- Sergio Ramírez Mercado, uno de los creadores de la Junta de Gobierno de 1979, dice que en el FSLN predominó el sector que propugnaba por hacer un partido único y un socialismo estilo cubano, pero diez años más tarde la democracia los venció. “¡Qué más modelo democrático que perder las elecciones!”, opina
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A Sergio Ramírez Mercado le preocupa saber si los nicaragüenses ya están en paz con sus muertos. Hace 30 años la población insurreccionada acabó con la dictadura somocista y, hace casi 20 años, la misma población sacó del poder a los líderes de la revolución de 1979 que habían erigido otra dictadura. “¿Hemos soltado de nuestras espaldas el peso de los muertos?”, se pregunta el ex gobernante sandinista y hoy escritor de tiempo completo.
Lo que realizó a partir de 1979 como una obra política, lo sacude ahora con cuestionamientos que sólo podrá desatar en una obra literaria y con un ribete poco tratado: la culpa.
“Hay quienes dicen que un país que no se pone en paz con sus muertos, no puede progresar, no puede avanzar”, comenta Ramírez. “Nosotros seguimos siendo agarrados de los pies por los muertos, que no nos dejan salir del hoyo; no podemos seguir hacia delante porque tenemos detrás ese peso”.
“¿Estamos en paz con nuestros muertos? Ésa es la gran pregunta que yo quiero poder contestarme alguna vez en una novela. Éste es un país lleno de muertos y siempre he imaginado a un ‘contra’ y a un sandinista hablando desde la profundidad de la tumba”, dice Ramírez al reflexionar sobre lo que fue la revolución que empezó en 1979 y terminó en 1990.
Duda que el sentimiento de culpa haya abandonado a los nicaragüenses a estas alturas. ¿Quién tuvo la culpa por la sangre que corrió por más de una década? ¿Se pudo haber evitado? La manera conque Ramírez prefiere responder es ésa: “Quiero tratarlo en una novela a más profundidad, desde la perspectiva de algo que me parece muy profundo a mí, que es la culpa… ¿Qué dicen los muertos?”
LAS PUGNAS POR EL PODER
El plan de gobierno de unidad nacional, que trajo a Managua la Junta de Gobierno revolucionaria el 20 de julio de 1979, murió entre las pugnas internas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que resurgieron tan pronto tomaron el poder.
“Había quienes pensaban que esto (la unidad nacional) no era más que un asunto táctico, que en el fondo lo que era necesario era el partido único, el modelo socialista tipo Cuba”, confiesa Ramírez.
Él negoció con William Bowdler, el representante de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos (OEA), el retiro del dictador Anastasio Somoza Debayle y la creación del nuevo gobierno, que incluía formar un Estado Mayor conjunto con guerrilleros y guardias nacionales profesionales seleccionados que “formarían la cabeza de las Fuerzas Armadas”.
Como la Guardia se desbandó, este acuerdo quedó inconcluso y, a juicio de Ramírez, “eso abrió un boquete muy grande para que, quienes pensaban que la revolución era una fuerza política y militar única, recibieran la razón de la historia en ese momento”. Aunque, “al final de los diez años lo que se impuso fue el modelo democrático… ¡Qué más modelo democrático que perder las elecciones!”
Igual rodó el principio de no alineamiento, plasmado en el programa de gobierno. Al final, la estrategia de alianza socialista del régimen sandinista “se cayó por su propio peso, la verdad, porque la Unión Soviética nos zafó el hombro”, revela el ex gobernante. “La llegada de (Mijail) Gorbachov significó decir ‘miren señores, nosotros no podemos seguir con esta guerra, ustedes (FSLN) válganse como puedan’; y valerse como puedan quiere decir arréglense con los Estados Unidos, nosotros vamos a ayudar a que ustedes se arreglen con Estados Unidos”.
La primera reunión de cuadros del FSLN, tres meses después del triunfo del 19 de julio de 1979, aprobó un documento que planteaba la creación de un Estado socialista, lo que de hecho mandaba a la basura el plan de gobierno concertado con otras fuerzas políticas cuando estaban en el exilio.
Ramírez recuerda ese momento: “La decisión era que ya no importaba sacrificar a los aliados. Me parece que fue uno de los grandes errores, es cuando se comienza a hostigar a (Alfonso) Robelo que le quiere dar vida a su propio partido, el MDN (Movimiento Democrático Nicaragüense), y entonces ya se le ponen obstáculos, no puede haber un partido paralelo al de la revolución y es el choque con Robelo, con la empresa privada, después doña Violeta (Chamorro)”.
