Obligados a escuchar

¿Qué sucedería si Hugo Chávez acabara con todos los medios de comunicación independientes y, aún así, la mayoría de los venezolanos siguiera ignorando sus discursos? ¿Usaría las armas de fuego para obligarles a sintonizar las televisoras o radioemisoras cada vez que él esté diciendo esas interminables peroratas que acostumbra?

¿Qué sucedería si Hugo Chávez acabara con todos los medios de comunicación independientes y, aún así, la mayoría de los venezolanos siguiera ignorando sus discursos? ¿Usaría las armas de fuego para obligarles a sintonizar las televisoras o radioemisoras cada vez que él esté diciendo esas interminables peroratas que acostumbra?

En la última década, Chávez obligó a los medios de comunicación electrónicos de Venezuela a transmitir en cadena un mínimo de 1,995 horas de sus declaraciones, según muestra el compendio estadístico que dio a conocer la Mesa de la Unidad Democrática (oposición), lo que indica una suma de cadenas de al menos 83 días completos. Que conste, de esas transmisiones están excluidos los Aló, Presidente , el programa que él hace cada domingo.

Imagínese si usted fuera forzado a escuchar los disparates de Chávez durante 80 días seguidos, día y noche, sin interrupción. Algunas personas ni siquiera aguantan una hora. Empresas privadas de televisión han constatado que un alto porcentaje de los venezolanos prefiere apagar los aparatos cuando el Presidente empieza el discurso.

Las cadenas de Chávez suelen ocurrir en horas que las empresas de televisión y publicidad catalogan como tiempo estelar, al comenzar la noche, cuando las familias se reúnen para ver películas, telenovelas o noticieros, lo que afecta tanto a los medios de comunicación como a sus audiencias que son obligadas a ver lo que no desean.

Sin embargo sucedió algo curioso. El día que el Gobierno chavista anunció la devaluación de la moneda en 100 por ciento, el 8 de enero pasado, lo hizo con discreción, sin cadena nacional. No le convenía a Chávez, sabía que daba un golpe duro a la economía del país y de la gente y trató de atenuar el escándalo, aunque éste fue inevitable el día después y creció con la expropiación de una cadena de supermercados.

Si ante cada discurso los militares irrumpieran amenazantes en los hogares, los venezolanos, por miedo, mantendrían sintonizada la televisión para ver a Chávez y algunos hasta se esforzarían por mostrar entusiasmo cada vez que el Presidente amenazara a burgueses, oligarcas y al capitalismo mundial. Que en realidad le pongan atención y le crean es otro asunto, y eso cada venezolano se lo reserva.

Cuesta creer en un escenario así, pero Chávez ha dado muestras de que es capaz de todo para doblegar a quienes opinan distinto que él. Ha cerrado medios de comunicación, como la televisora RCTV, y ha ordenado reprimir a quienes protestan, con saldos sangrientos como la muerte de dos jóvenes en la última semana. Las organizaciones opositoras afirman que en total son nueve los muertos en protestas en Venezuela, durante el último año.

Tanto teme Chávez a la crítica que se ha empecinado en crear un “megalatifundio mediático”, como dijo un obispo de la Conferencia Episcopal venezolana. Quiere que la población sólo escuche su voz, le incomoda la diversidad de opinión y niega el derecho a los ciudadanos de oír y ver lo que deseen.

Es muy probable, por tanto, que Chávez llegue a ese estado de locura, como Hitler, de poner una pistola en la cabeza a quienes se nieguen a oírle, porque su alucinación es que todos los venezolanos piensen como él y cada vez que él hable agachen la cabeza y obedezcan.

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