Cartas de Amor a Nicaragua
Querida Nicaragua: Me decía un amigo que la alcaldía de Managua, si estuviera dirigida por Eduardo Montealegre quien realmente la ganó, sería un modelo de organización, una institución respetable y perfectamente ordenada. Managua hubiera cambiado de cara. Habría proyectos ejecutándose por toda la ciudad, y mucha ayuda internacional para la comuna de Managua.
Claro que todo esto es pura conversación de amigos. A Eduardo le robaron la alcaldía y pusieron al difunto Alexis Argüello, quien jamás imaginó que con aquel triunfo firmaba su sentencia de muerte.
Y esta conversación vino al caso al ver en la calle los enormes rótulos con los rostros de Arnoldo Alemán y Eduardo Montealegre, como en los tiempos del oeste norteamericano cuando se ponían afiches en las paredes con el retrato de los asaltantes perseguidos por las autoridades.
Una alcaldía decente jamás hubiera permitido la colocación de semejantes rótulos. No es decente y por lo tanto no sería permisible semejante campaña política, sólo digna de quienes nunca han conocido el respeto que se le debe a un ser humano, sea éste quien sea.
Ya había suficientes motivos para catalogar a la alcaldía como un centro politizado, desorganizado, vandálico, deshonesto y sin autonomía. La comuna de Managua no es otra cosa que la continuación de la presidencia de la república, donde la señora alcaldesa nominada por el CSE no hace más que obedecer las órdenes que recibe de la presidencia de la república.
Se sabe que las órdenes vienen directas del Ejecutivo hacia la comuna de Managua y que es el Estado-partido quien ha ordenado la colocación de los mencionados rótulos. Todos sabemos que la alcaldía está como pintada en la pared.
La vulgaridad y la chabacanería de colocar semejantes rótulos, independientemente de quienes sean las personas aludidas, sienta un precedente funesto en la nación. La juventud, sobre todo, contemplará impasible y verá como cosa natural, que a dos políticos se les coloque casi en el banquillo de los acusados o de los sentenciados. Se volverá rutinaria la costumbre de mostrar mensajes ofensivos en los carteles publicitarios, lo que degrada la moral y las buenas costumbres que el gobierno debería ser el primero en fomentar.
Ya se ha impuesto en el país el estilo de la pedrada y el garrotazo para ganar elecciones a base de fraudes electorales. Se ha vuelto rutina que grupos de vándalos bajo salario destruyan vehículos de las empresas televisoras que cubren algún acto de carácter político. Ese ya es un daño que seguramente afecta la mentalidad juvenil enseñándole ese tipo de violencia como arma de curso legal.
¿No será eso suficiente daño para la juventud y para el pueblo en general? ¿Tenemos que inventar ahora un nuevo tipo de ofensa brutal colocando enormes letreros acusando a nuestros adversarios e invitando al pueblo a que no voten nunca por ellos porque son ladrones? ¿Y quienes son los autores intelectuales de esos mensajes denigrantes? ¿Tendrán autoridad moral para acusar a otros por delitos que ellos mismos cometieron durante años y se perdonaron a sí mismos decretando amnistías totales que dejaron en la impunidad robos de mansiones y de casas grandes y pequeñas, solares, fábricas, playas, haciendas ganaderas y fincas cafetaleras, crímenes, torturas, malversaciones y todo género de atrocidades? El pueblo no ha olvidado.
Si no quieren recordar su tenebroso y delictivo pasado, al menos compórtense con respeto frente a la juventud, permitan que las nuevas generaciones construyan una patria digna.
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