La política internacio-nal es como una caja de Pandora, no deja de sorprendernos. En ocasiones, como es el caso actual en América Latina, donde las llamadas izquierdas han logrado imponerse en la mayoría de los países (Chávez, Correa, Morales, Lugo, Ortega, etc.) produciéndose liderazgos y cambios que parecían importantes porque fueron el producto de la voluntad popular, al final, lejos de convertirse en movimientos realmente progresistas que rescataran a sus pueblos del atraso, simplemente se convirtieron en proyectos retóricos y utópicos que no avanzan en el desarrollo social y más bien, en su obsesivo afán de descrédito a lo que llaman peyorativamente “neoliberalismo” u “oligarquías corruptas”, simplemente devienen en factor de retroceso al destruir o paralizar lo poco que se ha construido, haciendo lo mismo que sus adversarios ideológicos, pero con una distinta metodología. Pero estos altibajos en el panorama político internacional, aunque sorprenden, no generan expectativas, porque la historia nos enseña que se trata de accidentes cíclicos que, más temprano que tarde, pasarán sin pena ni gloria y con la misma celeridad que aparecieron se desvanecerán en el tiempo y el espacio. Pero a veces cabe preguntarse ¿porqué estas variantes históricamente recurrentes del devenir político de América Latina no se consolidan transformándose en ejes dinámicos de progreso y desarrollo de los pueblos? La respuesta es sencilla y es debido a que después de las anacrónicas premisas del marxismo leninismo, de absoluta y probada orfandad en contenido pragmático, estas autollamadas “izquierdas” carecen totalmente de una base doctrinaria e ideológica y aún de una guía programática que les permita enderezar el camino y abandonar los resabios populistas que les fueron legados por pensadores extravagantes, a los que sin embargo no se les puede negar originalidad.
He hecho este introito para reseñar brevemente un caso que raya en la estulticia. Me refiero a Manuel Zelaya, ex presidente de Honduras, un sujeto irresponsable que le ha hecho un daño mayúsculo a la vecina Honduras y que en días recientes ha reaparecido en los medios de comunicación hablando con la arrogancia que le caracteriza sobre supuestas recomendaciones que hará a los gobiernos de América para, según él, fortalecer la institucionalidad y evitar que se produzcan nuevos golpes de Estado en Honduras. Claro que Zelaya es sólo un pobre diablo sin futuro político, a quien otros más vivos embaucaron en el famoso y utópico proyecto chavista del Alba que le costó la presidencia de su país. Peor que eso es la actitud de Celso Amorín, canciller de Brasil, un marxista retobado, incondicional de Hugo Chávez, hacia cuyo alero ha intentado sin lograrlo llevar al ponderado Lula da Silva, que aunque ha resistido la embestida de su ministro del Exterior, no ha podido evitar caer en algunas de sus trampas, hechos que han producido mengua en la alta estima que Lula tiene entre el pueblo carioca. Amorín insiste en que el proceso de reconciliación de Honduras es imprescindible que se creen las condiciones para que Zelaya vuelva a su país y pueda participar en política, y así lo ha expresado en diferentes foros como condición para el reconocimiento de las nuevas autoridades catrachas. Pero esto además de injerencista es una idiotez porque de acuerdo a las leyes hondureñas, Zelaya es un delincuente, acusado por corrupción, abuso de poder y otros delitos graves contra la Constitución, que al enfrentar en una Corte no dudamos que iría a parar con sus huesos a la cárcel. La demanda del inefable Celso Amorín es, pues, una utopía o más bien un sueño de opio que seguramente y a cualquier costo será rechazada por las autoridades y por el pueblo de Honduras.
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