Durante la campaña electoral del Perú en el año 2006, el actual presidente Alan García Pérez pidió perdón públicamente al pueblo peruano por los abusos de poder, la corrupción gubernamental y los desaciertos económicos populistas que arruinaron al país durante su primer gobierno, que ejerció entre 1985 y 1990. Pero no fue sólo por arrepentimiento que García pidió perdón a los peruanos, sino para que le dieran la oportunidad de ser Presidente de la República por una segunda ocasión.
Alan García prometió entonces que si el pueblo peruano lo volvía a elegir no cometería los graves errores y abusos que cometió durante su primera administración. Y como el otro candidato no era mejor que García, pero también porque éste parecía sincero en su arrepentimiento y solicitud de perdón, el pueblo peruano le dio el voto de confianza, es decir, lo eligió con el 54,6 por ciento de los sufragios para un segundo período presidencial, mientras su contendiente que era considerado como el peor de dos males, quedó con el 45,3 por ciento de los votos.
Por cierto que el presidente Alan García se ha reivindicado, ha cumplido su promesa, ha demostrado que eran sinceros su arrepentimiento y propósito de enmienda, y ha gobernado de manera exitosa conduciendo una administración pública transparente y reconociendo y rectificando sobre la marcha los errores, cuando los ha cometido.
Pero eso que ha ocurrido en el Perú y ocurre en otras partes del mundo, es imposible en Nicaragua, donde la degradación de la política y el descaro de los políticos tradicionales parece haber llegado a los niveles más bajos. Así lo ha demostrado el caso de Daniel Ortega, quien no sólo no le pidió perdón al pueblo nicaragüense por todas las barbaridades que cometió durante su régimen de 1979 a 1990, sino que ni siquiera ha reconocido los innumerables errores que cometió tanto en aquel oscuro período como durante los 16 años siguientes, cuando “gobernó” violentamente “desde abajo”. Sin embargo, Ortega pudo recuperar el poder presidencial con sólo el 38 por ciento de los votos, gracias al pacto que hizo con Arnoldo Alemán y a la división del electorado democrático, que fue causada por ese mismo pacto para la repartición del botín del Estado.
Pero también representan una demostración de que en Nicaragua los caudillos no pueden reconocer los abusos y errores que cometen en el ejercicio del poder —mucho menos que tengan humildad para pedirle perdón al pueblo—, las declaraciones que el ex presidente Arnoldo Alemán dio a la sección Domingo de LA PRENSA, publicadas el 14 de febrero recién pasado. Con gran desparpajo Alemán niega que haya pactado con Daniel Ortega y el FSLN, pero al mismo tiempo justifica y elogia el pacto al calificar sus resultados como fruto de su inteligencia personal y consecuencia de “la mano de Dios”. Sólo por la insistencia del entrevistador acepta que hubo “errores” en su gobierno, los cuales, dice, los corregiría si volviera a ser Presidente de Nicaragua.
En realidad, tales declaraciones publicadas en LA PRENSA del domingo pasado, vienen a justificar las advertencias, suspicacias y temores de diferentes sectores, de que Alemán estaría dispuesto a pactar nuevamente con Daniel Ortega y el FSLN, si no es que ya hay un acuerdo entre ellos para repartirse otra vez el botín del Estado. Lo cierto es que si el ex presidente Arnoldo Alemán no da ninguna muestra de arrepentimiento por la gran corrupción que hubo en su gobierno de 1997 a 2002, ni por el pacto que hizo con Daniel Ortega y el cual es la causa directa del enorme desastre institucional y de la degradación de la democracia en Nicaragua, entonces resulta lógica la sospecha de que el caudillo del PLC está dispuesto a reincidir en el pactismo; y que todo el alarde de oposición, de unidad del liberalismo y cumplimiento de los Acuerdos de Metrocentro para la depuración y reestructuración del Consejo Supremo Electoral, son sólo cortinas de humo que encubren las verdaderas intenciones ocultas.
Mientras Arnoldo Alemán no reniegue públicamente del pacto con Daniel Ortega, ni reconozca los graves abusos y errores cometidos durante su gobierno de 1997 a 2002, ni pida perdón al pueblo de Nicaragua como lo pidió Alan García al pueblo peruano, hay sobrada razón y justo derecho para desconfiar, y para sospechar que el tinglado político de ahora va a desembocar en un nuevo pacto de los anacrónicos caudillos.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A