El Diccionario de la Real Academia Española (RAE), define como clandestino lo que es “secreto, oculto, y especialmente hecho o dicho secretamente por temor a la ley o para eludirla”. Sólo hay que agregarle “para eludir la represión”, a fin de que termine de calzar exactamente a las actividades políticas que personas desconocidas han realizado en horas de la madrugada, poniendo en estado de tensión y alerta —defensiva y agresiva — al aparato represivo paraestatal del régimen de Daniel Ortega.
En efecto, tal como han informado los medios de comunicación social independientes, en la madrugada del lunes de esta semana activistas políticos desconocidos colgaron en la vía pública mantas con leyendas antigubernamentales y muñecos de trapo que representaban a personajes del Gobierno, quemaron llantas e hicieron estallar petardos y luego desaparecieron tan súbitamente como habían llegado.
También de manera muy rápida, pero no tanto como para atrapar y reprimir a los clandestinos y madrugadores activistas opositores, llegaron a los mismos lugares los grupos de choque oficialistas, los que instalaron equipos de sonido y comenzaron a maltratar los oídos de los tempraneros transeúntes, sobre todo de las personas que por fuerza tienen que soportarlos porque viven o laboran en las inmediaciones de esos lugares. Y los siguientes días, en la madrugada, con disciplina paramilitar han regresado los orteguistas que con sólo su apariencia y sus rostros malencarados intimidan a la población pacífica, cual es, sin duda, el objetivo principal que persiguen.
Podría decirse que es absurdo, que los ciudadanos opositores tengan que recurrir a métodos clandestinos para ejercer sus derechos democráticos que están establecidos y supuestamente garantizados en la Constitución de Nicaragua, así como en las declaraciones internacionales de derechos humanos. Pero los líderes más extremistas y agresivos del Gobierno de Daniel Ortega, han proclamado de manera totalitaria que sólo ellos se pueden manifestar en los espacios públicos y han amenazado con reprimir —como ya lo han hecho brutal y despiadadamente en diversas ocasiones— a las personas opositoras, disidentes y críticas que se atrevan a salir a las calles en plan de protesta, aunque lo hagan de manera cívica, pacífica y en uso legítimo de sus derechos constitucionales. Y lo peor es que los ataques contra las personas pacíficas, inermes e indefensas que ejercen sus derechos constitucionales, se cometen a vista y paciencia de oficiales de la Policía, la cual con su pasividad se convierte en cómplice de hecho de las turbas agresoras.
Muchos nicaragüenses creían que después de que triunfó la democracia, en 1990, nunca más habría necesidad de volver a expresarse y manifestarse de manera clandestina, como se tenía que hacer bajo las férreas y represivas dictaduras somocista y sandinista. Pero al recuperar Daniel Ortega el pleno y absoluto ejercicio del poder, trata de restaurar la dictadura que fue derrotada en 1990 y para eso el gobierno orteguista atropella las instituciones, suprime de hecho las garantías constitucionales de la libertad y la democracia y cierra los espacios públicos a la libre manifestación de sus críticos y opositores. En estas circunstancias es lógico que vuelvan también los procedimientos clandestinos de la lucha política opositora.
En Nicaragua como en algunos otros países del mundo occidental —y hablamos de occidental no en sentido geográfico, sino político y cultural—, se puede contener la necesidad humana de libertad y reprimir el ansia ciudadana de democracia, incluso por largo tiempo y mediante los procedimientos más brutales, pero siempre hay gente que de una u otra manera lucha por sus ideales y los derechos de todos, hasta en las peores condiciones y aunque sea en la profunda clandestinidad. Y después vienen inevitablemente las formas más radicales de la lucha política. ¿Acaso no es eso lo que enseña y ha comprobado una y otra vez la historia de la humanidad y de la misma Nicaragua?
La necesidad de libertad, de derechos humanos, de justicia y de democracia, es como el agua corriente cuyo curso se puede contener en represas, pero si se le impide su salida de manera absoluta, ineluctablemente rompe los diques que la contienen, encuentra finalmente su curso y arrasa con todo lo que encuentra a su paso, arrastrando ante todo a los insensatos que la represaron y no quisieron dejarle ninguna salida.
La verdad es que se necesita ser muy insensato, codicioso de poder, enemigo de la humanidad, ignorante de la historia y estar ciego de prepotencia, para no ver ni entender algo tan elemental como eso.