengue, malaria y contaminación”. Los pescadores gozaban y se nutrían con las conquistas de pececitos recién ungidos por el agua. Autor de oído no acude al atril de la estricta partitura.

Recurre al polígrafo de los signos cuando no quiere dejar que vuele y desaparezca la imaginada. Entonces que la escriba para que haya un testimonio resistente a la disuasión del olvido, vacunada contra el olvido. ¿Música no es acaso el efecto de la inspiración en el vacío? Y tuvo muchos amigos que con mucha satisfacción se ocuparon de hacer las transcripciones conscientes en el gesto noble de que la música ideal, pertenecía a Camilo. De la letra no se diga, su autenticidad es inexpugnable. Primero dibujaba las estrofas, les ponía los estribillos. Versos para oírse y para leerse. Así nacía el SON, en una descarga ventosa, en un aguacero no presentido. La literatura de su canto tiene aroma de barro y de polvo. Pablo Centeno Gómez dice que “Su son puede verse con los oídos”. Bastaron trece años de edad para darle vida al Caballito chontaleño. Lo hizo sin conocer Chontales. Lo puso a correr sobre las altas y bajas murallas verdes. La canción quedó totalmente acabada a los catorce años. Diez años duró el proceso de componerla. Después de los trece años hizo otra canción no planeada con el mismo sostenido empeño. El caballito fue un signo que se le incrustó en la frente.

Una obsesión bien marcada en la infancia proyecto en el cual jamás sufrió desmayo la ilusión de verlo trotando en los corredores de Chontales. La canción surgió intempestiva, un relámpago convertido en la llama prolongada. Se llamaba “El Rancho Elevado” pero trascendió en la adolescencia fijada siempre en el paisaje, en las colinas.

Al mismo tiempo se entusiasmó por componer “Sirenas del Xolotlán” en ritmo de jazz. Estamos ahora ante el joven compositor que buscaba otras proyecciones en nombre de la versatilidad poseída en los años iniciales. La figura común del equino no clasificaba en las altas clases de las sangres puras pues hasta en el estilo de trotar se revelan las majestades, tenía rango “chapiollo”.

Por sentido común no podía pertenecer a la aristocracia de los establos en cuya superficie de cemento bien lustrado el sirviente del noble animal pone raciones sofisticadas de concentrado, de vitaminas apropiadas para hacer más azules las venas de la raza.

EL NANDAIMEÑO

El nandaimeño lo hizo Camilo en plena juventud. Trabajaba en la Carretera Panamericana con una compañía “gringa” en el tramo que va de Rivas a la frontera con Peñas Blancas. Con apenas 17 años, dirigía una cuadrilla de ingeniería. La precaria situación económica le proclamaba la urgencia de laborar, con mayor razón cuando el salario dependía de las horas trabajadas. Un año antes de esa contratación quedó en la —orfandad paternal— al morir Don Benjamín. Su madre requería el apoyo del más apto en ese tiempo. Camilo una de cuyas funciones estaba relacionada con la localización de los terrenos, conocía Nandaime, pueblo en el cual pasaba la noche con regularidad.

Había rivalidad entre los granadinos y los nandaimeños. Éstos decían que eran granadinos, quizás por asumir vanidosa e ingenuamente sus requiebros de aristócratas, prevalecía “el calzón chingo”, el orgullo de ser nandaimeño, coterráneos del indiscutible, héroe nacional General José Dolores Estrada. Prevalecía el orgullo de haber sido su tierra, testigo de la guerra entre los ejércitos del líder indígena de Diriamba y el capitán español Gil González Dávila. Los granadinos en la “otra cara de la moneda”, manifestaban su resentimiento con esa presunción. Ellos provenían del tronco español, aunque Carlos A. Bravo les haya dicho mil veces que por el lago entró la hez de España. No era posible que un indio conquistado y puro como el nandaimeño pudiera vanagloriarse de los blasones de “La gran sultana”. Las horas de la polémica rondaban en la parte sur del país. Por ello cuando un legítimo granadino veía a un nandaimeño se burlaba de sus caites, de su forma de hablar, de su dejadez trivializada, de su inconfundible “cantadito”. Entonces se le vino —a Camilo— la idea de hacerle una canción al “Nandaimeño”. “Soy granadino, nací en Nandaime, de zapatones jamás usé caites, bajo a la población, no me paro en las esquinas, no me gusta que me digan que soy un indio sin educación”. El estribillo se repite y formula el orgullo natal del visitante que llega a su ciudad porque es hijo de ella y por lo tanto ningún discriminado a quien se le pudieran atribuir poses delatadas por la incultura.

