El cambio silencioso

Cada día es más difícil saber cuándo la migración es voluntaria o forzada, porque hay un factor, el cambio climático, que ya pesa mucho en esa decisión individual de las personas.

Cada día es más difícil saber cuándo la migración es voluntaria o forzada, porque hay un factor, el cambio climático, que ya pesa mucho en esa decisión individual de las personas.

Al margen de los grandes golpes ambientales que ha sufrido Nicaragua en las últimas dos décadas, por los huracanes Joan en 1988, Mitch en 1998 y Félix en 2007, este país ha registrado períodos frecuentes de sequía desde hace 37 años, desde 1972, con estragos poco conocidos.

Tal como indica el informe del estado de la población mundial 2009, del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), “hay cambios medioambientales menos espectaculares (que un huracán), pero igualmente devastadores, que se van produciendo paulatinamente y no reciben mucha atención en los medios de difusión”.

Este año, por ejemplo, las lluvias se redujeron en 31 por ciento en la región occidental de Nicaragua, en 29 por ciento en la parte central del Pacífico, en 34 por ciento en la zona sur del Pacífico y 31 por ciento en el norte.

Se trata de áreas del país dedicadas a la agricultura, donde ahora coinciden el aumento de la escasez de agua y el incremento de la migración, interna y externa. Para muestra El Sauce y Achuapa, municipios del occidente, donde el agua se ha vuelto escasa, la mayoría de familias tienen algún miembro fuera del país, las remesas son el sustento de las actividades económicas y la agricultura va quedando en segundo plano, porque una parte de los campesinos prefiere ir a levantar cosechas a países vecinos, Costa Rica o El Salvador, que arriesgar con siembras propias.

“Son esos cambios graduales, entre ellos la desertificación, la escasez de agua y la erosión de costas y de suelos, los que causan la mayoría de los desplazamientos de población relacionados con el medio ambiente”, explica el informe del UNFPA.

Sería lamentable si algunos territorios de Nicaragua pasaran de la sequía a la aridez, cuando la tierra cultivable comienza a convertirse en desierto, algo que, creo, estamos a tiempo de impedir.

Las principales alertas las ha dado la población, con sus desplazamientos y cambios de hábitos productivos. Cuando la degradación de los suelos aún es baja y se puede cultivar, aunque las cosechas vayan mermando, la migración es temporal; van a trabajar un tiempo a países vecinos y retornan para invertir en agricultura de subsistencia. Pero si la degradación se vuelve irreversible, si las fuentes de agua se secan y los cultivos apenas germinan, la migración se hace permanente.

Una manera de adaptarse al cambio climático es emigrar, aunque cada vez existen menos sitios a donde ir. Otra opción es enfrentar los problemas ambientales, para reducirlos y recuperar áreas en riesgo, pero esta lucha exige una nueva mentalidad en cada persona y lograrla dependerá mucho de las instituciones públicas y las empresas, si garantizan la educación y los buenos ejemplos.

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