Horas no presenciales

Aunque prácticamente ya se sienten ráfagas de descanso, por lo que muchos estudiantes están de vacaciones, dada la aproximación de las Navidades y el fin de año, no quisiera concluir el 2009 sin tratar este tema, dirigido a los propios estudiantes, maestros y padres de familia.

Ernesto González Valdés

Aunque prácticamente ya se sienten ráfagas de descanso, por lo que muchos estudiantes están de vacaciones, dada la aproximación de las Navidades y el fin de año, no quisiera concluir el 2009 sin tratar este tema, dirigido a los propios estudiantes, maestros y padres de familia.

La columna de hoy nos lleva al análisis de un elemento poco común —dado su poco uso—, pero que debiera ser altamente explotado por los docentes a la hora de planificar nuestras clases. Son las denominadas horas no presenciales, las cuales hacen referencia a lo que el estudiante debe hacer cuando no se encuentra exactamente en el aula, frente al docente, junto con sus compañeros de clases. Más concreto: el docente no está presencialmente ante el estudiante, la clase ha concluido, pero ¿realmente la clase ha concluido? Queda en la “cancha” del docente poner tareas. Cuando escucho a un estudiante decir “no tengo nada que estudiar, ya que no me orientaron nada” ¡me dan escalofríos!

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Lo anterior pudiera traducirse en que si el joven recibe seis o siete asignaturas en la semana, seis o siete profesores dieron su clase, cerraron su sílabo y “fue un placer”, lo cual implicaría que el estudiante está perdiendo un tiempo precioso, muy provechoso: poner en práctica lo aprendido y anotar las dudas para ser aclaradas en el siguiente encuentro o clase.

Hay estadísticas que reflejan que un estudiante por cada hora clase recibida debería estudiar dos. De darse el caso anterior, ¿24 horas semanales de clase? Equivaldría a ¡48 horas que dejo de aprender y aprender a hacer! La peligrosidad se incrementa si el padre o madre de familia por cualquier motivo (justificable o no) ni se ocupan si llegó o no llegó más temprano de lo normal de la institución educativa; si al llegar a casa “tira los cuadernos y libros” y para colmo la mochila aparece intacta, donde mismo la dejó la noche anterior.

Otra posible “pista” de que la relación escuela-estudio anda mal es el domingo, usualmente un día para descansar, pero que al final de la tarde tanto los que estudian de la casa como los que trabajan se alistan para lo que haya que enfrentar o realizar al día siguiente: presentación de algún informe, presentaciones en diapositivas para el trabajo de investigación realizado, lectura de las notas de clases y capítulos recomendados según la bibliografía de la asignatura, así como la revisión de las diferentes direcciones electrónicas que permitan profundizar o ampliar la información. Luego, estimado papá, mamá o tutor, a modo de resumen, si no observa movimiento en el “bull pen” de todo lo antes descrito por parte de su hijo o hija, sea domingo o cualquier día de la semana (por allá tal vez descansar un poquito el sábado), desde el más cumiche hasta el más “barbudo” que asista a la escuela, institución, algo falla: o los profesores no mandan tareas (craso error) o a alguien por ahí le crece la nariz.

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