EL SOLAR DE MONIMBÓ

Por “Solar de Monimbó” pasa un originalísimo “trabalenguas”, ¿cómo fue? Un día de tantos, Camilo no asiste con puntualidad al rigor de las fechas Paco Ortega le hizo un homenaje en Masaya. Motiva la dedicatoria uno de los cumpleaños de nuestro compositor y una de las victorias beisboleras. Paco era oriundo de Masaya pero fundamentalmente su “corazoncito” latía por Managua. El lugar donde se le hizo el homenaje a Camilo Zapata, se llamaba como su son, “Solar de Monimbó”. Quedaba cerca del Colegio Salesiano. Por las características diseñadas por el recipiendario del festejo, ocupaba una gran extensión. El propio Monimbó con Alcalde de Vara, caprichos territoriales inherentes a las hidalgas “jergas” de la independencia, vaticano con flores anteriormente cantadas por Rubén Darío, ese “Monimbó” era un patión no tan avispado y beligerante por cuanto quién no recordaría que su consejo tradicionalmente excluyente, contribuyó mucho a que se le despejaran los caminos a los luchadores contra los Somoza, eso posteriormente cuando los arcos estaban formados. Ya en Managua poco tiempo después se le ocurrió a Camilo plasmar, formalizar la canción dedicada al Solar de Monimbó. Se convirtió en el himno de Masaya. Se robó todos los afectos. Su espacio sin ser intrusa por los caminos de Nicaragua. Ninguno de los apóstoles “de la crítica puritana” fue capaz de alejarla del público. El zapateo es un panorama ideado. Camilo llega a un lugar como este solar, mira, le gusta y hace una concepción llena según las circunstancias, de picardía, de amor, de humor, de “güegüensismo”, de “Minga Rosa Pineda” diríase para quedar bien con la verdad que es un personaje inexistente. Toda la trama es un invento absoluto. Fue concebida después del Nandaimeño y del Solar de Monimbó. No era viviente, tampoco su enamorado Juan Beteta Castellón, ni esos “jícaros con miel de capulín”, ni “la foto que le hicieron de perfil”, tampoco se sospechaban los caminos que Minga tomó. Si se dejara desnuda a la letra, sin la contagiosa melodía, sería un poema total.

MINGA ROSA PINEDA

Hay en la música de Camilo amor a la mujer. No sólo seduce a ésta, a las flores, a los pájaros, a los ríos. Pero toda esa veneración la matiza con su picardía. No hay canto natal donde esté ausente este signo vital de su creación, pero picardía sana, si se quiere perseverante en su ingenuidad. Esa picardía —rebasa en el Solar de Monimbó— cuando en el trabalenguas vierte todas sus prendas la canción coreográfica que se ha prestado para que se luzcan los estilistas del entablado. Carlos nos lo —baila y sostiene— que el son mismo te va diciendo cómo debes bailarlo. “Hay que ver a Doña Inés, pa’ bailar/ como zapateya a la vez/ que hace la cadera temblar/ oyile el consejo que/ da al compadre Juan/ pa bailar hacete para ya/ no te vengas tan arrecostado/ pareces un gallo remojado/ meniadito Juancho nada más/ cuidadito, cuenta me tocás/”.

Hay doble, triple, cuádruple sentido. Todo erótico, sensual, fino, de ninguna manera ramplón o jayán. ¿Podría concebirse algo tan lírico como Minga? Yo me llamo Juan Beteta Castellón/ y en la hamaca de tus pechos me/ dormí/ Juan Beteta fue el primero que/ miró esos jícaros con miel de capulín/”. Y es que Camilo siempre enamoró con sus inofensivas y persuasivas armas de músico poeta. Desde antes el compositor fue favorecido con el cariño de los Quintero. Tanto el padre como la madre —de lo que pudo ser una novia formal en los intentos de Camilo de reacomodar su vida, viudo soltero— se sintieron honrados con la repentina vinculación. ¿Amor a primera vista?, de un señor maduro y de una inminente bachillera que comenzaba a danzar en las pistas de la adorable juventud, sencilla flor del campo. No se supo nunca en qué paró esa declaración de amor, posiblemente tan frágil como el transcurso de un día de alborozo. Es altamente, seguro que en su soledad se haya querido llenar con los múltiples frutos de su repertorio romántico, de boleros que han sido muchos en el tupido aguaje de su creación.

¿Cómo nacieron los himnos de nuestro folclor nicaragüense, Caballito Chontaleño, Minga Rosa Pineda, El Nandaimeño, El Solar de Monimbó? El autor de Camilo Zapata, Vida y Canto nos recrea acerca de estas melodías y su origen

Hay en la música de Camilo amor a la mujer. No sólo seduce a ésta, a las flores, a los pájaros, a los ríos.

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