I
Hay que poner a Dios de moda.
Dios, que los políticos alimentan con hiel y vinagre.
Dios, puesto al borde de la desesperación y el suicidio
por los comerciales que lo persiguen
cobrándole el ciento por ciento.
Dios, besando en las dos mejillas.
Dios, sepultado bajo las cuarenta toneladas de linotipo
por los periodistas y las agencias noticiosas.
Dios, vendido por treinta monedas,
porque Él es una mercancía fácil de comprar,
fácil de vender.
Carne fresca para el leño,
carne mansa para el matadero.
Dios, traicionando dos veces.
Dios, piedra de escándalo de los burgueses de la religión
que se espantarían de verlo en un prostíbulo,
olvidando que Él no vino por los buenos, los limpios,
los castos, los mansos,
sino por los lujuriosos, los coléricos, los iracundos,
los que viven y mueren brutalmente.
Hay que poner a Dios de moda
No como se pone de moda
una actriz de cine.
Mientras conserva la solidez de sus senos,
la juventud de su desnudo.
No como se pone de moda
un jugador de base ball:
mientras conserva la agilidad de sus piernas,
la fuerza de su brazo.
Hay que poner a Dios de moda
de una vez y para siempre.
Hay que levantar una inmensa red de propaganda
como no se ha visto desde el principio del mundo
hasta ahora, ni se verá jamás.
Una red de propaganda cuyos miembros
sean sencillos como palomas,
prudentes como serpientes.
Hay que lanzar miles de acciones a bajo precio,
para que todos formen parte de la empresa,
de la gigantesca obra de lanzar un nuevo producto al mercado,
el producto de Dios
producto como que nadie lo quiere, pero buscado siempre,
producto que se imita,
que se falsifica,
que se mete de contrabando,
que se grava con impuestos,
el producto de Dios,
recién acabado de salir de la moderna fábrica,
-corazón desesperado-
el novísimo producto
con etiqueta de maravillosos colores.
Rojo, blanco, azul y amarillo:
Dios.
