Leonardo Lacayo Ocampo, periodista de grata recordación, vertebraba el don de su humor satírico. Cada vez que se refería a la OEA, siglas que se traducía en “Organización de Estados Americanos”, decía que las verdaderas en su significado no eran ésas, sino OEA “Olvidemos este Asunto”.
La Organización implica un método solidario, serio, estructural y más cuando se encarga de representar a naciones de diversa complejidad para las cuales se deben procurar soluciones coyunturales en cada caso, emanadas de inteligencias y no de figurines, viéndose vanidosamente en el espejo de la burocracias.
La decisión, clavada en el destino de millones de simples hondureños, de expulsar en vestido de dormir a quien se debió poner legalmente en el banquillo de los acusados, puso a prueba la operatividad y capacidad resolutiva de esa OEA, reincidente en la inclinación de manchar con la ineficiencia, las páginas inocuas de su historia.
Entró desde el primer día del conflicto con la arrogancia de un ejército interventor curiosamente en nombre de los gobiernos que han condenado la intromisión extranjera cada vez que ello les ha resultado provechoso. Entró en el plan de meterse en los asuntos internos de Honduras encabezado por su insulso Secretario General y comparsas aledaños, con el “ultimátum”. No fue uno sino varios a cual más intimidantes en la siembra y cosecha de los fracasos a partir de que un Nobel de la Paz quizá por lucir ese traje que ha venido perdiendo colorido en el transcurso del tiempo, devaluándose, llegó de “machito”. Pues bien, Arias se salió de los lindes de la meditación al presentarse en el circo con la majestad de un león irrevocable.
El mediador es un facilitador y no un obstaculizador. Deja en blanco la agenda para que las partes en conflicto le pongan el contenido. Pero este galardonado llegó con los puntos esculpidos en su piedra, cometiendo el error de dialogar con interlocutores inválidos, porque horroroso resultaba verle los pelos al nuevo gorila, al monstruo Micheletti, hipócritas porque ellos en la certeza inequívoca de la realidad, conviven con algunos gorilas, vestidos con “piel de oveja”.
Por no reconocérsele ser parte importante del litis, un diablo (no olvido una respuesta que me dio Fidel Castro en la Habana, en una conferencia de prensa sobre sí estaría dispuesto a platicar con Pinochet sobre si había que pagar o no la deuda externa, si con el diablo hay que hablar para buscar una solución, con él hablo) se resistieron a tomarlo en cuenta. Y ahí comenzó el fracaso de las negociaciones. Luego en el colmo de la infructuosidad volvió la OEA a Honduras en un peregrinaje interminable pero esta vez para que el gorila los regañara diciéndoles “aquí no aceptamos órdenes de nadie, Honduras es un país libre, soberano”. El insulso y compañía bajaron la cabeza y se fueron al lugar de origen de la burocracia.
Los hondureños demostraron efectivamente que mandaban al elegir a su nuevo presidente, un señor de apellido Lobo y le dieron una lección al mundo que, incluso tiene dividida y enredada a la OEA.
El otro candidato (éste de apellido Santos) hizo muy bien en responder a una periodista preocupada por el negativo aval de la OEA “a nosotros no nos interesa el reconocimiento de unos burócratas. Nos interesa el voto del pueblo hondureño”. Cabal en su respuesta.
Más de algún socio de la OEA debe estar planteando en este momento una salida de rutina. Mejor, olvidemos este asunto.
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