Ahora que se está hablando de reformas a la Ley Electoral para que las elecciones nacionales del 2011 puedan ser libres, limpias y confiables, nos parece oportuno traer a colación uno de los cuentos más aleccionadores que se han transmitido en el popular programa de Radio Corporación, Pancho Madrigal, cuyo cincuenta aniversario se ha celebrado exitosamente a lo largo de este año. Se trata de la historia de un patrón rural muy inescrupuloso, deshonesto y explotador, quien se aprovechaba de la ignorancia, la ingenuidad y la necesidad de los peones de su hacienda para robarles en el pago de sus salarios mediante las tramposas cuentas que hacía de los trabajos a destajo que ellos realizaban.
En una ocasión en la que hubo una plaga de chapulines que devoraban todos los cultivos, el desalmado patrón le pidió o más bien le ordenó a los peones, que fueran a los campos a matar los chapulines, prometiéndoles que les pagaría un centavo por cada insecto muerto que le presentaran.
Para aprovechar la oportunidad de ganar unos pesos adicionales, los peones llevaron a sus mujeres y hasta a sus hijos pequeños a los campos, a fin de recoger la mayor cantidad posible de chapulines. Y al final de la jornada, el malvado patrón se dispuso a contar los insectos muertos que cada peón le iba poniendo sobre una mesa. Éste es chapulín —decía— y llevamos uno. Ésta es chapulina y no vale nada, agregaba a continuación. Ésta otra es chapulina y seguimos llevando uno. Y así, por cada chapulín que separaba para anotar un centavo a la cuenta del peón, contaba diez o más chapulinas. Y cuando los indefensos peones reclamaban, el patrón replicaba que él había ofrecido un centavo por cada chapulín, pero no dijo que también pagaría por las chapulinas.
Pues bien, ni más ni menos que lo hecho por el patrón del cuento de los chapulines y las chapulinas, fue lo que hicieron los magistrados del Consejo Supremo Electoral que perpetraron el escandaloso fraude en los comicios municipales del 9 de noviembre del año pasado, asignándole al partido oficialista más del doble de los votos (o chapulines) que realmente le correspondían, y despojando a la alianza opositora de la mayor parte de los sufragios (o chapulinas) a los que tenía derecho, siendo víctima principal del robo de sufragios el sector que lidera Eduardo Montealegre.
La moraleja del cuento aplica cabalmente en este caso, en el sentido de que el problema electoral de Nicaragua no es tanto por los defectos que tiene la ley de la materia, ni por fallas organizativas, sino porque los magistrados no escrutan los votos honestamente, porque hacen las cuentas del patrón de los chapulines y las chapulinas. La verdad es que se podría tener la mejor ley electoral del mundo, pero eso de nada serviría si los magistrados no son honestos ni fieles cumplidores de la Constitución y la ley, ni respetuosos del derecho de los demás y de su propia dignidad.
Tampoco tendría mayor importancia la unidad o la alianza electoral de los partidos y movimientos liberales —así como de hecho no la tuvo en las elecciones municipales del año pasado—, si previamente no se garantiza que los votos ya no serán contados por personas como Roberto Rivas, vale decir por el patrón del cuento de los chapulines y las chapulinas. En realidad, es posible realizar elecciones libres y limpias en Nicaragua con la misma Ley Electoral vigente, siempre y cuando los magistrados y demás altos cargos del Poder Electoral fuesen personas honestas, profesionales, independientes, dignas, respetables y confiables.
De manera que tienen razón quienes dicen que antes que la unidad o alianza electoral de los liberales, para participar en las elecciones nacionales del 2011, que ni siquiera es seguro que se vayan a realizar, hay que cambiar las autoridades electorales y sustituirlas con personas capaces, independientes y honestas. O sea que hay que dar la batalla para que el próximo año se escoja como nuevos magistrados del Consejo Supremo Electoral a personas que cuenten correctamente los chapulines, que no se roben los votos como se los robaron en las municipales del año pasado.
Sin duda que la reforma electoral y la alianza de los liberales y de éstos con las otras fuerzas políticas democráticas es buena y necesaria a pesar de la gran desconfianza que hay por la falta de lealtad con que se actuó en las elecciones del año pasado. Pero sólo vale la pena conseguirlas si primero se lucha honestamente por un cambio real en la composición del Consejo Supremo Electoral y demás organismos electorales.