A mediados del año pasado, durante una de sus visitas a Cuba Daniel Ortega elogió públicamente el sistema político de partido único que impera en ese país comunista y manifestó su repudio al pluripartidismo, que muy a pesar suyo y aunque maltratado todavía está vigente en Nicaragua. En aquella ocasión Ortega no mencionó la autonomía municipal, pero siendo ésta parte integral del sistema pluralista es obvio que también le repugna al dictador izquierdista de Nicaragua.
En realidad, no es por casualidad ni por una circunstancia coyuntural que el orteguismo está avasallando a los municipios cuyas alcaldías no fueron robadas a la oposición con el fraude electoral de noviembre del 2008, avasallamiento que ha tenido su expresión más brutal en Boaco. Allí, el alcalde Hugo Barquero no sólo fue destituido arbitrariamente por el orteguismo gracias a la traición del vicealcalde y de un concejal de la misma alianza política liberal que ganó la elección en ese municipio, sino que también fue ultrajado y desalojado violentamente por efectivos de una Policía que cada vez se parece más a los cuerpos policiales represivos de las dictaduras somocista y sandinista del siglo XX.
En las filas de la oposición se dice que el orteguismo se está apoderando de las alcaldías que tienen gobiernos democráticos, para asegurar la manipulación en el otorgamiento de las cédulas de identidad, como parte del gran fraude electoral que evidentemente ya está programado para los comicios nacionales del próximo año.
Pero ésa es una visión limitada de la estrategia y las intenciones del orteguismo. Para manipular la cedulación el orteguismo no necesita adueñarse de las alcaldías que quedaron en poder de la oposición. Para eso le basta el dominio que tiene sobre el Consejo Supremo Electoral y por lo tanto de la dirección nacional de cedulación, la cual maneja el otorgamiento de los documentos de identidad de acuerdo con las conveniencias de la dictadura orteguista en desarrollo.
En efecto, independientemente de quién gobierna las alcaldías, el orteguismo ha repartido gran cantidad de cédulas entre sus partidarios que ya estaban cedulados o que no alcanzan la edad establecida por la ley, mientras las niega a ciudadanos opositores que carecen del documento de identidad y llenan los requisitos para que les sea otorgada. La perversión en el manejo del departamento de cedulación ha llegado al extremo de que se ha concedido cédulas a sospechosos de ser agentes del terrorismo y del narcotráfico internacional, mientras que por represalias políticas e incluso por venganza personal se le niega la reposición de su cédula al periodista Eduardo Enríquez, jefe de Redacción de LA PRENSA.
De manera que el avasallamiento a los municipios que todavía son gobernados por la oposición, y el atropello a la autonomía municipal hasta con brutalidad policíaca, como ha ocurrido en Boaco, obedece a motivos de mayor calado y objetivos de mayor alcance del orteguismo. La demolición de la autonomía municipal forma parte de un plan estratégico para controlar todas las expresiones de la organización estatal y gubernamental, incluyendo las locales, y la totalidad de las modalidades de organización social, incluyendo la vida familiar y personal, como se hizo o se trató de hacer en los fatídicos años ochenta. Y eso, resumido en una sola palabra, se llama totalitarismo.
La estrategia de Ortega y el FSLN se funda en el llamado “principio” de unidad del poder, el cual es opuesto absolutamente a la doctrina de la separación e independencia de poderes y se basa en mantener por medio de la fuerza la unidad indivisible del poder del Estado. Sin embargo, la centralización absoluta e indivisible del poder del Estado en manos de un partido, o más bien dicho de su dirigencia y, peor aún, de un individuo que es su líder máximo (como Stalin, como Fidel o Raúl Castro, como Hugo Chávez o Daniel Ortega), no significa que todas las funciones estatales son ejercidas por un mismo órgano. Aún en los Estados más totalitarios se conserva la división formal de funciones del Estado en Legislativo, Ejecutivo y Judicial, sólo que éstos carecen de poder real y funcionan como correas de transmisión en manos del partido y del caudillo totalitario.
Eso es el orteguismo en la cruda realidad. Y es imperiosamente necesario entender y desenmascarar su naturaleza y sus objetivos totalitarios, para poder combatirlo como se debe y a fin de derrotarlo como se merece.
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