Cuando la conocí, en el pueblecito aragonés de Calaceite, Pilar Donoso era una niña que protagonizaba con mis hijos las aventuras que inspiraron a su padre, José Donoso, una de sus mejores novelas: Casa de Campo (1978). Y aunque la volví a ver después, en Chile, ya hecha una joven, y luego toda una señora, la imagen que de ella prevalece en mi memoria es la de aquella criatura vivaracha y traviesa que revoloteaba sin tregua por la soberbia casa de piedra de las alturas de Teruel que los Donoso habían decorado con todas sus soberbias excentricidades y neurosis.
Opinión
El acordeón y la crisis
Los griegos amenazan con quemar Atenas para protestar contra la austeridad que les imponen los prestamistas. Sería inútil. Ese acto bárbaro no los exoneraría de someterse a la única regla económica inevitable: el monto de la riqueza que se gasta, a corto o largo plazo, está condicionado por la riqueza que se produce. Durante cierto tiempo es posible burlar este principio por medio de malabares contables, como han hecho los gobiernos griegos tramposamente, o por los préstamos o las dádivas que se reciben, pero al final no hay otro destino que ajustar gastos e ingresos, como sabe cualquier adulto que ha manejado un simple presupuesto familiar.