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Eduardo Lora

América Latina debe mantenerse alerta

Desde la orilla de América Latina la crisis de los países desarrollados parece un asunto remoto y superado. Han mejorado los precios de los principales productos de exportación de la región, desde el café hasta el cobre, pasando por el petróleo y el carbón. El financiamiento externo de todo tipo está barato y abundante, pues el rendimiento de los bonos del Tesoro de Estados Unidos está en su nivel más bajo en varias décadas y las primas de riesgo para América Latina ya no están muy lejos de los niveles de antes de la crisis griega.

Sin embargo, no todo luce tan bien si uno está parado en la otra orilla. En Europa se respira un aire de alivio, pues la mayoría de los grandes bancos pasaron las “pruebas de stress” que se hicieron para medir su solvencia frente a posibles shocks adversos. La confianza se ha recuperado fuertemente en Alemania y el Reino Unido. Incluso en Grecia, que fue el epicentro de la crisis de comienzos de año, ha habido buenas noticias, pues el programa de ajuste fiscal ha marchado mejor de lo esperado.

Pero la crisis de los países del sur de Europa está contenida, no superada. Es difícil que Grecia pueda evitar una reestructuración de su deuda pública, pues a pesar del ajuste fiscal las deudas van para arriba y el PIB va para abajo. La crisis griega está aplazada por un par de años, que están tratando de aprovecharse para reforzar el sistema financiero del resto de Europa, especialmente de España.

Las pruebas de stress han sido criticadas con razón porque subestiman el impacto que tendría la crisis griega, y porque aunque los bancos tengan la solvencia para enfrentar otros shocks, pueden no tener acceso a la liquidez que necesitarían. El repunte que está viviendo Europa podría quedar interrumpido si ocurren perturbaciones que desestabilicen su sistema bancario. Incluso sin mayores perturbaciones, la zona del euro seguirá convaleciente por años, debido a la falta de mecanismos para coordinar las políticas fiscales nacionales.

El sistema financiero de Estados Unidos tiene sus propios problemas. A diferencia de Europa, hay consenso de que las pruebas de stress que se hicieron en 2009 fueron estrictas y ayudaron a superar las debilidades de solvencia de los grandes bancos, que ahora tienen fácil acceso a los recursos de los inversionistas. Sin embargo, están prestando muy poco a las empresas pequeñas y medianas y enfrentan la incertidumbre de la reglamentación de la ley de regulación financiera recién firmada por el presidente Obama.

A diferencia de Europa, donde las noticias más recientes sobre la actividad económica han sido alentadoras, las de Estados Unidos han sido desilusionantes. En el segundo trimestre del 2010 el crecimiento (anualizado) fue de sólo 2.4 por ciento, muy por debajo del 3.7 por ciento del trimestre anterior. Se prevé una recuperación muy lenta en adelante, pues el alto endeudamiento de las familias y el elevado desempleo mantendrán deprimido el consumo y la construcción de nuevas viviendas. No hay apetito político ni acuerdo entre los asesores económicos del Gobierno para poner en marcha un nuevo paquete de estímulos fiscales. La política monetaria tampoco tiene mucho margen de acción, especialmente si, como algunos temen, la inflación cae en terreno negativo. Como bien lo ha advertido el jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, los tiempos actuales son de “inusual incertidumbre”.

Frente a este panorama en los países desarrollados, la buena situación económica en los países latinoamericanos debe ser motivo tanto de orgullo como de cautela. La crisis internacional no está totalmente superada y podrían regresar las perturbaciones financieras. Es un buen momento para sembrar la bonanza de ingresos de exportación y la abundancia de financiamiento externo en inversiones que ayuden a mejorar la productividad, especialmente en los sectores no transables. También es un buen momento para que los gobiernos mejoren el perfil de su deuda y para que ahorren más en previsión de dificultades futuras.

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