- Joe Wolf, misionero capuchino que trabajó con las comunidades miskitas de río Coco, fue uno de los primeros religiosos expulsados de Nicaragua por el Gobierno sandinista. La razón: pidió a las autoridades que investigaran la muerte de 23 indígenas que habían sido detenidos por la Seguridad del Estado
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Para el sacerdote capuchino Joe Wolf, el triunfo de la insurrección sandinista de julio de 1979 fue motivo de celebración porque él, igual que otros religiosos estadounidenses que trabajaban en Waspam, río Coco, estaba contra el régimen de Anastasio Somoza Debayle y deseaba un cambio a favor de los pobres de Nicaragua.
Sin embargo, el 12 de enero de 1982, dos años y medio después de iniciada la revolución, Wolf se convirtió en el primer sacerdote expulsado de Nicaragua por el Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Su delito: defender a los indígenas miskitos y exigir la investigación del asesinato de 23 comunitarios que habían sido arrestados por la Seguridad del Estado sandinista.
“Yo participé poco a poco en la defensa de los derechos humanos de los miskitos y me tacharon como contrarrevolucionario, pero yo no era de ningún modo contrarrevolucionario; yo estaba buscando el bien del pueblo”, relata Wolf, quien hoy reside en la ciudad de Fond du Lac, Wisconsin, donde es capellán del centro geriátrico Saint Francis Home, dando atención espiritual a 200 ancianos que viven allí.
Wolf se enteró del asesinato de los 23 miskitos, por casualidad. Llegó a Waspam a las 9 de la mañana del 23 de diciembre de 1981 para oficiar una misa en la comunidad, y los delegados de la palabra salieron a recibirle con la noticia de que algo extraño había sucedido en la aldea de Leymus, donde los prisioneros habían desaparecido.
“Yo fui a hablar con el comandante, el encargado de Seguridad allí en Leymus, y él me contó que en la noche, cuando llevaron a los presos para orinar o para hacer sus necesidades, intentaron escapar y hubo tiros, pero todos escaparon. Eso es lo que él me contó, pero era pura mentira”, asegura el religioso capuchino casi 28 años después de esa masacre, el inicio de una serie de conflictos que provocaron más tarde el alzamiento de comunidades indígenas de la Costa Caribe nicaragüense.
Dos de los prisioneros miskitos lograron sobrevivir a las metrallas de los soldados sandinistas y cruzaron el río Coco, que sirve de frontera con Honduras. Cuando llegaron al puerto hondureño de Lempira contaron cómo los sacaron, los llevaron al río y les dispararon.
FLOTAN LOS CADÁVERES
Los comunitarios de Leymus relataron a Wolf que habían escuchado el estruendo de las balas en la noche, y el sacerdote pudo ver tres días después los cadáveres que empezaban a flotar en las aguas del río.
“Yo estaba presente cuando comenzaron a sacar los cadáveres, bajando el río Coco; la gente poco a poco sacaba los cadáveres de los parientes”. El religioso todavía parece conmovido cuando lo cuenta. “Regresé a Waspam y me puse a escribir una carta al comandante de la Costa, explicando la desaparición de la gente, 23 hombres; yo quería que se hiciera una investigación, de qué pasó con esa gente, y la carta fue firmada por todo mi equipo pastoral”.
Al enviar esa carta a los jefes sandinistas en Puerto Cabezas, el padre Wolf estaba autocondenándose, sin saberlo. “Yo no hice ninguna acusación”, insiste todavía. “Solamente pedí una investigación, yo no dije que los habían matado”.
Sin embargo constató que la versión del jefe militar en Leymus, de que los prisioneros habían escapado, era mentira, porque pudo ver los cadáveres flotando en el río. Aún con esa prueba, la represalia del FSLN fue contra Wolf, no contra los ejecutores de la masacre.
Antes de tres semanas, la mañana del 11 de enero de 1982, un oficial de Migración llevó a la casa de los misioneros en Waspam la orden de expulsión inmediata para los frailes Hugo Heinzen y Joe Wolf y tres monjas de la orden Santa Inés.
