Tras 20 años de trayectoria artística, el payaso Pipo es una institución en el fantástico mundo de los niños. Creativo, perfeccionista, alegre y emprendedor son algunas de las características que lo definen. Nació en el seno de una familia humilde, pero siempre se caracterizó por su buen humor y disposición para afrontar los retos de la vida.
A los 12 años ya trabajaba en televisión, a los 15 era parte del grupo de títeres Guachipilín y a los 20 fundó su propio Teatro de Títeres Zig Zag. Hoy Roberto Barberena, mejor conocido como Pipo, ha recorrido mucho camino, logrando más de 10 trofeos en las ferias de la risa, es parte de la World Clown Asociation y tiene la Orden Independencia Cultural Rubén Darío.
Para contratarlo es necesario llamar con 6 meses de antelación, ya que su agenda siempre está ocupada. Ésta es la historia de un hombre que convirtió la alegría en una profesión, y afirma que la dedicación es el secreto del éxito.
¿Cómo nació el payaso Pipo?
Como un apodo. Mis amigos me decían “Pipo Suerte Loca” porque siempre estaba haciendo bromas, pero mi trabajo como payaso inició por casualidad. Siendo parte del grupo Zig Zag, recuerdo que había montado un show de títeres para un cumpleaños, pero el payaso no llegó. Así que yo decidí improvisar. A la gente le gustó tanto que de ahí se formó una cadena que ha seguido hasta hoy.
¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
Mi mayor satisfacción es captar la atención de los niños, oír sus risas, ser parte de esa alegría y saber que sus padres me dejaron compartir ese día especial con ellos. Todo con un humor blanco, sano y educativo.
¿Cuál es el secreto de su éxito?
Ser bueno en lo que hago y ponerle amor a cada detalle. A veces veo muchos payasos en las calles, sucios y descuidados, usan un lenguaje vulgar, no apropiado para los niños, y eso es un grave error. Yo trato de lucir presentable y construir un show educativo, donde los niños aprendan los valores de la amistad, el respeto y los derechos humanos.
¿Cómo conjuga el trabajo con su familia?
Mi esposa y yo hemos sabido coordinarnos. Ella me ayuda a montar la agenda y yo me encargo del show. Siempre trato de pasar mi tiempo libre con mis hijos, aunque reconozco que a veces es muy difícil, porque trabajo de domingo a domingo, pero anualmente programamos un viaje fuera del país para desconectarnos del trabajo y alimentar nuestra relación como familia.
¿En qué se diferencia Roberto Barberena del payaso Pipo?
Pipo es más necio y alegre. En cambio Roberto es más serio. Yo diría que Roberto es el mánager de Pipo, el director artístico, el que le monta la agenda. Pero ambos son colaboradores, sinceros y serviciales.
La marca Pipo ya está registrada. ¿Se definiría como un empresario?
No me veo como un empresario. Más bien creo que administro un pequeño negocio en el que trabajan 6 personas más: pintacaritas, titiriteros y magos. Pero es cierto, Pipo es una marca registrada. Hemos sacado al mercado un peluche, unas gelatinas de colores, un CD con canciones, estamos planeando sacar unos chocolates, además que trabajo en coordinación con varias empresas.
¿Ante la gente es difícil separarse de su personaje y ser solamente Roberto?
Sí, porque todo el mundo me llama Pipo, mi esposa, mis amigos. Cuando me invitan a una cena o una fiesta, todos esperan que yo empiece a contar bromas, y eso no es tan fácil sin mi disfraz de payaso. Siempre soy fregador, pero con límites.
¿Qué consejo le daría a los jóvenes que desean incursionar en este mundo?
Ser payaso es una profesión como cualquier otra, así que el primer paso es que les guste e inviertan todas tus energías en ella. En este trabajo hay que ser actor, instructor y pedagogo. El payaso tiene que transmitir sentimientos y alegría. Las palabras tienen que salir del corazón porque es fácil hacer llorar, pero no es fácil hacer reír, sobre todo si se trata de niños.
¿Alguna anécdota que pueda compartir?
Recuerdo que una vez viajamos a Honduras a ofrecer un show en una escuela. Cuando entré al local todos los niños se echaron a correr, me cayeron encima y me quitaron la peluca. Se armó un gran alboroto. Yo tuve que salir en carrera hasta que los profesores los controlaron. Ese día entendí lo que sienten los famosos entre un grupo de admiradores. Pero son gajes del oficio.
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