Civismo y liberación

La división de poderes en Nicaragua está gravemente comprometida, como lo vimos recientemente con el asalto constitucional perpetuado por 6 magistrados sandinistas de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Daniel Ortega y el sistema de gobierno que éste ha impuesto a nuestra Nación son, no solamente malos en la práctica, sino que la maldad que encierran proviene de su propia naturaleza. De ahí que bien se espere lo peor en cuanto al uso de sus métodos y estrategias para reprimir a la sociedad.

La división de poderes en Nicaragua está gravemente comprometida, como lo vimos recientemente con el asalto constitucional perpetuado por 6 magistrados sandinistas de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Daniel Ortega y el sistema de gobierno que éste ha impuesto a nuestra Nación son, no solamente malos en la práctica, sino que la maldad que encierran proviene de su propia naturaleza. De ahí que bien se espere lo peor en cuanto al uso de sus métodos y estrategias para reprimir a la sociedad.

El combatir al gobierno de Ortega es, pues, una tarea que no da espacio para pensar en la transformación. Hay muy poco chance de que podamos doblegar a Ortega con sólo razonamientos y acciones cívicas esporádicas. Lo que es necesario ante tal individuo y su forma de gobierno es tratar de desmantelar por completo el sistema dictatorial. Ortega lo sabe y eso hace más amenazante para él cualquier intento que hagamos para demostrar nuestro descontento.

El hecho de que el FSLN convocara, a última hora, una marcha paralela a la protesta cívica de la oposición, el pasado 21 de noviembre, sólo nos demuestra la intención del tirano de mostrarnos sus músculos. Para sorpresa de éste se impuso el civismo. Se impuso un liderazgo competente, que organizó una perfecta demostración pacífica; inspirada quizás en la filosofía de Gandhi. Se impuso el buen juicio de la jefatura de la Policía Nacional y se impuso el momento en que Nicaragua habló al unísono: ¡No más dictaduras!

Daniel Ortega ha liberado una lucha político-económica en contra de nuestra Nación, en la que de facto se ha posicionado por encima de los intereses, libertades y oportunidades individuales de los nicaragüenses. Ortega ha intentado conculcar el espíritu empresarial, ha obstaculizado el uso de los recursos, y ha promovido la inestabilidad del sistema económico de Nicaragua.

El titular del Ejecutivo ha montado una lucha psicológica y espiritual en contra de nuestro pueblo. Para ello enlistó en sus filas a un vicepresidente de la oposición y a un alto líder de la Iglesia católica, el cardenal Obando y Bravo. A pesar de que Ortega atrapó a estos dos líderes para encerrarlos en un costal oscuro, no ha podido atrapar, engañar, ni doblegar el espíritu del valiente pueblo de Nicaragua.

La otra lucha de Ortega es la político-militar. Aparte de la irresponsable cultura pandillera que éste ha fomentado, él ha tratado arduamente de controlar desde adentro tanto a la Policía Nacional como al Ejército de Nicaragua, para convertirlos en su guardia pretoriana. La evidencia actual parece demostrar que el tirano está fracasando en el intento.

El testimonio de las acciones de la jefa de la Policía Nacional, durante la marcha de protesta el pasado 21 de noviembre, demuestra en forma concreta que la primera comisionada Aminta Granera y su cuerpo policial hoy albergan un espíritu dignificante de orden y seguridad, consistente con las aspiraciones pacíficas de la gran mayoría de los nicaragüenses. Y si el Ejército de Nicaragua, como creemos, guarda el mismo espíritu, Nicaragua está a las puertas de su liberación. Sin el apoyo incondicional de estas instituciones, Ortega es un proscrito rodeado de 40 villanos, y nada más.

Teniendo por sabido que Nicaragua no se doblega ante la opresión; conociendo el nivel de contaminación y corrupción de Ortega, sus instituciones, la estructura de su sistema y sus políticas, sólo nos queda trabajar, con carácter de urgencia, en lo que podríamos llamar Colaboración Natural entre todos y cada uno de los miembros de la oposición para así planear, organizar, dirigir y controlar todos los aspectos cívicos necesarios para desarmar el orteguismo.

Es imprescindible y apremiante el revisar nuestra historia y redescubrir los eventos de 1974. Debemos estudiar la historiología de la Unión Democrática de Liberación (Udel) y los esfuerzos incluyentes y patrióticos de su fundador, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y de ahí, con la misma diligencia y sabiduría crear una sola fuerza de oposición cívica. Esto debe verse como una etapa de aceleración de un formalizado e invencible proceso de liberación. maxlacayol@hotmail.com