Eduardo Duque- Estrada Ortíz
Hay una premisa primordial para el desarrollo económico de un país: la pobreza no se combate distribuyendo riquezas, sino más bien multiplicándola. Un ejemplo convincente es el caso de Sierra Leona, un pequeño país de 72,000 Km2 ubicado al oeste de África con 5.2 millones de habitantes, beneficiado por la iniciativa HIPIC (país pobre altamente endeudado) eximiéndolo de todo pago por deuda externa, (principal & intereses) y sus donantes; Reino Unido, Unión Europea, Estados Unidos, BID, Banco Mundial, entre otros, inyectaron a su economía mil doscientos veinte millones de dólares en cooperación entre el año 2003 y el 2006. A finales del 2007 todavía el 70 p/c de la población de Sierra Leona estaba viviendo en extrema pobreza (menos de 1 dólar por día) con un per cápita de $$253 dólares anuales. Obviamente, si el capital que recibió no se invirtió en actividades que generaran un crecimiento de la producción nacional y se utilizó en financiar déficit fiscales que tienen su origen en programas de redistribución sin sostenibilidad y corrupción, al final, si la ayuda disminuye, terminas donde empezaste.
Más cerca de nuestra frontera tenemos el caso de Venezuela. Cuando el Teniente Coronel Hugo Chávez tomó el poder, el barril del petróleo tenía un valor de $$11.00 dólares (1998), pero después vinieron años de aumento sostenido hasta el 2009. La mayor parte de estos grandiosos ingresos se fueron para crear burocracia y programas asistenciales al mejor modelo cubano; 10 años después, el Gobierno Bolivariano se halla en su segundo año sucesivo de contracción económica e índices inflacionarios por arriba del 30 p/c y la dependencia del petróleo continua, siendo éste el 95 p/c de sus exportaciones.
Más al sur está el Perú de Alan García, que igualmente se ha visto beneficiado por un aumento el valor de su minería (cobre, oro y plata) el 60 p/c de sus exportaciones, pero este proceso no se ha desperdiciado. El PIB peruano ha crecido sucesivamente en los últimos 11 años a una tasa promedio del 4.75 p/c. Sus exportaciones FOB se han incrementado de $$6 mil millones en 1999 a $$26 mil millones en el 2009, y su índice inflacionario ha promediado un minúsculo 2.68 p/c anual, después de haber experimentado épocas hiperinflacionarias de 7 mil p/c, en 1990. Las importaciones han crecido en un 213 p/c desde 1999, pero a diferencia de ese año, la balanza de pagos cerró el 2009 con superávit. Según el FMI la proyección de crecimiento del Perú para el 2010 es de 6.3 p/c y la del 2011 es de 6 p/c, además de esperar niveles inflacionarios menores al 2 p/c. Para Venezuela el FMI pronostica una contracción del 2.6 p/c y una inflación del 33 p/c.
El director gerente del FMI Dominique Strauss-Kahn llamó a Perú “el ejemplo a seguir” para lograr un crecimiento sostenido y reducir la pobreza; el presidente Barack Obama felicitó a los peruanos por su “extraordinaria historia de éxitos económicos”. En cambio, la revista The Economist en un artículo titulado “La destrucción de Venezuela”, considera que ésta camina rápidamente hacia la Edad Media, plagado de pésima administración, alta corrupción, aumento del crimen, escasez, acoso al sector privado y deterioro de la democracia.
Realmente, los resultados económicos de estos dos países en los últimos 10 años no son para nada sorprendentes, ya que la vía para reducir la pobreza en el largo plazo empieza por alcanzar un crecimiento sostenido y éste, a su vez, necesita tres ingredientes básicos: estabilidad macroeconómica, libre comercio de bienes y servicios y la consolidación de un Estado de derecho. Después de la crisis de finales del 2008, más de uno se atrevió a vaticinar el final de la economía de mercado, pues más bien parece que el sentido común se ha asentado en Perú, y lo que desfallece es el socialismo del siglo XXI.
Ver en la versión impresa las páginas: 13 A