Diez años de biotecnología

En estos días arribamos al décimo aniversario del lanzamiento de los Congresos Nicaragüenses de Biotecnología. En los inicios, quienes nos aventuramos a organizarlos no sospechábamos la magnitud que llegarían a adquirir, ni que se convertirían en una importante cita científica de alcance nacional. Con tanta adversidad que enfrenta aquí cualquier emprendimiento y ante la interminable crisis institucional que vive el país, la realización continua y sistemática de dichos congresos resulta sorprendente.

Por Jorge A. Huete Pérez

En estos días arribamos al décimo aniversario del lanzamiento de los Congresos Nicaragüenses de Biotecnología. En los inicios, quienes nos aventuramos a organizarlos no sospechábamos la magnitud que llegarían a adquirir, ni que se convertirían en una importante cita científica de alcance nacional. Con tanta adversidad que enfrenta aquí cualquier emprendimiento y ante la interminable crisis institucional que vive el país, la realización continua y sistemática de dichos congresos resulta sorprendente.

El fundamento de este ejercicio fue, y continúa siéndolo, la instauración de un instrumento de cohesión de los esfuerzos dispersos, considerando a la biotecnología como una herramienta estratégica para el desarrollo del país.

Durante una década, muchos investigadores han utilizado esta plataforma para presentar y discutir sus trabajos. Entre ellos destacan investigadores universitarios, técnicos de algunos ministerios y profesionales independientes, quienes usan métodos biotecnológicos para encarar problemas de índole médica, agrícola o medioambiental.

Señalemos el caso de investigadores de la UNAN-León que, gracias al financiamiento generoso de la cooperación extranjera y al visionario liderazgo del entonces Rector Ernesto Medina —muy lejos de la incertidumbre que se vive allí hoy día—, consolidaron en esa Alma Mater uno de los centros más prometedores de la investigación nacional. Los trabajos sobre rotavirus y otras enfermedades infecciosas, así como la caracterización molecular de especies forestales merecen elogios. Se han presentado también avances de la Universidad Agraria sobre plagas agrícolas y de la UCA como, por ejemplo, la base de datos genética de utilidad médica y forense.

Admitiendo el progreso conseguido queda, sin embargo, un sector al que habrá que dedicarle mayor atención. Se trata de la internacionalización de la actividad biotecnológica —válido también para todo el quehacer científico— que es la única vía para que el sector biotecnológico local alcance todo su potencial.

Con ese propósito, un grupo bien seleccionado de científicos extranjeros han participado en los cinco congresos, invitados específicamente para ayudarnos a avanzar en este nivel de la ciencia, acaso el más fértil hoy por hoy. Pensamos en científicos de la altura de Richard J. Roberts (Nobel, 1993), Ricardo Miledi, neurobiólogo mexicano, Premio Príncipe de Asturias y Marc Montagú, Barón de Bélgica, orador central del V Congreso.

Al hacer alusión al doctor Montagú resulta obligado puntualizar sobre su descubrimiento substancial, el mecanismo mediante el cual el material genético de una bacteria se incorpora al de una planta. Estudiando bacterias del género Agrobacterium, el equipo del doctor Montagú describió el proceso y el “vehículo” utilizado por dicho microorganismo para transferir genes al interior de las células vegetales.

Una vez dentro, el ADN bacteriano se intercala en el de la célula “tomada”, codificándolo para producir proteínas de su interés. El descubrimiento de este fenómeno natural, como resultado del cual la planta produce proteínas foráneas, dio paso a uno de los más grandes avances del siglo XX: la construcción de plantas con mejores capacidades agronómicas. Como el arte, también la tecnología imita a la naturaleza.

Este estudio del doctor Montagú, así como las subsiguientes aplicaciones, todas investigaciones seminales para la ingeniería genética agrícola, lo han hecho merecedor de premios y prestigio internacional. Sin embargo, algo que pocas veces se apunta, pero que a nuestro juicio debería destacarse por igual, es que el doctor. Montagú ha sido el principal promotor —batallador incansable— de que estas poderosas herramientas estén al alcance de los países pobres.

Aunque la creación de estas poderosas tecnologías —explica el doctor Montagú— ha sido subsidiada con fondos públicos, debido a la sobrerregulación, “sólo las grandes compañías pueden aprovecharlas”. Además, “sin acceso a la ingeniería de mejoramiento genético se pone freno al urgente alivio de la pobreza y el hambre, de la protección de la biodiversidad y el medioambiente”.

El aporte científico del doctor Montagú y su campaña por la reivindicación del derecho de todas las naciones a la modernidad tecnológica le harán merecedor del Nobel algún día no lejano, cuando se apacigüe el fundamentalismo anticientífico que, escudado en un discurso populista, favorece más bien el monopolio tecnológico de las capas acaudaladas de los países más ricos.

También por aquí se ha percibido el legado del doctor Montagú, no únicamente porque varios científicos nicaragüenses hayamos participado en actividades del instituto que este dirige, sino máxime porque se ha involucrado directamente en la promoción del desarrollo biotecnológico, aconsejando a las autoridades y científicos nacionales en la toma de estrategias importantes sobre estos temas. Su visita a Nicaragua en ocasión de V Congreso de Biotecnología patentiza ese compromiso desinteresado y noble.

El autor es  director del Centro de Biología Molecular , UCA

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: