Cien años más tarde de la Revolución Francesa, se estableció en Nicaragua el primer gobierno liberal en 1893. Desde esta fecha, con un corto intervalo de 20 años, el liberalismo ha ejercido el poder en Nicaragua durante 66 años.
En esos 66 años, éste es el inventario trágico que acredita su labor política: 2 dictaduras, 2 golpes de Estado, 5 constituyentes, 6 reformas constitucionales, 8 elecciones fraudulentas, 4 presidentes nombrados “de dedo”. Este breve inventario sería suficiente para calificar de funesta la herencia del liberalismo, pero no se agotan allí los males realizados.
La dictadura de Zelaya se mantuvo sin elecciones. El dictador se elegía presidente a sí mismo por medio de un Congreso de cómplices nombrados por él. Sus métodos de gobierno fueron radicales: monopolios y concesiones para enriquecer a sus cómplices; confiscaciones, exilio, cárcel, torturas y asesinatos para sus opositores.
La situación internacional en que el mundo occidental se preparaba para enfrentar al totalitarismo nazi-fascista que amenazaba a Europa, fue muy bien aprovechada por el primer Somoza, que se convirtió en el “hijo de perra” de la política norteamericana en El Caribe. Seguro en el poder, Anastasio Somoza García estableció lo que nunca se había visto en la historia nacional: una dictadura hereditaria de 43 años de duración.
Conocedor del interés de los partidos políticos por el presupuesto nacional, Somoza se entendió con sus “enemigos” y se repartió con ellos el botín del Estado. A partir del llamado Pacto de los Generales de 1950, quedó establecido constitucionalmente el monopolio libero-conservador sobre el país.
El resultado ha sido: burocracia estatal sobrecargada e ineficiente, inseguridad para el desarrollo económico, controles políticos al libre mercado y la creación de riqueza, falta de garantía para las inversiones, justicia política corrupta, fraudes electorales
El Partido Conservador se agotó porque ya no tenía nada que ofrecer y se convirtió en colaborador y socio de la dictadura somocista. Idéntico camino histórico sigue el liberalismo, nada puede abonar al desarrollo democrático de Nicaragua. Agotado como partido, el liberalismo se ha convertido en socio minoritario de la nueva dictadura familiar.
Después de dos guerras sangrientas por la libertad y la democracia, aparece un liberal “iluminado” y negocia un pacto con el dictador de turno, para restablecer el bipartidismo y repartirse el presupuesto.
El pacto con Alemán tiene su expresión más alambicada en el saqueo de los bienes públicos por medio de los megasalarios; megasueldos que humillan a los exiguos salarios que ganan los obreros, los policías, los soldados, los maestros, el personal del sistema de salud, los empleados públicos
El Pacto Alemán-Ortega sobrepasa todos los límites contenidos en los pactos entre liberales y conservadores. Pues además de los megasalarios se crearon nuevos cargos en la administración pública: donde había un funcionario se nombraron seis, donde había un director se nombraron diez, donde había doce magistrados se nombraron dieciséis, todos con megasalarios, todos al servicio del “arnoldo-orteguismo”. Por el derroche y la incapacidad administrativa las recaudaciones fiscales no alcanzan para afrontar los gastos públicos y el gobierno pactista tiene que recurrir con la mano extendida ante la caridad internacional.
¿Cuáles son esos principios liberales tan pregonados por la propaganda partidista? Hoy con el nuevo pacto, como ayer con los viejos pactos del somocismo, lo que campea en este país es el caudillismo, el reeleccionismo, el fraude electoral, la corrupción generalizada en la administración, el populismo y los demás ismos que identifican al liberalismo somocista con el orteguismo castro-chavista.
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