En diciembre de 1979, el FSLN hace una reestructuración del Estado y expulsa a los ministros que habían sido nombrados por alianzas, para dejar sólo gente de confianza del partido sandinista. Comienza también la creación de feudos, una repartición del poder entre las viejas facciones de la guerrilla. Jaime Wheelock, de la tendencia Proletaria, asume el súper ministerio de Reforma Agraria y Desarrollo Agropecuario; Humberto Ortega, de la Tercerista, se convierte en Ministro de Defensa y se hace cargo de las Fuerzas Armadas; y Tomás Borge, de la GPP, queda con el Ministerio del Interior y la Dirección General de la Seguridad del Estado.
LA JUNTA FUE SOMETIDA
La revolución de 1979 tuvo la singularidad de recibir el apoyo de varios países con sistemas políticos disímiles, como Cuba, Costa Rica, México, Panamá, Venezuela y en alguna medida Estados Unidos, porque el presidente Jimmy Carter también contribuyó al derrumbe de la dictadura somocista.
Sergio Ramírez cree que es la primera vez que ocurre eso en la historia de América Latina y, 30 años más tarde, lamenta que el FSLN haya dado la espalda a esos gobiernos a poco de hacerse del poder, todo por “la misma soberbia, el mal consejo de la soberbia”.
“Cada vez pienso que las cosas pudieron haber sido diferentes…” Medita un poco, busca razones. “Había asuntos más profundos que estaban de por medio, como era el apoyo en El Salvador al FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional) como una obligación moral, sin calcular las consecuencias… Bueno, triunfamos aquí, hay que ayudarles a los ‘compas’ en El Salvador. Esta visión mesiánica me parece que fue negativa estratégicamente”.
La bienvenida que la población le dio a los guerrilleros y a la Junta de Gobierno, el 20 de julio de 1979, la recuerda como una epifanía. “En la plaza estaba todo el mundo, las caras que veías allí, la clase media, la clase popular, gente mejor vestida, gente peor vestida… No es como las plazas después, que fueron ya los militantes; no, allí estaba todo el país representado, maestras de escuelas, la burguesía, estaba todo el mundo en ese momento de gran unidad nacional. Después, todo el consenso se comenzó a romper y a polarizar”.
El afán de provocar una lucha de clases tampoco tenía sentido y ocasionó más daños que beneficios, porque desunió y confrontó a los nicaragüenses. “En primer lugar, aquí no había proletariado”, enfatiza Ramírez. “Es una revolución popular, de lo que era el pueblo de Nicaragua, un pueblo sencillo, valiente, decidido a todo porque tenía una idea de futuro, de una Nicaragua nueva, diferente. Era una idea de futuro, de cambio, de progreso, de prosperidad, de paz, de dignidad”.
La dirigencia del FSLN sobrevaloró su poder y en el mismo inicio empezó a cultivar su fracaso. “Cuando se rompen las alianzas y la idea es ‘ya no importa que se vayan (los aliados), ya tenemos el poder’, cuando se va Robelo y doña Violeta, a mí me pueden decir ‘bueno, pero se incorporan Rafael Córdova Rivas y Arturo Cruz’, pero ya no era lo mismo, ya la idea era de que la Junta de Gobierno era un organismo sometido al poder de la Dirección Nacional”, sopesa Ramírez.
La Junta de Gobierno, el rostro de las promesas democráticas que atrajo la solidaridad de diferentes países, quedó convertida en un organismo subalterno de los nueve comandantes que dirigían el FSLN, en cuyas manos quedó todo el poder político y militar.
Por eso, uno de los nueve comandantes, Jaime Wheelock, es quien anuncia a los nuevos miembros de la Junta, que reponen a Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro en 1980. “Ya no era el consenso del 79, cuando costó tanto articular una Junta que representara a todo el mundo”, comenta Sergio Ramírez. “Ya era la voluntad política de la Dirección Nacional la que decía ‘estos dos van a reponer a los que se fueron’. Todo había cambiado”.
EL DINERO DE ‘LOS 12’
La primera vez que Sergio Ramírez escuchó una propuesta para organizar un gobierno de unidad nacional en Nicaragua fue en 1975, cuando Eduardo Contreras, comandante del Frente Sandinista (FSLN) que había dirigido el asalto a la casa de José María Castillo en 1974, le mandó un mensaje pidiéndole aportes en ese sentido.
