Duras y frías como un témpano de hielo sintió Eduardo Lovo las gradas de cemento del Polideportivo Solidaridad, cuando se sentó. Sin embargo, se sacó las botas vaqueras cubiertas de tanto lodo que fue imposible distinguir su color, y acomodó la mochila para convertirla en una incómoda almohada.
Luego se acostó, cubrió su cara con la gorra que antes tenía puesta y en unos instantes sucumbió al cansancio provocado por las ocho horas que caminó entre veredas para cruzar la frontera donde al fin pudo encontrarse con su presidente Zelaya.
Al igual que Eduardo, unos trescientos simpatizantes del depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, se aventuraron este viernes a cruzar por veredas la línea fronteriza entre Nicaragua y Honduras, para formar parte del tan publicitado retorno de “su presidente” al país.
Al final del día además de ver diluidas sus ilusiones, acumularon otra decepción. Mientras ellos dormirían “de cualquier modo” en las graderías de dicho centro deportivo en Ocotal, su líder lo haría en el mejor hotel de la ciudad.
“QUE NOS ACOMPAÑE”
Aunque el Hotel Frontera, donde se aloja Zelaya, no alcanza las cinco estrellas, es uno de los mejores de la zona. En esa zona alejada de la capita, un cuarto limpio y oloroso, con una cama cubierta con unas limpias y blancas sábanas, almohadas suavecitas, aire acondicionado —que no hace falta después de un día de tormenta—, televisión por cable y servicios sanitarios en la habitación, es con lo que todos soñaban.
“Nosotros lo que queríamos es que nuestro presidente se quedara con nosotros allá en la frontera de Las Manos. Se podía conseguir una champa para que descansara, pero dijeron que era muy peligroso, que alguno de los francotiradores que estaban en las torres o en los árboles del cerro lo podían fregar”, dijo Ramiro Cornejo, otro simpatizante zelayista de los que cruzaron la frontera por puntos ciegos.
A pesar del descontento de sus seguidores, el mandatario sólo los acompañó al centro deportivo, donde el alcalde Carlos Efraín Norori, la vicealcaldesa Ignacia Matute y el delegado del Poder Ciudadano (CPC) Octavio Álvarez esperaban a los invitados con unos mariachis que cantaban “soy el jefe de jefes señores…”.
Después de disfrutar la pegajosa tonada, con dos megáfonos a su disposición para dirigirse a sus seguidores, Zelaya prefirió esperar que el grupo iniciara una segunda canción y entre el bullicio salió sin dar las buenas noches. Se retiró para refugiarse en la cómoda habitación del hotel. Donde, además, seguramente disfrutó una cena caliente. En cambio sus acompañantes tuvieron que conformarse con un sándwich y un vaso de refresco.
