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En el área del aeropuerto internacional se encuentran las instalaciones de las Naciones Unidas. La ONU está a cargo de Haití, pero en estos días nadie tiene idea de nada. Las múltiples instalaciones de la ONU son una verdadera Babel y nadie parece estar a cargo. El Gobierno haitiano, que en sus buenos tiempos, antes de la tragedia, era apenas una sombra de orden y progreso, ahora es totalmente disfuncional. El presidente Preval brilla por su ausencia.

Pistola en mano los custodios mantienen a la multitud alejada de la caja fuerte rescatada de las ruinas. Braceros que serán pagados con telas de la destruida tienda rescatan la caja fuerte de la cima de escombros.

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viajó a Puerto Príncipe, Haití, para contarles a los lectores de Domingo lo que se vive en ese país caribeño

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l llegar a Puerto Príncipe, lo primero que golpea los sentidos es la actividad del Aeropuerto Toussant-Louverture. El edificio está condenado, pero sigue parcialmente en uso. Acostumbrado a la seguridad y parsimonia de los aeropuertos modernos, éste tiene la celeridad de un chorro de agua. Bajás del avión en la pista de carreteo y caminas entre todo tipo de aeronaves. Helicópteros, aviones de carga, aviones de pasajeros, civiles y militares, despegando y aterrizando a cada minuto. Sobre el césped, una mesa de soldados de los Estados Unidos pone orden a las aeronaves con un par de binoculares y un radio. Caminás rápido entre el ruido de hélices y reactores hasta llegar al destruido edificio principal. Aunque éste no se desplomó, se encuentra agrietado y condenado a ser demolido. Avanzás rápido, pedís direcciones a funcionarios de la ONU y la primera realidad te llega de repente: esto es un desorden y nadie sabe nada. Nadie pide papeles ni pasaportes. Nadie sabe dónde está nadie y sólo te hacen pasar rápidamente hasta llegar al estacionamiento donde el olor, olor a muerte, humo, diesel, polvo y basura atacan tus sentidos. Miles de personas, todos haitianos, rodean el área. Unos piden ayuda, otros buscan clientes entre los “blanch” que arriban.

En el área del aeropuerto internacional se encuentran las instalaciones de las Naciones Unidas. La ONU está a cargo de Haití, pero en estos días nadie tiene idea de nada. Las múltiples instalaciones de la ONU son una verdadera Babel y nadie parece estar a cargo. El Gobierno haitiano, que en sus buenos tiempos, antes de la tragedia, era apenas una sombra de orden y progreso, ahora es totalmente disfuncional. El presidente Preval brilla por su ausencia.

El daño del terremoto es inmediatamente visible para el visitante a Puerto Príncipe. Miles de casas y estructuras en el piso lucen dañadas irremediablemente. Tendrán que destruir por completo la ciudad y volverla a reconstruir. De las miles de estructuras destruidas el olor a muerte destila de sus entrañas.

La comparación con el terremoto de Managua de 1972 es ineludible. Al igual que Managua, el centro comercial de Puerto Príncipe ha sufrido el mayor daño. No hay ninguna edificación que no haya sido dañada. La gran mayoría está completamente destruida. A los ocho días de pasado el terremoto ya los cuerpos han sido retirados de la calles. La ONU reportó haber enterrado más de 90 mil personas en las fosas comunes en las afueras de la ciudad, pero los edificios destruidos están llenos de cadáveres en descomposición. Una mujer a medio salir de una tienda de zapatos, a un metro de la vida quedó enterrada hasta la cintura y al menos murió viendo la luz del sol. Un par de zapatos nuevos de hombre todavía en sus manos. Ni los saqueadores se han atrevido a quitarle los zapatos de sus manos muertas.

La catedral de Puerto Príncipe, al igual a la de Managua, no aguantó la embestida del terremoto. Su nave central colapsó dejando sólo las paredes externas. Decenas de cuerpos yacen bajo los escombros de sus puertas. Víctimas que estuvieron a sólo metros de la vida, pero quedaron atrapados en el umbral de la puerta. Los feligreses, en el estacionamiento de la catedral, todavía lloran la muerte de su Arzobispo en la tragedia.

