Algunos sectores de la izquierda más radical de Nicaragua se jactan de decir que “aquí se va a construir una democracia popular”.
Esa vocación es más bien un intento eufemístico para querer ocultar la etiqueta de un nuevo orden dictatorial, que les avergonzaría llamar por su nombre correcto.
La mayoría de los nicaragüenses desconoce los avances de otras naciones y culturas que sí han tenido éxitos siguiendo el único modelo democrático que existe.
¿O será la única intención ponerle un antifaz a la mala intención?
La democracia no tiene adjetivos. La democracia no se presta a dualidades o a torceduras. La democracia es el gobierno del pueblo. El pueblo somos todos. Y en el pueblo caben y están todos los que pueblan este país, sean o fueren de cualquier clase social, rango económico, origen étnico, tendencia partidaria.
No se le puede llamar pueblo sólo a unos pocos o a aquellos que siguen a determinado líder. ¡La democracia no da lugar a excluidos! Es la suma total de un proceso integrador. Es la ecuación infinita en la que cabemos todos, porque es inclusiva por naturaleza —es el método natural para hacer convergir a los que naturalmente tienen opiniones y opciones diversas acerca de cómo se debe regir una sociedad—. Además, nadie tiene el monopolio de la verdad para decidir quién entra o sale de esa arca de Noé social y convulsiva en la que vivimos los nicaragüenses.
Creer que unos son el pueblo y otros son explotadores, que hay que ser revolucionarios para ser del pueblo, es creer que la democracia es una presea o botín de guerra que el ganador de una contienda electoral esgrime a su favor. Y cuando la tiene —como una varita mágica— le sirve para rebautizar el mundo, y etiquetar a seguidores o adversarios en términos peyorativos, indulgentes o estigmatizantes. No es así. La democracia es la sustancia amalgamadora y cohesionadora de cualquier nación. No es sectorizante, segregacionista.
La democracia tampoco es un derecho ganado por los vencedores en una elección que se imponen por la fuerza bruta a los que perdieron temporalmente el poder político del Ejecutivo. La democracia no es punitiva. La democracia es comprensiva.
La esencia de la democracia es reconocer por igual los derechos de las mayorías y los de las minorías, sin que los primeros deban sentirse dueños omnipotentes del mundo y quieran imponerse sobre los demás.
El voto popular que le da al político partidario el poder para conducir los destinos de su país, una vez adquirido, lo convierte en servidor ciego. Y debe dejar atrás su bandera de guerrero para convertirse en conciliador, en unificador, en defensor y servidor de los intereses de toda la Nación.
El poder político que da la democracia obliga, no privilegia. El poder político ennoblece, no vilifica al que lo ostenta, pues su mandato es temporal. No adquiere, por un voto periódico, poderes omnímodos.
La democracia es una obligación para mantener a la sociedad segura, tranquila, cohesionada, confiada en que todos vamos a tener ese sentido común de identidad del cual nos enorgullecemos los nicaragüenses, y que nos debe unir como Nación.
El grado de nación es un estatus elevado de organización antropológica colectiva. Es un avance cimero de la organización moderna que las naciones en veintiún siglos han alcanzado en virtud de la razón, el derecho, la civilización y el progreso humanos.
De otra manera, no habríamos avanzado nunca en el tiempo, y sólo seguiríamos siendo —como hace más de seis siglos— dos o más tribus guerreras pre-coloniales enfrentadas entre sí.
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