El rostro del minero chileno atrapado en las profundidades de la mina San José, a unos 850 kilómetros al norte de Santiago de Chile, en pleno desierto de Atacama, está conmoviendo las fibras más profundas del alma del mundo. El calvario de 33 hombres que extraen oro y cobre comenzó el día 7 de agosto.
Una cámara, en un dispositivo de excavación, logró captar ese rostro vivo este 22 de agosto, con sus ojos afiebrados dirigidos hacia el túnel de la esperanza. Confiamos en que mantenga esa esperanza y que todos esos mineros, seres humanos sufrientes, salven sus vidas, por amor de Dios.
Les acompañamos con el corazón en la mano por su dolor parado en seco y con la mente al punto de rebelarse por este mundo globalizado en donde a pesar de tanta tecnología dirigida al espacio, en el fondo de la Tierra sólo el novelista Julio Verne ha salido bien librado en la fantasía de sus novelas. Hemos visto recientemente el desastre petrolífero ocurrido en el golfo de México con sus secuelas ecológicas y humanas. Al menos el derrame negro ya se controló, pero el daño para los ecosistemas ha sido irreparable. No cabe duda que la economía del mundo necesita de la explotación de los recursos del fondo de la Tierra, lo que constituye la riqueza de los países industrializados y la energía para nuestra supervivencia. Sin embargo, a pesar de los alardes de la tecnología, la seguridad mal administrada y la corrupción institucional campea en las instalaciones mineras y aunque nos pese decirlo, allí se practica una suerte de esclavitud humana moderna.
No es la primera tanda de mineros sepultados que hemos visto publicada en los noticieros en tiempos recientes. Precisamente ( y ahora para qué decimos en buen nicaragüense,) el recién estrenado presidente chileno Sebastián Piñera removió de su cargo al director del Servicio Nacional de Geología y Minas, organismo encargado de vigilar las actividades mineras en su país, porque dicha entidad autorizó en 2008 la reapertura de la mina que un año antes había sido clausurada por no reunir condiciones de seguridad y causar la muerte de un minero.
Esas noticias nos recuerdan los pasajes sombríos de la vida minera en La Madre de Máximo Gorki: “Al anochecer cuando se ponía el sol y sus rayos rojos brillaban sin fuerza en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba gente de sus entrañas de piedra como si fuera escoria, y los hombres ahumados, negros los rostros, centelleantes las dentaduras hambrientas, volvían a pasar por la calle ”( Raduga 1973, pág. 19.)
En fin, como dice nuestra poeta Claribel Alegría en uno de sus poemas: “asesiné a Jesús / de nada me ha servido/; a pesar de todos mis esfuerzos/ el mundo sigue igual”. Quiera Dios que los cálculos del probable rescate no fallen y antes de lo previsto veamos los 33 rostros de Atacama fuera de esa catacumbas hasta donde hacemos llegar toda nuestra ternura y compasión fortalecidas con una plegaria. Aquí afuera debemos exigir que se activen los resortes de la seguridad de cada hombre y mujer en su trabajo, para ganar el pan de cada día con menos angustia y sufrimiento. Es nuestra esperanza y nos aferramos a ella. [email protected]
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