Salieron hacia Puerto Cabezas, distante casi 200 kilómetros, y en el camino les detuvieron en tres retenes militares. Ya en el puerto, los religiosos se refugiaron en la Casa Cural, de donde fueron sacados por los agentes de la Seguridad.
“Nos llevaron con ametralladoras, de la Casa Cural hasta el campo de aviación, donde nos encontramos con otros presos, de los compañeros de Wisconsin”, detalla Wolf. “Nos dijeron que nos llevarían a la Seguridad, en Managua, pero nos llevaron a Migración y nos acusaron de no tener documentos legales… Las tres monjitas iban saliendo, llorando porque estaban expulsadas”.
LA GENTE O LA POLÍTICA
Cuando se cumplen 30 años del inicio de la revolución sandinista, Wolf reflexiona sobre su experiencia en esa etapa de Nicaragua: “No había posibilidad de mantenernos en medio, en la defensa de los derechos humanos. Era imposible, porque estabas con la revolución o contra la revolución. No había el medio, una posibilidad de estar con la gente y no con la política. Ésta era mi queja porque yo no estaba contra la revolución y tampoco con la Contra. Yo estaba con el pueblo y con los derechos humanos, ése era el problema”.
Desde Estados Unidos, el sacerdote siguió pendiente de lo que ocurría en Nicaragua y el mismo mes, enero de 1982, se enteró por otros misioneros que el Gobierno sandinista había ordenado el reasentamiento forzado de la población de más de 40 comunidades indígenas de río Coco.
Es algo que sigue calificando de “brutal”, porque los militares “mataron todas las vacas y los animalitos, la gente sólo podía llevar a cuestas lo que tenía para sobrevivir por tres días o más, porque tenían que caminar en la jungla hasta los campamentos donde vivieron debajo de plásticos”.
El fraile Gregorio Smutko relata, en el libro La presencia capuchina entre los miskitos 1915-1995, que los habitantes de decenas de comunidades junto al río Coco “fueron obligados, a punta de fusil, a dejar sus pueblos salvando sólo las posesiones que podían llevar en sus brazos”. La gente lloraba “viendo cómo las llamas consumían sus hogares; el miedo en sus corazones, sin saber si iban a matarlos a todos, con sus hijos en brazos… Más de la mitad, unos 10 mil, se fugaron a Honduras, llevando escasas provisiones y a sus niños en brazos”.
Wolf le comentó a Smutko que una de las razones por las que el Gobierno sandinista le expulso del país era que “querían comenzar el traslado de los miskitos” y “presumían que íbamos a poner resistencia al plan, levantando a los miskitos a resistir la quema de sus aldeas, la matanza de sus animales, que iban a realizar pocos días después” de sacar a los religiosos de Waspam.
PEOR QUE UN HURACÁN
Estos misioneros capuchinos fueron hostigados desde el inicio de la revolución. “Recuerdo ese día (del año 1980) cuando confiscaron nuestra radioaficionado; y otro día cuando un ‘compa’ (militar sandinista) sin permiso nuestro entró al segundo piso de la Casa Cural para poner un aviso político por nuestro sistema de sonido (dos parlantes en la torre de la iglesia de Waspam)… El padre Hugo le dijo que no lo hiciera, pero el ‘compa’ insistía”, relató Wolf.
Smutko señala en sus memorias otro detalle que alteró la relación entre las comunidades indígenas y el Gobierno sandinista, al comienzo de la revolución: “Para la Cruzada de Alfabetización en español, llegaron unos 40 profesores cubanos. Algunos de ellos se identificaron como ateos. Los miskitos no podían ni imaginar personas que no creyeran en Dios y no los aceptaron en sus pueblos”.
Wolf compara el traslado forzado de más de ocho mil miskitos con un huracán y hasta cree que pudo ser peor que un huracán, “porque les arrancó de su cultura”. Como él llegó a Waspam a principios de los años 70, todavía guarda en su memoria los daños que causó en la zona el huracán Fifí. “Después de cada huracán, ellos (los miskitos) saben cómo reponerse, pero después del traslado por muchos meses y años tuvieron que vivir debajo de carpas y las enfermedades les afectaron mucho, porque no tenían las hierbas conocidas, su medicina natural”.