En el centro, al igual que Managua, los sobrevivientes están saqueando los despojos de los comercios y viviendas destruidas. Cientos de hombres y mujeres se encaraman sobre las montañas de escombros para poder sacar cualquier cosa de valor. Caminan sobre cuerpos semienterrados y se dedican por completo a su labor ignorando la muerte bajo sus pies. Sólo la presencia esporádica de la Policía los detiene y a la menor sospecha echan a correr. La Policía de Puerto Príncipe ya ha ejecutado a varios saqueadores en las calles del centro. Además, la cárcel de la ciudad se vació de todos los internos que ahora caminan libres por las calles. La Policía hace lo que puede y toma lo que quiere.

Al llegar al centro, un comerciante de telas trae a un camión blindado de transporte de valores para rescatar la caja fuerte de su negocio. La caja sobrevivió intacta. Sus clientes no. Decenas de hombres laboran para mover la caja bajo la mirada de los agentes de seguridad privados del carro blindado y la de cientos de haitianos que miran la operación con ojos lujuriosos. Los clientes de la tienda yacen bajo los escombros. Un cráneo se asoma por un lado y una mano por otro. Ya todos estamos acostumbrados al olor a muerte y se hace casi imperceptible mientras todos se aplican a sus labores. Después de media hora la caja es rescatada. Los agentes de seguridad declaran victoria y salen despedidos con el dueño y la caja dentro del camión. A los braceros que ayudaron a subir la caja se les paga su labor con telas que salen de los escombros.

Al atardecer se nos recomienda a todos los “blanch” regresar a nuestros centros de trabajo. Dicen que no es seguro trabajar de noche. En una carrera para llegar al patio de la casa del director de la oficina del medio ambiente de Haití, camino a Petionville, donde tenemos nuestro campamento, me encuentro con una escena increíble. Miles de haitianos rezando. Todos con los brazos en el aire rogando a Dios que los salve. Un pastor evangélico lidera el rezo, pero es una mezcla de católicos, evangélicos, protestantes y demás. Sólo cuando un sacerdote vudú pide el micrófono es que se escucha una negativa. Nadie lo quiere oír y los echan fuera a empujones y golpes.

Puerto Príncipe es una ciudad moribunda. Lo poco que había avanzado bajo el gobierno de René Preval y la ayuda de las Naciones Unidas se perdió. Aún así la población se maneja con una dignidad soberbia en unos casos y la desesperación en otros. Todas las plazas son ahora campos de refugiados donde las condiciones de vida son limitadísimas. De día todo el mundo va al rebusque. Hay filas de miles de personas por doquier y la violencia asoma siempre. Los haitianos siempre tan amables y cálidos con los “blanch” se convierten en lobos de sus hermanos haitianos en un instante. Por un puesto en una fila de comida los más fuertes siempre salen triunfantes y los débiles se van a casa con hambre y apaleados. Padres con sus hijos frente a la embajada de los Estados Unidos se ven reducidos a rogarle con lágrimas a los soldados que por favor los saquen de Haití. Al final del día, una vez de regreso en sus tiendas de campaña en los campos de refugiados la dignidad vuelve y cosas como el agua y el fuego de cocinar son compartidos al fin.

Según pasan los días, las cosas empiezan a mejorar. Los bancos abren. Los supermercados que sobrevivieron vuelven a funcionar por medio día. Todavía no hay luz eléctrica y poca agua potable. Las Naciones Unidas poco a poco empieza a tomar una medida de control sobre la catástrofe.

Cinco días después de mi llegada a Haití voy de regreso a Managua haciendo el recorrido en reverso por el Aeropuerto de Puerto Príncipe. Esta vez hay personal de migración haitiano que sellan mi pasaporte. Una señal de que las cosas van a volver a la normalidad. Aún así esperamos por nuestro vuelo en la pista de concreto. A nuestro lado hay un avión de la fuerza aérea de los Estados Unidos, uno de Ucrania y uno chino. Al fin un mundo unido frente al desastre y el sufrimiento de los más pobres.

Al transitar otra vez de regreso por las calles de Managua, las encuentro despobladas y de lo más limpias y ordenadas. Todo depende de cuál infierno. b

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