La historia entre la razón y la pasión

De sus páginas surgen los momentos originarios de la especie, cuando el Australophitecus robustus descubre la piedra como instrumento de trabajo y el Pithecantropus erectus se yergue sobre sus patas traseras y puede contemplar el cielo, la luz del sol y el pálido brillo de la luna, el momento remoto del descubrimiento del fuego, el inicio de una técnica rudimentaria y fundamental, mediante la cual, y a través del trabajo, irá construyendo el mundo y se irá construyendo a sí mismo.

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En su libro Tiempos de Historia , Agustín Torres Lazo nos conduce por complejos caminos en los que aparecen, desaparecen y reaparecen en un teatro, a veces trágico y grandioso y en ocasiones siniestro y perverso, las razones y pasiones, la generosidad y la ambición a través de las cuales se pone de manifiesto la naturaleza humana.

De sus páginas surgen los momentos originarios de la especie, cuando el Australophitecus robustus descubre la piedra como instrumento de trabajo y el Pithecantropus erectus se yergue sobre sus patas traseras y puede contemplar el cielo, la luz del sol y el pálido brillo de la luna, el momento remoto del descubrimiento del fuego, el inicio de una técnica rudimentaria y fundamental, mediante la cual, y a través del trabajo, irá construyendo el mundo y se irá construyendo a sí mismo.

En su recorrido nos habla del Egipto faraónico y particularmente de Amenófis IV y su influyente esposa Nefertiti, impulsores de una verdadera revolución religiosa. En efecto, nos dice Torres Lazo, “Amenófis IV, reformador idealista y revolucionario, ha dado vida, por primera vez en la historia de la humanidad, al concepto religioso del monoteísmo”.

Grecia es un punto medular en la obra, y en toda la historia. La Grecia mitológica, trágica y filosófica, marca en cada una de sus etapas, el sucesivo desarrollo del género humano. De la esencia sagrada de los mitos, de Homero y Hesíodo, del teatro de Esquilo, Sófocles, Aristófanes y Eurípides, y del pensamiento de los filósofos presocráticos, Heráclito, Demócrito, Pitágoras, Tales, Parménides, Zenón, Anaxágoras, Anaximandro, hasta llegar a la trilogía de Sócrates, Platón y Aristóteles, pasando por los grandes escultores, Fidias y Praxisteles, brota la corriente más definida del río de la historia.

Otra de las grandes etapas tratadas en la obra es la del contractualismo que antecede al liberalismo ilustrado que será el sustento intelectual de las grandes revoluciones, la Inglesa de 1688 y la Francesa de 1789. Entre ambas, la Revolución de los Estados Unidos de América de 1776, de la que surgirá uno de los poderes más grandes de la historia.

Locke, Montesquieu y Rousseau, son nombres que brillan en el firmamento filosófico, político y jurídico. Los tres prefiguran los grandes cambios que habrán de trazar el camino de la modernidad. Locke con su Tratado sobre el Gobierno Civil de 1690 y sus ideas rectoras de la democracia representativa y el sistema parlamentario; Montesquieu, con la separación e independencia de poderes, idea que hereda de Locke y a la cual le da su propia formulación en Del Espíritu de las Leyes de 1748 ; y Rousseau en el Contrato Social, en 1762 , plantea la idea esencial para entender la fundamentación jurídica y filosófica de la política y el derecho modernos. El poder nace de la ley que surge de la sociedad, que a su vez proviene del contrato social en el cual la voluntad general, construida en los valores y principios del ethos colectivo, determina los derechos y deberes de todos y cada uno. Es el paso de la libertad natural a la libertad civil, el nacimiento de la soberanía popular como fuente del derecho y del poder, la unión en un mismo acto de la legalidad, la ley formalmente válida, y la legitimidad, la ley social y moralmente válida.

Pienso, y esto es una apreciación muy personal, que, aunque no de forma explícita, el libro expresa a través de sus afirmaciones y descripciones una gran pregunta acerca del sentido de la historia. ¿Hay un sentido de la historia? ¿Responde ésta a leyes que rigen su comportamiento y desarrollo?

Creo que es éste uno de los grandes temas subyacentes. Los dos grandes filósofos alemanes del siglo XIX, Friedrich Hegel y Karl Marx, trataron de responder, cada uno desde su particular punto de vista, a esta acuciante pregunta, a esta exigencia de seguridad sobre los acontecimientos del presente y del porvenir, a partir del establecimiento de ciertas reglas de comportamiento de los hechos del pasado, lo que nos permitiría determinar las causas y efectos de los mismos a lo largo y ancho de todo el acontecer histórico.

La Revolución bolchevique de 1917, trató de presentarse como la realización histórica del pensamiento de Marx, pero lejos de ello fue más bien en muchos aspectos, su propia antítesis. La adaptación del marxismo a las condiciones específicas de tiempo y lugar que intentó Lenin, pero sobre todo la autocracia brutal del estalinismo, hicieron de la Unión Soviética la negación de la sociedad universal que buscaba Marx.

El siglo XX fue testigo de expresiones inhumanas de autocracia y totalitarismo. Además de la represión estalinista en la Unión Soviética, el nazi fascismo, con Hitler en Alemania y Mussolini en Italia, escribió una de las páginas más tristes en la historia de la humanidad.

Las dos guerras mundiales ensangrentaron la primera mitad del siglo XX y enseñaron en trágica lección, las idas y venidas de la historia y la necesidad de luchar por una ética planetaria y por los valores y principios que sustentan la dignidad humana y la legitimidad y legalidad de las instituciones de la democracia, la que debe ser preservada y defendida día a día contra el regreso de la barbarie, los fanatismos de diferente naturaleza y la ambición irrefrenable de poder.

La historia nos ha mostrado de forma cruda, el fracaso de las profecías y la inexistencia de leyes infalibles como en la física. El constante discurrir de la existencia de los seres humanos y de los pueblos en ese acontecer que llamamos historia, está impregnado de afirmaciones y negaciones, razones y pasiones que determinan el accionar, y nos enseña que la ambición delirante de poder sigue siendo el mayor de los peligros por el que se violentan todas las libertades y se vulneran todos los derechos.

La historia pareciera ser un proceso constante de contradicciones y reafirmaciones, rupturas y restauraciones donde lo que pasó regresa, sea como tragedia o como comedia, y a veces como una mezcla grotesca de ambas. Pareciera que existe una dialéctica subterránea que transforma el acontecimiento en su contrario, en un juego brutal de paradojas sangrientas.

El magnífico libro de Agustín Torres Lazo, del que he tenido el gusto de escribir el “Prólogo”, nos deja, entre muchas otras, esa enseñanza. Su contenido es una descripción objetiva y rigorosa de algunos hechos esenciales y dramáticos y un mensaje a favor de la paz, la que sólo es posible en una sociedad en la que rigen la razón, el derecho y la ética, como condiciones imprescindibles para resguardar la libertad, la equidad y la justicia entre los seres humanos. b

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