Aunque esté consciente que el lente de la simpatía puede a veces ocultar defectos y agrandar virtudes, debo admitir que siento afecto por Vicente Padilla, el lanzador derecho de Chinandega que está atento a una nueva oportunidad tras ser dejado libre por Texas.
Y es que aún con lo errático que Padilla pueda ser, ha tenido el coraje y la valentía de colocar sus sueños sobre sus hombros y hacerlos realidad, algo que muchos, convertidos ahora en francotiradores, han sido incapaces de lograr y por tanto, disparan con amargura contra aquellos que con su propio esfuerzo, como en el caso de Vicente, escapan de las limitaciones.
Oscar Wilde decía que cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, pero simpatizar con sus éxitos requiere de una naturaleza delicadísima. Quizá esta frase ilustre bien nuestra mezquindad humana. Nos molesta que los demás triunfen y nos regocijamos en sus tropiezos.
De ninguna manera pretendo justificar las actuaciones incorrectas de Padilla. Él tiene que cambiar y entender que existen sistemas de trabajo a los que tenemos que someternos, nos gusten o no. Yo no puedo venir aquí a LA PRENSA y hacer lo que me da la gana. Hay reglas y límites que debo respetar.
Pero de eso, a considerar que Padilla es de la peor calaña, que nos representa mal, que es una vergüenza para el país o que lo mejor es que se venga para Chinandega, hay mucho trecho. Nadie de nosotros, y menos esos que ahora le disparan sin piedad, ha movido un dedo para ayudarle a alcanzar la cima en el beisbol, algo que sí logró.
Porque estamos hablando del segundo mejor pelotero que ha producido este país, después de Denis Martínez. Ahora, ¿que Padilla no es una estrella? Sí, no lo es. Pero es de lo mejor que hemos tenido. Resulta que hemos sido tan mediocres que sólo diez nicas han llegado a las Mayores. Vicente es uno de ellos.
Claro, eso no es un pasaporte para que haga lo que le dé la gana. Lo ideal es que sea un ejemplo y un atleta comprometido consigo mismo y con el éxito de su equipo.
Cuando Padilla gana partidos, nos encanta decir que es nica, que nos criamos con él, que lo conocemos, que es nuestro amigo, pero cuando pierde es un desastre. Cuánta razón tiene Oscar Wilde.
