Perros flacos y petróleo

Fue en Haití, hace más de 30 años, que vi por primera primera vez perros flacos y tomé conciencia de aquella recomendación del Viejo Viscacha al gaucho Martín Fierro: “Jamás llegues a parar a donde veas perros flacos”.

Fue en Haití, hace más de 30 años, que vi por primera primera vez perros flacos y tomé conciencia de aquella recomendación del Viejo Viscacha al gaucho Martín Fierro: “Jamás llegues a parar a donde veas perros flacos”.

Cuando la pobreza es extrema no hay ni basura y menos sobras de comida para aliviar a los famélicos animales. Vi también larguísimas colas para conseguir un poco de agua y no vi luz en las precarias viviendas. Ni agua, ni energía eléctrica; síntomas inapelables de la miseria, de la indigencia.

En estos días —en la Venezuela de Hugo Chávez— escasea el agua y los apagones son parte de la vida diaria. Ni agua, ni luz. Se recomienda soportar el calor; para el aseo personal no más que enjuagarse y en la noche, si se levanta “ para hacer”, no prender las luces y llevar linterna, seguramente para ubicar los genitales y no errar.

En este caso, a diferencia de la siempre pobre Haití, se trata de una de las mayores potencias petroleras del mundo. En otros países, a veces, se aplican planes de restricción en el consumo de electricidad para bajar la importación de petróleo, un producto que por momentos se pone caro y que es clave para la generación energética. En Venezuela debería ser al revés. Pero no es así: el comandante Chávez es capaz de cualquier milagro.

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Por supuesto que la culpa la tiene el otro —léase el neoliberalismo, los EE.UU., las empresas capitalistas, los burgueses, Uribe, y si no se porta bien, Insulza— y en el caso específico, la falta de lluvias y el “derroche” que hace la gente y, ni qué hablar, los grandes comercios.

Si el tema se enfoca un poco más en serio se comprobará que se trata simplemente del efecto lógico de la desastrosa administración “bolivariana” y chavista. La semana pasada, a raíz del discutido ingreso de Venezuela al Mercosur, la respetada revista brasileña Veja publicó un informe que tituló “El nuevo socio (Chávez) destruyó la economía venezolana”.

Las cifras son harto elocuentes: tras las estatizaciones de los últimos cinco años, el enviado especial de Veja informa que la producción de las empresas nacionalizadas cayó un 40 por ciento y el número de funcionarios aumentó entre un 40 y un 150 por ciento. Algunos ejemplos: en la mayor generadora hidroeléctrica (Guri), de sus veinte turbinas, antes había una parada y hoy llegan a ocho; en PDVSA el número de funcionarios saltó de 40 a 90 mil; las principales fábricas de aluminio bajaron su producción en un 50 por ciento y dejaron de ser rentables pasando a ser altamente deficitarias. Bajó 8 veces la producción de frijoles y a la mitad la producción de azúcar y muy poco menos la de carne. Algún dato más: antes, cuando la época neoliberal y burguesa, no había ningún sindicalista procesado, hoy con el advenimiento bolivariano y socialista, los sindicalistas procesados suman 64.

El periodista de Veja , Duda Teixeira, no pierde las esperanzas y es optimista: “Felizmente, Chávez no es Venezuela y un día el país volverá a la democracia y al progreso”, augura.

Seguro que será así, pero qué terrible será para los venezolanos cuando a partir de ese día comiencen a sacar cuentas de todo lo que Chávez malgastó y derroche en pos de su loco sueño de liderazgo universal y cómo se perdieron los mejores años que el país tuvo para consolidar definitivamente su economía, para progresar y acompasar sin apremios los nuevos tiempos y para mejorar efectivamente el nivel de vida de todos y cada uno de ellos.

El autor es periodista uruguayo, fue presidente de la SIP

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