Ése es uno de los aspectos negativos de la revolución de la década de 1980, según el criterio de este sacerdote estadounidense. “Yo era al principio cien por ciento con los sandinistas, porque quería un cambio a favor de los pobres”, afirma. “La alfabetización, a pesar de la propaganda política, era buena para aprender a leer; la medicina socializada, la gente pobre por fin podía conseguir ayuda… Las tiendas populares eran para que la gente comprara más fácil y más barato; eso me decía a mí que la revolución iba en buen camino”.
PROHIBICIÓN INEXPLICABLE
Por las presiones de otros religiosos, el Gobierno del FSLN permitió a Wolf volver a Nicaragua a los tres meses de haber sido expulsado, con la condición de que nunca visitara las comunidades indígenas de la Costa Caribe. Las autoridades jamás le explicaron por qué le prohibían acercarse a ese territorio, pero lo supuso.
El misionero fue a trabajar entonces a la zona de Nueva Guinea, un territorio asediado por la contrarrevolución, y por esta experiencia considera que los sandinistas tuvieron razón de defenderse cuando el Gobierno estadounidense, de Ronald Reagan, suministró armas a los Contras. Pero aclara que él no apoyó a ninguno de los bandos. “Yo estaba como atrapado entre los dos grupos, yo no respaldé a ninguno de los dos; yo estaba con la iglesia y con el pueblo”.
Sin embargo, el sacerdote sostiene aún su crítica a la instrucción militar obligatoria de niños y jóvenes, ordenada por los gobernantes sandinistas. Afirma que además “había bastantes detenciones arbitrarias” y “a veces maltrato a los presos”. Mientras, “los que pertenecían al Frente (Sandinista) tenían más favores y por eso mucha gente cambió de sombreros”, dejaba sus antiguos partidos o ideas políticas para buscar la protección del nuevo poder.
“El militarismo en las escuelas, eso sí, me molestó mucho porque en vez de estar estudiando, muchas horas eran usadas (por los estudiantes) en aprender a marchar y prepararse para la invasión supuestamente de los Estados Unidos. Para mí era una pérdida para los niños, en su educación”, comenta al recordar las primeras imposiciones del FSLN.
LA REPRESIÓN
Wolf fue testigo de los arrestos que hacía la Seguridad del Estado en la Costa caribeña, dirigida allí por el “Comandante Rufo” (Manuel Calderón): “Una noche en Waspam oí bulla de camiones IFA, el llanto de mujeres y niños y los gritos de los ‘compas’. Era medianoche. Salí para observar y vi que se llevaban a unos hombres miskitos de sus casas. Sentí mucho miedo, que me vieran a mí y que también me llevaran. En la mañana, la esposa de nuestro diácono, Salvador Maibet, llegó a decirme que llegaron a su casa en busca del diácono, cateando la casa, destruyendo todos los libros y textos religiosos”. Maibet estaba en ese momento en otra comunidad, Tasba Raya, adonde había ido a bautizar niños.
Treinta años después, los sacerdotes y predicadores capuchinos en las comunidades de río Coco son nativos de ese territorio. “Van muy bien al seguir el trabajo nuestro, van progresando”, dice Wolf con una sonrisa que denota satisfacción. “El desarrollo sigue adelante a pesar de la revolución”.
Luego, con un tono melancólico, comenta: “Estoy un poco desilusionado de la gente miskita, porque cuando me expulsaron no levantaron ninguna protesta. Me sentí con un complejo, verdad, de que no servía para nada, pero después de tres años me di cuenta que esa pobre gente tenía miedo de hablar, porque esta gente temía ir a la cárcel, que era el miedo, si ibas contra la revolución, a la cárcel. Eso no era bonito. Eso sí era para mí una tristeza, pero ahora entiendo, la gente no quería defenderme porque tenían que defenderse ellos mismos primero… Ya están perdonados”.