Ramírez recién había vuelto de Alemania y comenzaba a trabajar en Costa Rica como director de la editorial del Consejo Superior de Universidades de Centroamérica (CSUCA). Tenía interés en respaldar la lucha del FSLN, pero esta organización pasaba por una crisis porque había facciones que se peleaban entre sí.
Los de la tendencia Guerra Popular Prolongada (GPP) se enfrentaban con los ‘proletarios’ y “habían llegado a meter a la fuerza a una embajada a Jaime Wheelock, a Luis Carrión y a Roberto Huembes que, con Carlos Núñez, encabezaban esta facción (Proletaria) que estaba contra el militarismo”.
Conoció a Daniel y Humberto Ortega a principios de 1976 y comenzaron a elaborar la estrategia insurreccional, que consistía en provocar una insurrección en Nicaragua para instaurar un gobierno de unidad nacional. De allí surgió la idea de formar el grupo de Los 12, los civiles connotados que garantizarían ese nuevo sistema político.
“El Grupo de Los 12 nunca se formó con la intención de ser un grupo de apoyo al FSLN”, aclara Ramírez. “No, el Grupo de Los 12 era el gobierno provisional”.
Una figura destacada de Los 12 era Felipe Mántica, propietario de una cadena de supermercados en Nicaragua, entre otros negocios, que le consiguió al FSLN el apoyo financiero y político del presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Pero Mántica se retiró después, por razones familiares.
Humberto Ortega Saavedra prometió a Los 12 que en octubre de 1977 los guerrilleros del FSLN tomarían por asalto los cuarteles de la Guardia Nacional en Masaya, Granada, San Carlos y Rivas, y entonces instaurarían el gobierno provisional en la ciudad de Rivas. “Ortega dio un parte militar que por supuesto era bastante exagerado, como 1,200 hombres en armas iban a atacar”, relata Ramírez.
En respuesta, Los 12 sacaron sus chequeras. “Estos señores, muchos de los cuales tenían dinero, dieron allí un primer fondo; pusieron 10 mil dólares cada uno”, afirma el ex miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional y después vicepresidente de la República hasta abril de 1990.
Los Terceristas, según Ramírez, no tenían dinero “porque Cuba no creía en ese proyecto, Cuba era muy fiel a la tendencia GPP” dirigida por Henry Ruiz y Tomás Borge.
Los intentos de tomas militares en octubre de 1977, planeadas por Humberto Ortega, fracasaron “por falta de coordinación”, con excepción del ataque a San Carlos. Ramírez lo constató al ver la actitud desmoralizada de Ortega “porque la verdad es que las posibilidades de que esto saliera bien no eran muchas, pero en una lucha así uno no se va por las realidades, sino por las ambiciones”.
“Yo recuerdo que Humberto le dijo al grupo de Los 12, o les mandó decir con Herty (Lewites), que todo el mundo quedaba relevado de su compromiso, que era mejor volverse a Nicaragua porque a lo mejor Somoza no sabía que estaban en eso”, indica como muestra de que Ortega estaba desechando el plan insurreccional.
Los 12, sin embargo, decidieron continuar y emitieron un documento público de respaldo a la lucha del FSLN, que tuvo trascendencia internacional y facilitó que vinieran a Managua en julio de 1978, donde fueron respaldados por una multitud que exigía justicia desde el asesinato del director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, el 10 de enero de 1978. Somoza no se atrevió a detener a ninguno de Los 12.
LOS US$100 MIL DE PÉREZ
Aunque Los 12 “es el gobierno provisional que fracasó como gobierno provisional, porque no hubo poder que tomar entonces”, tal como lo relata Sergio Ramírez, le facilitó al FSLN el apoyo de gobiernos que vieron en su lucha un propósito democrático.
“Carlos Andrés Pérez se comprometió a entregarnos cien mil dólares mensuales, eso era un montón de plata”, afirma el hoy escritor alejado de la política. “Ésa fue una ayuda fundamental para tener armamento de calidad, logística, radiocomunicaciones”.
Luego consiguieron el apoyo del general Omar Torrijos, de Panamá. “A Torrijos lo metió Carlos Andrés”, explica. “Los primeros cien mil dólares que le había prometido a Felipe (Mántica), Carlos Andrés, me los entregó a mí en el Hotel Cariari, de Costa Rica, Chuchú Martínez, asistente de Torrijos”.
