William Báez Sacasa
En las circunstancias actuales de Nicaragua es importante recordar algunos eventos del Gobierno de doña Violeta B. de Chamorro, que fue de verdadera reconciliación.
Al Gobierno de doña Violeta le tocó lo más difícil: la reconciliación y reinserción social de los desmovilizados de guerra. La reinserción fue un proceso complejo, en la búsqueda de la solución más sabia a un conflicto que parecía una pesadilla interminable.
En los primeros años del Gobierno de doña Violeta, los recontras y los recompas secuestraron al país en sus cuatro costados. Es decir, un grupo secuestraba al contrario y el contrario hacía lo mismo, en un claro círculo vicioso para una población hastiada de la guerra.
Pasado del medio día del 18 de agosto de 1993, después de haber convocado a su campamento a una delegación gubernamental para negociar la amnistía, el Frente Norte 3-80, jefeado por el “Chacal”, secuestró a 41 personas del Gobierno y de la BED (Brigada Especial de Desarme), entre otros la diputada sandinista Doris Tijerino y Nora Delgado, del MAS. Por otro lado, Francisco Rosales y yo fuimos a Caulatú por quedarnos conversando con Pedrito “El Hondureño” que amenazaba con 182 Recompas del Barrio del Regadío ir armado a Caulatú a recuperar a los rehenes.
A las pocas horas de efectuarse el secuestro en Quilalí, uno de los comandantes del “Chacal” (El Musún) emboscó a miembros del Ejército Sandinista en Zompopera (Jinotega), causando cuatro muertos y cuatro heridos. Esto provocó una reacción muy fuerte del Ejército Sandinista, que concentró en Jinotega un grupo considerable de soldados para buscar al asesino de sus compañeros.
A las 7:30 de la noche del día 19, ocho ex militares sandinistas al mando de Donald Mendoza (Cara de Piña) secuestró en la sede de la UNO a 36 dirigentes de esa alianza política. Entre los secuestrados estaban, entre otros, Luis Sánchez Sancho, Virgilio Godoy y Humberto Castilla (éste se metió con su sombrero en un servicio higiénico por tres días). Paralelamente el día 22 una turba destruyó parcialmente la Radio Corporación y la sacó del aire.
La orden de doña Violeta “a sus muchachos” fue clara: “Negocien la salida, pero no cedan a las demandas”. El 20 por la noche, el general Joaquín Cuadra se reunía en la vieja Casa Presidencial, en el cuarto piso, con Antonio Lacayo, mientras éste se comunicaba con su nuevo celular BellSouth con el comandante Daniel Ortega. En el tercer piso estábamos reunidos un grupo de ministros con doña Violeta, monitoreando la situación.
Teníamos entre manos cinco eventos explosivos: dos secuestros, dos movilizaciones militares y una radio fuera del aire. Dialogando se resolvió todo, sin ceder nada nadie. La negociación fue al “filo de la navaja”. El día 25 de agosto a las 6:00 p.m. soltaron a los secuestrados de ambos lados. El 15 de abril de 1994 firmamos con el “Chacal” la reinserción poniéndole fin al último alzamiento.
El Gobierno de doña Violeta canalizó “la energía de la guerra, a energía de paz”. Y se logró cambiar el rifle por el arado, la granada por la pelota de beis, el garrote por el diálogo. El Ministerio de Acción Social (MAS) organizó los Comités de Desarrollo (CD) en todos los municipios, que a 17 años trabajan todavía activamente. Los comandos de guerra se convirtieron en cooperativas de desarrollo. LA-CIAV-OEA nos dio un gran apoyo.
Los resultados del Gobierno de doña Violeta se califican de incalculables en el orden económico y social y en el fortalecimiento institucional, eje fundamental de la democracia. A doña Violeta le tocó también “la triple transición”: De la guerra a la paz, de una economía socialista a una de libre mercado y de una dictadura a una democracia. Pocos países han pasado por esta experiencia. Nicaragua lo logró. La historia, estoy seguro, resaltará el Gobierno de doña Violeta como uno de los mejores del país.
He querido recordar estos pasajes porque en mi último viaje por Quilalí y los teatros de guerra, he oído hablar de nuevo de “tambores de guerra”. A la vez, la pobreza se profundiza y la inseguridad se incrementa. Los políticos estamos concentrados en los problemas institucionales en Managua y olvidamos el campo con sus problemas, quizás más graves. Managua no es Nicaragua.
Ante la situación presentada es importante iniciar un “diálogo incluyente”, de cara a la población, entre todos los actores políticos, la sociedad civil y el sector empresarial, con la Conferencia Episcopal y/o la OEA como mediadores. Que el aprendizaje de Caulatú-UNO nos sirva de ejemplo histórico de paz y verdadera reconciliación.
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