Cartas de Amor a Nicaragua
Querida Nicaragua: Antes de comenzar quiero aclarar que no todos los funcionarios públicos se comportan del mismo modo. Hay sus excepciones. Pero la mayoría cae dentro de estos señalamientos.
Un ciudadano común y corriente es una persona amable que saluda a sus amigos cuando los encuentra, platica, sonríe, socializa y habla de todo, pero si a ese ciudadano de repente lo nombran ministro de cualquier cosa, su metamorfosis no se hace esperar. Se acabó el tipo cordial y simpático, dicharachero y alegre. Ahora sólo tiene ojos para su jefe, el Presidente de la República. Se convierte en un adulador y no tiene más ojos que para su patrón, ni más consigna que la del partido en el poder.
Igual si sale escogido como diputado, o magistrado, o contralor, o viceministro o cualquier otro cargo. Sus amigos lo llaman para conseguir una cita y la secretaria siempre contesta que está “en una reunión”. Vuelve a llamar y el funcionario está fuera de su oficina, “lo mandó a llamar el señor Presidente”. A los quince días vuelve a llamar y el ministro está “fuera del país”, anda con el señor Presidente y regresa dentro de una semana. Total, el tipo se volvió inabordable, invisible, no se puede ver ni se puede hablar con él. Está muy ocupado atendiendo asuntos que le encarga su jefe.
De esto no se salvan ni los entes autónomos que en este tiempo no tienen nada de autónomos. Casi todos están contagiados de ese mal general que se llama cepillismo. Dije al principio que hay excepciones y repito que las hay y muy honrosas.
Yo tenía un amigo muy querido, me dijo otro amigo mío, pero lo perdí del todo cuando lo nombraron viceministro. Viera usted me dice. No vuelve a ver a nadie en su camionetona, tiene gasolina gratis, viáticos, se viste con camisas de lagartito cuando anda de paseo y de guayaberas de lino cuando está trabajando. Total, perdí a mi amigo. Nunca está libre. Está ocupadísimo quedando bien con su jefe.
Este tipo de funcionarios, que por serviles llegan muy arriba, me recuerdan una vieja fábula. Me recuerdan constantemente esa fábula que creo que es de Samaniego o de Esopo, no recuerdo bien. Es la fábula del águila, que un día se vanagloriaba de que sólo ella era capaz de remontarse hasta lo alto de las nubes y llegar hasta los más altos picos de las montañas. Ella, muy fachendosa, se ufanaba entre los otros animales de que ningún ave, sólo ella, podía llegar a remontar el pico más alto de la montaña.
Y para probárselos un día el águila decidió volar y volar hacia arriba, desafiando los fuertes vientos. Con sus alas enormes y fuertes subió hasta alcanzar el pico más alto. Le costó varias horas de vuelo pero logró llegar hasta la cima y colocarse orgullosa en el más alto acantilado de la montaña desde donde se veía el fabuloso paisaje de los valles, ríos, lagos y lagunas.
Y estaba orgullosísima de su hazaña cuando vio una rama que había crecido en la inclemencia de aquel paraje. Y llena de sorpresa miró que caminaba garbosamente un pequeño e insignificante gusanito que también había podido subir hasta lo alto de la montaña.
Asustada y sorprendida el águila le preguntó cómo había hecho para subir hasta la cima. Y el gusano contestó: muy sencillo. Arrastrándome arrastrándome.
Quien tenga oídos para oír que oiga.
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