Sin embargo, las posibilidades de victoria de la guerrilla sandinista aumentan sólo después del asesinato de Chamorro Cardenal. Entonces, el FSLN “tuvo que cambiar sus métodos de organización porque ya había demasiada gente que se quería incorporar a la lucha armada, a la insurrección callejera”, admite Ramírez.
La idea de formar una Junta de Gobierno —explica— surgió a principios de 1979, cuando las tres facciones del FSLN deciden unirse y formar una Dirección Nacional conjunta. Lo que buscan es “el equilibrio de un gobierno que le dé confianza a todo el mundo, que le dé confianza a la empresa privada, que le dé confianza a la Iglesia católica, que le dé confianza al FAO (Frente Amplio Opositor), que le dé confianza al Frente Patriótico, donde estaba toda la caterva de organizaciones de masas”.
La Junta de Gobierno sería formada sin Daniel Ortega. “Eso no estaba en el plan original, eso ya fue cosa de Humberto Ortega, meter a Daniel”, confirma Ramírez tres décadas después.
UNA GUERRA CAMPESINA
La traición del FSLN al programa de gobierno de unidad nacional, en 1979, derivó más tarde en un alzamiento campesino. “Fue una guerra campesina”, asegura Ramírez y lo atribuye, en parte, a que la Reforma Agraria “se convirtió en una operación ideológica”.
“¿Qué es lo que había prometido la revolución a los campesinos? Darles la tierra en propiedad. ¿Y qué es lo que terminó haciendo la revolución? Creando colectivos estatales”, analiza el ex gobernante. “Fue un error que alimentó la guerra, porque muchos campesinos se sintieron defraudados… ¿Y la tierra que me iban a dar? No, es que ahora vas a vivir en una tierra colectiva, vas a tener escuela, salud, buen salario… No, pero la tierra no es mía”.
“Eso y las expropiaciones agrarias, que se volvieron indiscriminadas, atemorizaron también a los campesinos pequeños y medianos propietarios que, al fin y al cabo, fueron los caudillos de la contrarrevolución”, explica Ramírez. “Si vos hacés una lista, no de los guardias que entraron primero, eso se disolvió rápido, de quiénes eran los jefes de las fuerzas de tarea (de la Contra)… (Eran) pequeños y medianos campesinos”.
Cuando la dirigencia sandinista quiso enmendar ese error, ya era tarde. El país estaba dividido. Creyó, sin embargo, que su candidato presidencial, Daniel Ortega, ganaría las elecciones de febrero de 1990 porque suponía que, si la revolución era “popular”, porque así comenzó en 1979, jamás el pueblo votaría contra su propia revolución.
“Fue una gran sorpresa, muy dolorosa”, comenta al recordar la derrota electoral que puso fin a la revolución. Las encuestas de opinión lo habían advertido. En diferentes estudios de opinión pública, aunque el FSLN estuviera arriba de la Unión Nacional Opositora (UNO) en la intención de voto, la diferencia porcentual era pequeña y aparecía un segmento importante de indecisos, entre 20 y 24 por ciento.
Ramírez, candidato a vicepresidente en fórmula con Ortega, lo sabía, pero hizo una interpretación equivocada en aquel momento: “Cuando nosotros entrábamos a analizar de qué lado votarían los indecisos, sumábamos muchos indecisos a nuestro lado porque decían que Daniel Ortega era mejor candidato que doña Violeta, que tenía más experiencia de gobierno. Entonces decíamos, los que dicen eso van a votar por el Frente. La verdad es que los que se declararon indecisos, todos, fueron a votar por doña Violeta (Chamorro), era un voto oculto”.
Chamorro, candidata de la UNO, venció a Ortega con el 55 por ciento de los votos. El FSLN sólo pudo reunir el 41 por ciento de los votos.
“Me siento orgulloso de haber puesto mi vida al servicio de una causa que sigo creyendo que valió la pena”, afirma Sergio Ramírez Mercado, cuando se cumplen 30 años del triunfo de la insurrección popular.
Señala que detrás de la revolución había ideas humanistas, como la de “volver protagonistas a los pobres”. Éstos nunca habían sido protagonistas de la historia de Nicaragua. “Eso me parece que es lo más importante, ése es el cambio profundo”.
