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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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El anhelo de libertad vence al terror

Ha sido conmovedora la demostración de deseo y voluntad de vivir en libertad y practicar la democracia, que ha hecho el pueblo de Afganistán en las elecciones nacionales que se realizaron el jueves de esta semana.

Las agrupaciones terroristas de talibanes y Al Qaeda quisieron impedir los comicios, amenazando a la población con una orgía de violencia si concurría a votar para elegir a las próximas autoridades del país. En los días previos a las elecciones los terroristas incrementaron sus acciones criminales, mataron a muchísimas personas, dejaron innumerables heridos y causaron enorme destrucción. Y en el propio día de las votaciones, los ataques terroristas contra la población para atemorizarla y obligarla a que no fuera a votar, dejaron una treintena de personas asesinadas y a muchas más heridas con distintos grados de gravedad. Pero la gente fue masivamente a votar. Y cabe destacar que las mujeres marcaron la pauta y dieron el mejor ejemplo, yendo a depositar sus votos no sólo para elegir libremente a las próximas autoridades gubernamentales, sino también para expresar su esperanza en una nueva vida en libertad y democracia que por las tradiciones musulmanas para ellas son especialmente importantes y necesarias.

En realidad, la lección principal que la población afgana ha dado al mundo en estas elecciones, es la de que mucho más fuerte que el miedo a los terroristas y que las rivalidades tribales, políticas y religiosas, es el anhelo de libertad, democracia, justicia y bienestar.

Los infaltables pájaros de mal agüero vaticinaron un aparatoso fracaso para las elecciones de Afganistán, porque según ellos, Estados Unidos y sus aliados en la OTAN ya han perdido la guerra allí y en consecuencia también serán derrotados políticamente, es decir, en el esfuerzo por instaurar y consolidar un sistema de vida y de gobierno basado en la libertad y la democracia, de acuerdo con los patrones occidentales.

Por ejemplo, el diario italiano La Stampa, de Turín, aseguró editorialmente, el mismo jueves de esta semana, que “el fracaso es válido para el conflicto en Afganistán, que Estados Unidos comenzó tras el 11 de septiembre, pese a la solidaridad que una amplia coalición ha mostrado con Washington en la lucha contra Al Qaeda. Lo mismo sirve para Irak, donde el conflicto sigue cobrándose víctimas y que desembocará en el desencanto. Nacidas con el deseo de llevar la democracia y la luz, las nuevas guerras contra el terrorismo han traído noche y niebla, y han despertado al monstruo que se había prometido combatir”. Y uno de los grandes diarios españoles escribió dos días antes, que la democratización de Afganistán “se ha perdido en un laberinto de fidelidades tribales, étnicas y religiosas mucho más potentes que cualquier juego ideológico”. Auguró siniestramente que las elecciones afganas no serían “una fiesta de la democracia, sino días de sangre y violencia en los que cada quien deposita el voto en función de su adscripción étnica y tribal rezando para que esa peligrosa fiesta pase lo antes posible”. Y concluyó su sombrío comentario, con el insólito argumento de que la libertad y la democracia sólo se podrían imponer en países como Afganistán, mediante “el arrollador choque de civilizaciones que llevó Hernán Cortés a México o tras arrojar la bomba atómica en Hiroshima”.

Pero no es cierto que la libertad y la democracia sean dones exclusivos para los países desarrollados y ricos, y frutas prohibidas para los pueblos del tercer mundo. La verdad es que la libertad es la condición suprema de una existencia digna para cualquier persona y pueblo de la tierra; y la democracia es la mejor forma de gobierno entre todas las demás, a pesar de los defectos que tiene.

Los pueblos norteamericanos, europeos y asiáticos desarrollados, no siempre fueron prósperos, libres y democráticos. En el pasado ellos fueron tan pobres, atrasados y sometidos como los de Afganistán y Nicaragua. Sólo después de hacer grandes sacrificios, vencer enormes dificultades y librar épicas batallas, pudieron alcanzar el progreso, desarrollo, libertad y democracia que disfrutan ahora.

Ninguna raza, etnia, nación o pueblo es superior ni inferior en relación con otros. La libertad, la democracia, el progreso y el desarrollo no son principios, valores y sistemas válidos para unos y prohibidos para otros. La impresionante demostración de las mujeres y los hombres afganos votando y eligiendo libremente en medio del terrorismo totalitario, así lo demuestra de manera incuestionable.

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