Arroz, frijoles, azúcar, sal y aceite. A veces huevo. De vez en cuando pollo. Raras veces carne. Leche para la hija, una niña de cinco años. Café, avena. Algo para fresco, que puede ser Tang de cualquier sabor. Ésta es más o menos la lista básica de alimentos que compra Madgalena Sandoval, una auxiliar de enfermería del hospital Roberto Calderón, que al mes gana 3,730 córdobas, el tres por ciento de lo que gana un magistrado del Consejo Supremo Electoral (CSE), cuyo sueldo es de 5,000 dólares (al cambio de 21.70 sería 108,500 córdobas). Se podría pensar que el magistrado electoral trabaja más que Sandoval, que durante casi 20 años ha hecho turnos de 12 horas en el hospital. En el caso del magistrado se supone que cumple con un horario regular de oficina.
Eso lo ignora esta auxiliar de Cuidados Intensivos, que no lee periódicos y no tiene refrigeradora, que no paga agua y que camina 2.4 kilómetros diario cada vez que va y viene de su casa a la parada donde toma el bus a las seis de la mañana, que la deja en el hospital.
El primer viernes de agosto le pagan el sueldo del mes. Ese día, después de mediodía, Sandoval va cargada con un bolso al lado y con una pana plástica envuelta en celofán rojo en el que apenas se ve parte del contenido, una suerte de AFA (Arroz, Frijoles, Azúcar), pero también una botella de aceite, otra que parece de vinagre y otros comestibles. Atraviesa la puerta principal del hospital entre un enjambre de mujeres de blanco que como ella acabaron el turno. En el pasillo hay el ajetreo de rutina: gente que entra y sale con cara de angustia a ver enfermos, uno que otro convaleciente que abandona las paredes del hospital-escuela. Es día de pago, pero también han celebrado por adelantado el día del trabajador de la salud, por eso hay más bullicio del normal, por eso en los pasillos late esa chispa de alegría que se enciende el día de pago, y que para Sandoval se apagará cuando vaya a la pulpería a cancelar los 1,200 pesos que debe a la pulpera.
“Nos adelantaron el bono de este mes por el día del trabajador de la salud”, dice Sandoval ingenua, pero el Estado también lo entregó por adelantado a los maestros.
El “bono” al que se refiere Sandoval es el estipendio mensual que comenzó a entregar el Gobierno desde finales de mayo a trabajadores estatales que ganan menos de 5,500 córdobas al mes.
El primero de mayo, en ocasión de la efeméride de los trabajadores, el mandatario Daniel Ortega anunció en la recién inaugurada Plaza de las Victorias, ante una multitud, que el Gobierno entregaría a partir de ese mes un “bono solidario” de 529 córdobas (24.30 dólares) que beneficiaría a más de 120,000 trabajadores estatales.
En total han sido unos 136,878 trabajadores los beneficiados con el bono, entre maestros, enfermeras, vigilantes, conserjes, auxiliares de enfermería, administrativos, radiólogos, policías y militares. El bono se financia con dinero del Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas), cuyos recursos son resultado de la venta a los nicaragüenses de petróleo de Venezuela, ya que el 50 por ciento de esa venta es manejado por la administración de Ortega a discreción. Los fondos no están incluidos en el presupuesto. No se sabe a cuánto ascienden, pero de ahí supuestamente se patrocina el subsidio al transporte.
TRABA EN LO MACRO, NO RESUELVE EN LO MICRO

La entrega de este bono ha provocado que el FMI (Fondo Monetario Internacional) haya pospuesto temporalmente las revisiones (cuarta y quinta) del programa económico que mantiene con el país y del cual depende el desembolso de unos 78 millones de dólares provenientes del propio Fondo Monetario y del BID, Banco Interamericano de Desarrollo. El argumento del Fondo es que el dinero del “bono solidario” debe incluirse en el presupuesto nacional. Hasta septiembre se sabrá si el FMI se flexibiliza una vez más para aceptarle el “bono” al Gobierno y permitirle seguir en el programa.
Para Sandoval, que vive al día, el “bono” de discordia entre el FMI y el Gobierno son unos pesos que han diluido en su larga lista de necesidades.
