¿Qué deben ingerir los docentes?

Los anuncios televisivos y la propaganda escrita acerca de una buena alimentación, —que obviamente es correcto— se contrapone en muchos casos con nuestra propia cultura: qué decir de una excelente sopa de albóndiga a las 12 del mediodía cuando el Astro Rey “raja las piedras del asfalto, como barra de mantequilla”. ¿Increíble? ¡Pero cierto!

Ernesto González Valdés

Los anuncios televisivos y la propaganda escrita acerca de una buena alimentación, —que obviamente es correcto— se contrapone en muchos casos con nuestra propia cultura: qué decir de una excelente sopa de albóndiga a las 12 del mediodía cuando el Astro Rey “raja las piedras del asfalto, como barra de mantequilla”. ¿Increíble? ¡Pero cierto!

Sin embargo, más allá de ser asiduos a todo lo que se derive del maíz, la alimentación se vincula o relaciona con el tipo de profesión que desempeñemos. ¿Cómo? Pues así es. ¿Qué hace un docente que lo distingue de otros y por tanto debe revisar lo que ingiere? Veamos el caso.

Una persona que ejerce la profesión de educador suele enfrentarse diariamente a décadas de jóvenes en algunos casos de diferentes edades, con distintos intereses en medio de cambios biológicos, con problemas familiares, lo cual además de lidiar con las reglas del juego que establece la institución o instituciones para las cuales trabaja ocasionando con ello un alto nivel de estrés a lo que debe sumarse su vida personal, las cosas del hogar, los hijos, la familia…

¿Qué factores priman en la labor docente? La actividad intelectual, con la participación activa del cerebro, donde interviene la concentración, la memoria, el rendimiento mental e incluso los estados de ánimo. ¿Qué ingerir para un mejor funcionamiento de este órgano tan importante? Coliflor, carne e hígado de res, huevos y maní, ricos en proteínas animales y vegetales.

Pero, ¡alto! No es comer por comer, sino que también existe un orden, el cual resulta crucial al momento de la absorción de nutrientes y de la irrigación de todo nuestro cuerpo a través de la sangre. ¿Y cuál sería este orden? Lo primero, han de ser las proteínas, las cuales pasan a la sangre en forma de aminoácidos y van a los diferentes sitios donde se les necesita, que pueden ser los músculos, órganos específicos o el cerebro. ¿Y si no lo hacemos así que sucede?

De comenzar por los carbohidratos, la distribución de los aminoácidos no podrá realizarse de forma equitativa, pues debido a la alta cantidad de azúcar se dispara la producción de insulina en nuestro cuerpo y, con el fin de regular los niveles de esta hormona, el cuerpo envía la mayoría de aminoácidos hacia los músculos, lo que provoca que únicamente el triptófano llegue al cuerpo, estimulando la serotonina y produciendo sueño.

¿Y la cantidad importa? Si comemos demasiado la mayor parte de la sangre se concentrará en el tracto digestivo a fin de ayudarnos con la digestión y absorción de nutrientes, y la irrigación sanguínea al resto de nuestro cuerpo, incluyendo el cerebro, será mucho menor.

¿Y un cafecito después de almuerzo o a mitad de mañana? La cafeína es un estimulante cerebral que induce estados de alerta mayores de los normales. Estudios realizados indican que la respuesta intelectual de una persona que consume café es mejor que la de quien no lo hace.

Sin embargo, el exceso de café acarrea falta de sueño, nerviosismo, temblor en las manos, entre otros, como consecuencia de un sistema nervioso sobre-estimulado. Así, la recomendación es tomar dos tazas de café al día como máximo, en lo posible sin mezclarlo con lácteos o azúcar. Luego profesores, maestros y docentes, ¡a cuidar nuestra alimentación!

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