Dice que es poco lo que le queda luego de pagar la comida en la pulpería, adonde casi siempre va a comprar lo del día: media libra de arroz, una cuarta de aceite, una bolsita de detergente, un pan de jabón. Sandoval, como la mayoría de los nicaragüenses, con su sueldo, y aún con el de su marido, que gana lo mismo que ella, no puede cubrir la canasta básica oficial calculada en 410 dólares (más o menos en 8,850 córdobas), y desactualizada porque se diseñó en tiempos de guerra.
Del pago también salen los cinco pesos diarios de los buses, el pago para la factura de luz, que casi siempre es de 300 córdobas por efecto de las cuatro bujías, del televisor, con DVD y parlantes incluidos marca LG —que aún están pagando—, y la universidad. Sandoval, de 45 años, se metió hace dos años a estudiar Derecho. Coronar esa carrera se ha convertido en el gran proyecto de su vida.
“Me gusta y pienso que eso me va a servir más adelante, cuando ya no pueda trabajar en esto”, dice Sandoval, que es madre de dos hijos, una de cinco años, que asiste a tercer nivel de preescolar, y uno de 20 que no se bachilleró, hasta hace poco trabajó, y que ahora está sin hacer nada.
La niña estudia en el colegio público que está como a tres cuadras de la casa. En cambio, Sandoval agarra bus de ida y vuelta para la universidad, en la que paga 25 dólares al mes, más folletos que debe fotocopiar constantemente. No ha sacado cuentas de cuánto consume en la universidad, pero dice que estuvo tan alcanzada que dejó de estudiar por un año. “Me atrasé, pero este año no quiero salirme”.
El sueldo de su marido cubre otros gastos de comida, él cubre la deuda del televisor de plasma, el electrodoméstico más lujoso de la casa que es propia, y la cuota de un préstamo que hicieron al FDL. Con ese dinero han hecho algunos remiendos a la casa, pero no han podido hacer algo fundamental: cambiar los pilares de madera de la casa que han sido socavados por polillas.
Sandoval dice que los “530 pesos del bono” —ella lo redondea aunque oficialmente son 529— le ha servido para los gastos.
—¿Qué hace ahora que no hacía antes?
—Creo que alguna salida. Hemos llevado a la niña, que pasa encerrada con la abuela, a comer pollo allí a la plaza Caracol —dice Sandoval, quien calza unos zapatos blancos con grietas disimuladas con pasta blanca.
—Adivine ¿cuánto me costaron éstos que ando? —pregunta.
—Ni idea —contesto.
—Ni cien pesos. Y nuevos, yo pregunté, valían más de 600 pesos —explica con ojos de asombro y luego se justifica— y éstos son los únicos que aguanto porque en el trabajo me toca estar de pie.
EL DRAMA DE LA PROFESORA DE FRANCÉS

Dieciocho años, y al menos seis horas al día, ha estado de pie María Eulalia Pineda, profesora de francés del colegio Primero de Mayo. En la colilla de pago de Pineda, correspondiente al mes de agosto, dice que su salario bruto es de 4,785 córdobas que se desglosan así: 4,000 pesos de sueldo básico, 425 córdobas por títulos, entre otras cosas es licenciada en francés, y 360 córdobas por los 18 años de antigüedad en el magisterio. De ese total le quitan 299 córdobas por cotización al INSS (Instituto Nicaragüense de Seguridad Social), así lo que lleva a su bolsa son 4,485 córdobas.
Pineda guarda su colilla de pago en el mismo bolso donde lleva una piña de mamón y cuadernos. “Siempre llevo mi comida al colegio”, dice la profesora que está sentada en una de las bancas de la Policlínica Oriental esperando que la llamen de la clínica 17, donde pasará consulta con un ortopedista para verse el problema de la hernia discal.
“A veces me duele tanto que no me quiero levantar”, dice la profesora y explica que este problema lo padece desde hace unos ocho años y los médicos le han explicado que es de origen tensional. “Los maestros vivimos tensos, por todo, por lo económico, por el trabajo”, explica Pineda, quien de entrada dice que con su sueldo ella no cubre las necesidades de su casa, donde hay tres hijos, que van a escuela, colegio y universidad. “Si no por fuera por mi marido que es comerciante, no sé cómo haría”.
Pineda y su familia viven en casa propia. Lo que se ahorra en alquiler, lo gasta en servicios. “Sólo en luz es mil y pico de pesos”, dice. Además de los electrodomésticos habituales como plancha, televisor con servicio de cable, equipo de sonido, en su casa hay una lavadora que se enciende día de por medio. “Es que yo por mi columna, es mentira, no aguanto ponerme a lavar”. Tampoco tiene espalda para hacer otros quehaceres domésticos, por lo que desde hace un tiempo tiene empleada.
En la casa de Pineda los gastos mensuales rondan los 14,000 pesos, es decir que su aporte —el salario de profe— es del 32 por ciento. “Si mi marido a veces me lo dice, que si dependiéramos de lo mío nos moriríamos de hambre”, dice la maestra que diario toma dos buses para llegar al centro de estudios, lo que representa un gasto diario en transporte de 10 córdobas. A veces se va en taxi por el tiempo y por el dolor en la espalda.
“El dinero del bono no puedo decir exactamente en qué se ha gastado, pero va dentro del bolsón general de los gastos”.
En la casa de Pineda la comida se compra en el mercado. Los granos básicos como arroz, frijoles y azúcar lo compran quincenal, y los perecederos, en los que invierten unos 400 córdobas, se compran cada semana. “Está caro lo que es el tomate, la zanahoria”, dice la profe. Para su familia la recreación es el cable. De ahí, lo que a veces hacen, pero muy de vez en cuando, es salir a los pueblos. “Pero nosotros llevamos lo que nos vamos a comer para no gastar, y lo hacemos para agarrar aire. Eso es por allá”, insiste.
LA CLAVE DE LA CLASE MEDIA

“La clase media es la que además de cubrir sus gastos de alimentación, educación, vestuario y salud, invierte en recreación. Viaja dentro del país”, nos cuenta el economista René Vallecillo, que explica que este sector de la población que en el país es un segmento muy ralo, es el que prospera las economías de los países. En parte, a la pujanza de la clase media se atribuye el milagro económico de Chile, y también, en parte, a la caída del poder adquisitivo de la clase media se atribuye la debacle de la economía argentina en la década del 2000.
En términos de lo que se puede ver, la clase media es la que tiene casa propia (o puede estarla pagando), tiene carro propio, sus hijos van a colegios privados, tienen internet, cable, pagan medicina preventiva y van a médicos especialistas cuando se enferman, compran en los supermercados, raras veces en los mercados, nunca en la pulpería, hacen turismo nacional, gastan en recreación dentro de la ciudad como ir al circo, usan ropa importada; los jefes de hogar tienen carreras universitarias, y por lo menos uno tiene maestría, habla otro idioma, y por lo general ejercen un trabajo más intelectual.
Luego, Vallecillo enumera algunas características de la clase baja: es el que alquila casa, el que manda sus hijos a colegios públicos, el que compra en la pulpería o en los mercados, el que cuando se enferma su opción es el hospital o las clínicas del Seguro, el que se endeuda para comprar electrodomésticos, el que no come carne diario, y a veces tampoco come los tres tiempos de comida, el que se transporta en buses, el que tiene un nivel educativo de técnico, bachillerato o primaria. No tiene ahorros, sólo deudas.
“El maestro no puede ahorrar con lo que gana”, dice Pineda, que fue a la universidad, y que no podría ubicarse puramente ni en clase media ni baja, aunque son muchas las cosas a las que no tiene acceso y que ya no son necesariamente un lujo: como el internet, el que sus hijos requieren cada vez más por estudios, o un celular.
Ella cree que su gremio debería ganar un poco más. “Hay maestros que no tienen otro ingreso más que el de ellos y se las ‘ven de a palito’. Muchos andan prestando para el pasaje, no ajustan”, dice.
En cuanto al bono, ése que puede servir para comprar más perecederos o unas libras más de arroz y frijoles, reconoce que es una “ayuda”, pero lo mejor sería “que quedara establecido como parte del salario no como bono”, dice la profesora que en su postura parece coincidir con el FMI.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 A
